El hombre de Pekín: otro rompecabezas armado adrede

homopekinensisSinanthropus Pekinensis o el “Hombre de Pekín”

La búsqueda del supuesto “eslabón intermedio” no terminó en Java (en realidad habría que decir “eslabón faltante” porque de lo contrario se está suponiendo que este existió) sino que continuó por décadas. En los últimos 150 años, numerosos han sido los restos fósiles aspirantes al sublime título de “eslabón perdido”, aunque ninguno ha cumplido satisfactoriamente con los requisitos.

Excepto uno, el Hombre de Pekín que efectivamente se ha perdido… ¿Cómo?

Sucede que todo el material fósil sobre el que se basa la existencia de este homínido, encontrado durante la década del ‘30 en Chukutien o Chou-k’ou-tien, a unos 50 km de Pekín, ha desaparecido por completo y nadie tiene la menor idea de dónde pueda estar. Efectivamente, a pesar de la importancia del hecho, parece no haber demasiado interés por parte de las autoridades en la materia en hacer que el público tome acabada conciencia de esta realidad. Algunos autores por ejemplo, al escribir sobre el tema, ¡ni siquiera mencionan que los restos del Hombre de Pekín han desaparecido!

Pero vayamos por partes.

Como dijimos, encontrado en la década de ’30 en China, la versión más o menos oficial sobre el destino de los restos del denominado “Hombre de Pekín”, es que los japoneses los hicieron desaparecer durante la Segunda Guerra Mundial (siempre es fácil culpar al perdedor[1]). De todas maneras, sea quien hubiere sido el responsable, el hecho es que cualquiera que desee hoy estudiar este homínido, depende en forma exclusiva de modelos y descripciones de los hallazgos realizados por investigadores que, desde luego, estaban buscando el “eslabón intermedio”. Es decir, no se cuenta con el original, por lo que todas las fotos o reconstrucciones que encontramos en las enciclopedias o en internet acerca de los “cráneos del Hombre de Pekín”, no son en absoluto los cráneos originales sino solo los modelos en pasta hechos por el antropólogo a cargo del caso: Franz Weidenreich.

No obstante ello y aunque la mayoría de los antropólogos no compartan obviamente este criterio (el de considerar a los modelos como evidencia legítima para fundamentar el caso), veamos brevemente qué valor se les puede otorgar.

Lo primero que habría que decir es que al comparar las descripciones originales del cráneo del Sinántropo –hechas por ejemplo por M. Boule, E. Smith y H. Breuil[2]– con el modelo de Weidenreich se nota una sorprendente discordancia. Así por ejemplo, mientras todos los autores arriba mencionados coinciden en destacar el aspecto claramente simiesco del cráneo del Sinántropo y su pequeña capacidad craneal, en el modelo de Weidenreich, el aspecto del Sinántropo es francamente humano, con una capacidad craneana de 1000 a 1200 c.c. De aquí que el conocido antropólogo holandés y uno de los pocos que conoció tanto el original como el modelo, Von Koenigswald, afirmara que “nuestro conocimiento real del Hombre de Pekín, no asciende a mucho. El cráneo es el elemento mejor conocido y Weidenreich lo aprovechó para hacer una reconstrucción algo excesivamente idealizada… que se dio en llamar Nelly”[3]. Para luego agregar con fina ironía: “Nelly es una verdadera hija de la evolución…”.

Pero: ¿cuál fue la razón por la cual Weidenreich se apresuró en decir que el H. de Pekín era un eslabón intermedio? ¿Qué es lo que le hacía pensar que se trataba de un semi-hombre? Casi toda la pretensión se basaba en la existencia de fósiles marcadamente simiescos y de huellas de actividad inteligente (fuego), por lo que, si habían restos fósiles simiescos y restos de fuego: ¡entonces era “evidente” que estos eran producto de aquellos!

Sin embargo, Weidenreich no tomó en cuenta un pequeño dato y es que, como luego se comprobó, en Chukutien llegaron a encontrarse un buen grupo de restos fósiles humanos (bien humanos) y una avanzada industria paleolítica, solo 3 años después, en 1933, lo que daba cuenta de la “actividad inteligente”… En fin, la pasión por ¿la verdad? le había jugado una mala pasada.

Un caso más bien de novela chestertoniana que de evidencia científica.


Nos valemos en este post de la juiciosa obra del médico argentino Raúl Leguizamón (cfr. Raúl Leguizamón, Fósiles polémicos, Nueva Hispanidad, Buenos Aires 2002, 160 pp.) que resumimos aquí. Tanto las citas utilizadas como el modo de aplicarlas, corresponden a este opúsculo; véanse también del mismo autor La ciencia contra la Fe, Nueva Hispanidad, Buenos Aires 2001; 52 pp. y En torno al origen de la vida, Nueva Hispanidad, Buenos Aires 2001, 140 pp.

El Dr. Raúl Leguizamón se doctoró en medicina en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Cursó además estudios en universidades de EE.UU., Alemania y Japón. Durante veintidós años ejerció como anatomopatólogo del Hospital San Roque, de la ciudad de Córdoba, de cuya Comisión de Bioética fue miembro. Ha sido docente de Histología, Embriología y Genética y de Anatomía Patológica en la Universidad Nacional de Córdoba, y desde el año 2003 dirige el Instituto Creacionista de la Universidad Autónoma de Guadalajara (Méjico). Ha dado conferencias y publicado libros sobre temas de su especialidad, destacándose en particular por denunciar los errores del evolucionismo en cualquiera de sus modalidades, incluida la sedicente católica.

[1] Según Patrick O’Connell, sacerdote irlandés, misionero en China durante la época de los descubrimientos y un profundo conocedor del tema, los restos originales del Sinántropo habrían sido destruidos –aprovechando las circunstancias de la guerra– por alguno de los mismos antropólogos a cargo del caso para sustraerlos al examen de los científicos que hubieran descubierto de este modo la superchería de hacer un antepasado del hombre de los restos de mono encontrados originalmente (Patrick O’ Connell, “Science of Today and the Problem of Genesis”, Christian Book Club of America, Calif. 1969, Tomo I, citado por Gish, D, “Evolution, the Fossil say No”, Creation Life Pub., Calif. 1979; y entre nosotros por Julio Meinvielle, Teilhard de Chardin o la Religión de la Evolución, Theoría, 1965, p. 95).

[2] Marcelline Boule, “L’ Anthropologie”. Vol. 47 (1937) p. 21. Citado por D. Gish, Evolution, the Fossil say No (Sovereign Pub., Kent, 1977) p. 98; Elliot Smith, Antiquity, Vol 5, nª 17 (1931) p. 34. Citado por Malcom Bowdwn, Ape-Men, Fact or Fallacy (Sovereign Pub., Kent, 1977) p. 98; Henry Breuil, “Bull, Geol. Soc. China”, Vol XI, nª 2 (1932) p. 15.

[3] G. Von Koenigswald, “Meeting Prehistoric Man”, Harper and Brothers, N. York, 1956, p. 51.

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