Isabel de España y España de Isabel

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Isabel de España y España de Isabel

 

Al desarrollarse la conquista el trasplante cultural realizado fue obra de una nación grande; como señala el gran hispanista José María Pemán,

 

“Fue maravillosa la rapidez con que aquellas tierras de América variaron de aspecto y en­traron en la civilización. Al fin del reinado de Car­los V, a los sesenta años del descubrimiento, ya tenían Universidades, Escuelas y Colegios. Había indios que habían llegado a aprender hasta latín. Se habían cons­truido canales, puertos y caminos: y se habían esta­blecido muchas industrias. En 1582, había imprenta en Lima, en Guatemala en 1660. Además, todo se había hecho con lujo, con derroche, tratando a aquellas tierras como iguales a las de Es­paña. Todas las demás naciones, en las tierras que dominaban, construían las casas y ciudades de un modo pobre y económico, sin atender más que a lo preciso. Todas crearon un estilo llamado ‘colonial’, frío, sin arte, de pura utilidad. Solo España trasladó a las tie­rras americanas, sin regateo, todo su arte y estilo de construcción: y las llenó de palacios y catedrales igua­les en un todo a las que en España se hacían. Solo en España, estilo ‘colonial’ es sinónimo de un barroco lleno de lujo y exuberancia. Y es que España se sentía, no ‘dueña’ de aquellas tierras, sino ‘madre’. Quería desdoblarse en ella y hacerlas iguales a sí misma. Hasta los nombres que daba a las nuevas ciudades y tierras, lo demuestran. Las llamaba Nueva España, Nueva Granada, Cartagena, Toledo… Las ponía sus mismos nombres, como se les pone a los hijos que más se quieren”[1].

 

Solo ella quiso realizar su empresa con una verdadera visión sobrenatural.

 

Pero no solo Colón fue grande en sus motivos, sino también los gobernantes que llevaron a cabo la gran maravilla.

 

Cuando se trata de una “nueva hazaña”[2], como dice Pemán, Dios no se anda con chiquitas y normalmente se busca corazones anchos para ello. Han sido estos corazones, los de los reyes españoles, los que se lanzaron a una cruzada en la que les iba la vida. Entre ellos, casi como para incentivar a los que vendrían luego, ha sido Isabel de Castilla quien puso las bases espirituales del Nuevo Mundo, como lo señala el Papa León XIII:

 

“La Reina (era) mujer piadosísima y dotada al mismo tiempo de ingenio varonil y de alma grande. Suya fue la afirmación de que Colón se había de lanzar al vasto Océano ‘para llevar a cabo una empresa magnífica, para gloria de Dios’. Y al volver Colón de su segundo viaje, le escribió que ‘habían sido muy bien empleados’ los gastos que ella había hecho en las dos expediciones a las Indias, y los que pensaba hacer en adelante, porque todo ello había de redundar en aumento de la religión católica”[3].

 

Respecto de Isabel no solo solventó las expediciones de Colón sin importar por ello la existencia de las ganancias que hubieren (recordemos que en los primeros viajes fueron más las pérdidas que los dividendos recibidos) sino que desde siempre tuvo en mente un espíritu misionero que todo lo dominaba, como quedó plasmado en su famoso Testamento:

 

“Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas y Tierra Firme del mar Océa­no, descubierto y por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos de ellas, y los convertir a nuestra Santa Fe Católica, enviar a su dicha personas doctas y temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas a la Fe Católica, y los doctrinar y enseñar buenas costumbres, poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las letras de dicha concesión se contiene. Suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la Princesa mi hija, y al Príncipe su marido que así lo hagan y cumplan, y que este sea su principal fin y en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes; mas manden que sean bien y justamente tratados; y, si algún agravio han recibido, lo remedien y provean, de manera que no se exceda alguna cosa de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concesión nos es mandado”[4].

 

Su “hombría” e hidalguía han tenido pocas émulas a lo largo de la historia y quien lea su biografía desapasionadamente se encontrará en ella alguien a quien la Iglesia algún día elevará a los altares.

 

Pero no fue solo Isabel quien intentó llevar adelante esta empresa titánica del Nuevo Mundo. La Idea de España, la gran hazaña española, seguiría viva en varios de sus sucesores, tanto en Fernando como en Cisneros, en Carlos V y Felipe II; todos ellos creyeron que su deber primario y fundamental era el que señalaba Isabel en su testamento. Era un programa a seguir.

 

Por citar solo un ejemplo, veamos qué decía Felipe II al Consejo de Indias el 12 de agosto de 1581, cuando pedía explicaciones sobre ciertas quejas respecto del maltrato a los indios: “adviértase que, en aquellas partes, hay muy gran falta de personas doctas y de conciencia, que traten de descargar la de Su Majestad, en cuyo nombre gobiernan, y piensan que solo consiste el servicio de Su Majestad en allegar muchos dineros…”. Interpelados con esta carta, el Consejo de Indias no tardó en contestar y pedir más ayuda para que enviasen más misioneros a aquellas tierras: “a esto ayudará también mucho que Vuestra Majestad sea servido de favorecer el pasar los religiosos a aquellas partes, porque siempre tienen mucho cuidado, de más de lo que toca a la doctrina de los indios, de procurar que sean bien tratados, y no se les hagan agravios, y, cuando se les hacen, dan noticia de ello, para que se remedie”[5].

 

Vale recalcar que fue la corona española y no la holandesa o británica la que siguió las enseñanzas evangélicas de “propagar el Evangelio”; ha sido España la que civilizó y creó este crisol de razas que es América. Según la otra cosmovisión, la del norte, no solo no había que evangelizar sino que había que hasta borrar del mapa a los moradores de estas tierras vírgenes sin importar derechos o dignidades; era la mentalidad calvinista la que prevalecía, con todo su racismo a cuestas[6].

 


[1] José María Pemán, Breve historia de España, Cultura Hispánica, Cádiz 1950, 233-234.

[2] Cfr. Zacarías de Vizcarra, La vocación de América, Gladius, Buenos Aires 1995, 31-36.

[3] Ibídem, 31.

[4] Dicho testamento fue incluido en las Leyes Indias, ley lº, tít. X, 1 VI.

[5] C. J. García Santillán, C. J., Legisla­ción sobre indios del Río de la Plata, Madrid 1928, pág. 389 y 392, citado por Zacarías de Vizcarra, op. cit., 35.

[6] “Es esta ridícula secta (los mormones), y no la Iglesia Católica, la que enseña expresamente, que el color de la piel de los indios americanos no es natural, sino ‘una penosa maldición de Dios’; que los que ten­gan este color ‘repugnante’ se volverán blancos al arrepentirse; que los que se mezclen con tales ‘suciedades’ se tornarán como ellos, aun siendo blancos, y que la ‘santidad’, en definitiva, se mi­de por el color de la piel. Es notable, que aunque los Mormones ofrezcan servido en ban­deja los argumentos para hacer bramar de indignación al más suave de los indigenistas, no aparezcan nunca en la nómina de los re­pudiados, pese a que su acción ‘misionera’ se extiende vertigino­samente por América, con recursos económicos de gran calibre. Bastaría este hecho -si no hubiera tantísimos otros- para demos­trar una vez más el odio exclusivo al catolicismo que mueve a los ideólogos indigenistas y la ignorancia o la insidia, o ambas cosas combinadas, que los alienta en sus consideraciones” (Cfr. El Libro del Mormón. Ed. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Salt Lake City, Utha, EE.UU. 1952, pptte.: 1 de Nefi 2,23; Mormón 5,15; 2 Nefi 30,5; Alma 23,16; Jacob 3,8 y 9; Alma 3,6; etc.; citado por Antonio Caponnetto, op. cit., 193).

 

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