América en el plan de Dios: las profecías del descubrimiento

Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo

o hay que domar al moro,

o hay que medir el cinturón de oro

del Ecuador, o alzar sobre el profundo

espanto del error negro que pesa

sobre la Cristiandad, el pensamiento

que es amor en Teresa

y es claridad en Trento,

cuando hay que consumar la maravilla

de alguna nueva hazaña,

los ángeles que están junto a su Silla,

miran a Dios… y piensan en España.

(José María Pemán)

Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley. Y esa revelación que había estado destinada primero a los judíos y luego a los gentiles, comenzó a desparramarse por el mundo entero, por griegos y romanos, asirios y babilonios, tirios y etíopes, africanos y americanos…

¿Americanos? ¿cómo? Sí, también a nuestras tierras llegó la buena nueva del Evangelio, si le creemos a Antonio Ruiz de Montoya, misionero y sacerdote jesuita peruano que evangelizó a los guaraníes:

 

(…) Salimos el P. Cristóbal de Mendoza y yo a la provincia de Tayatí, tierra muy áspera y montuosa, habitada de gentiles de la misma nación y lengua que la pasada (…) usamos siempre llevar en las manos unas cruces de dos varas de alto y de un dedo grueso, para que por esta insignia se mostrase nuestra predicación.

-Recibiónos esta gente con extraordinarias muestras de amor, danzas y regocijos, cosa que hasta allí no habíamos experimentado. Salían las mujeres a recibirnos, trayendo sus hijuelos en los brazos, señal muy cierta de paz y amor; regaláronnos con sus ordinarias comidas de raíces y frutos de la tierra. Extrañando nosotros tan extraño agasajo, nos dijeron que por tradición muy antigua y recibida de sus antepasados tenían, que cuando Santo Tomás (a quien comúnmente en la provincia del Paraguay llaman Pay Zumé, y en las del Perú Pay Tumé o Pai Tomé) pasó por aquellas partes, les dijo estas palabras: “Esta doctrina que yo ahora os predico, con el tiempo la perderéis, pero cuando después de muchos tiempos vinieren unos sacerdotes sucesores míos, que trajeren cruces como yo traigo, oirán vuestros descendientes esta doctrina”. Esta tradición les obligó a hacernos tan extraordinario agasajo”[1].

 1494 años esperará América para que, en un día de los Santos Reyes Magos, Dios los visitase de nuevo. Pues América debía ser descubierta algún día, como nos narraban los profetas Abdías e Isaías[2].

¿Qué los profetas ya lo habían predicho? ¡Pues claro! Si hasta el mismo Colón conocía los vaticinios divinos:

“Y el traspaso de Jerusalén, que está en España (el “Sefarad”)[3], poseerá las ciudades del Mediodía. Y subirán salvadores al monte de Sión, los cuales juzgarán al monte de Esaú: y el reino será para el Señor” (Ab 1,20-21).

 

Abdías es el más breve de los profetas; está hablando del intercambio del pueblo elegido (el antiguo Esaú, que vendió su primogenitura) a un pueblo nuevo (Jacob, la Iglesia, España). Por las “ciudades del Mediodía”, se refiere a los pueblos que están hacia el Occidente, hacia lo que hoy es América.

España será el portaestandarte por la Iglesia que llevará, cual un nuevo Israel con sus Reyes Católicos, la Fe por doquier.

Más claro, puede advertirse la voluntad de Dios en el profeta Isaías, el “evangelista” de la Encarnación del Verbo:

“¡Ay, tierra (España) de susurro de alas, la de más allá de los ríos de Kus (Etiopía), la que envía por mar embajadores, y en barcos de papiros sobre las aguas! Id, mensajeros veloces, a la nación esbelta y de brillante piel, al pueblo temible desde siempre, nación vigorosa y dominadora, cuya tierra surcan ríos (… ) Pues antes de la siega, al acabar la floración (…). En aquel tiempo se presentará un obsequio a Yahveh Sabaoth (…) de parte de un pueblo esbelto y de brillante piel, y de parte de un pueblo temible desde siempre, nación  vigorosa y dominadora, cuya tierra surcan ríos(Is 18,1-7).

Fue, según narra Zacarías de Vizcarra el obispo de Burgos, Pablo de Santa María (+ 1435) quien aplicó esta profecía de extraña interpretación al futuro descubrimiento de tierras por parte de España.

Pero ¿cómo y cuándo comenzó ese transplante espiritual? ¿cuándo estas tierras del mediodía comenzaron a ver el “sol que nace de lo alto”?

Es cierto que, como muchas veces se ha dicho, en la nómina de la tripulación que el 12 de Octubre de 1492 a Guanahani (hoy las Antillas, Bahamas) no iba ningún sacerdote. “Si no iba ningún clérigo” –dicen algunos- “¿dónde estaba la empresa evangelizadora que se decía llevar adelante?”. Como señala Tarsicio de Azcona, “no puede menos que hacer sonreír la postura de quienes se extrañan de este olvido” pues desconocen cómo se organizaba una expedición marinera y “cómo no entraba en la cura pastoral de la Iglesia de entonces la atención religiosa a tales expediciones”[4].

Fue recién en el segundo viaje en el cual se embarcaron unos 13 santos religiosos elegidos para la ocasión, dirigidos por un fraile ermitaño y penitente, nombrado por los mismos Reyes Católicos: Fray Bernardo de Boyl.


Había sido Fray Bernardo,
en un tiempo, capitán de galera, secretario y comisario del rey Fernando el Católico, de allí que fuese conocido en la corona. Retirado después, voluntariamente, a una vida humilde y de oración como ermitaño en Montserrat, llegó a ser sacerdote y allí estaba, apaciblemente en su ermita cuando llegó una comitiva de parte de los Reyes para que se embarcase a las Indias.

Fue por una Instrucción Real que los reyes lo nombraron al escribirle a Colón (29-V-1493) que “trabajase por atraer a los moradores de aquellas islas a la fe católica y que para dar impulso eficaz a la evangelización enviaba con él al Docto Fray Bernardo Boyl, ermitaño de Monserrat, que habría de efectuar la instrucción religiosa a los nativos”. Nada podía hacerse. Fray Bernardo no podía negarse, máxime cuando el mismo Papa Alejandro VI había refrendado el nombramiento haciéndolo primer Vicario Apostólico de las Indias Occidentales.

El fraile debió dejar su vida contemplativa; como lo había hecho Fray Hernando de Talavera, como Cisneros y partió con Colón en su segundo viaje.

Llegó por segunda vez Colón a América el 22 de Noviembre de 1493 a “La Española” (hoy Santo Domingo) y, hallando el Fuerte Navidad destruido, decidió fundar “La Isabela” el 10 de diciembre de dicho año. Pero recién la Misa solemne se haría el 6 de enero de 1494. Allí entonces bajará Dios a estas tierras por manos de Fray Bernardo.

Y fue gracias a esa primera luz de la mañana que uno de nuestros poetas, Alfredo Bufano, pudo cantar en uno de sus poemas un romance dedicado a este hombre olvidado por el mundo que fue el instrumento de la Providencia. Un hombre que quiso dejar la tranquilidad de su claustro para internarse en estas tierras americanas que aguardaban impaciente el alimento que da la vida eterna.

Romance de Fray Bernardo de Boyl

Fray Bernardo está en su ermita

de la Santa Trinidad,

en su ermita con la Virgen

Morena de Monserrat.

Rasurada la cabeza,

luenga la barba pluvial,

capuchón y manto negro,

pardo y áspero sayal.

Fray Bernardo está de hinojos

y se horada sin piedad,

como el agua horada y entra

por el agrio pedrizal.

Fray Bernardo mudo y solo,

ha salido a reposar.

¡Qué modo de sonreir

y qué modos de mirar!

Mayor dulzura no tienen

las dalias del colmenar.

Él mira las vegas anchas

los sembríos, el pinar,

las masías montañeras

y el violento peñascal;

y a lo lejos, entre brumas,

la boca del Llobregat,

y más lejos todavía

esmeralda y rosa el mar.

Los ojos de Fray Bernardo

están rezando al mirar.

¡Se reza hasta con los ojos

cuando se quiere rezar!

El mundo llega a la ermita

de la Santa Trinidad.

Reyes, príncipes y duques

se disputan su bondad.

Duques príncipes y reyes

lo vienen a visitar.

Glorias le ofrecen al monje,

delicias y oro fugaz.

¡Fray Bernardo no responde

por amor de caridad!

¡Vale más su ermita yerma,

su silencio vale más

y las voces inefables

de la hermana soledad!

Pero un día Fray Bernardo

oyó una voz sideral.

Dejó la ermita roqueña;

la Virgen lo vio llorar;

se echó una cruz en los hombros

y orando se hizo a la mar.

Tres carabelas sonoras

de viento y música astral,

como tres albatros vienen

por la verde soledad.

Nuestra América es un loto

que espera en la inmensidad

De la nave capitana

Fray Bernardo baja ya.

¡Y la Cruz abre sus brazos

en la tierra, frente al mar!

Y en las selvas y en las pampas

floreció la Eternidad.

 

Así, como dice la Plegaria Eucarística III, el sacrificio comenzará a ofrecerse, “desde donde sale el sol hasta el ocaso” y nosotros seguimos viviendo de esa hazaña y de esa sangre vertida por Dios y por España.

P. Javier Olivera Ravasi, IVE

[1] Antonio Ruiz de Montoya, Conquista espiritual, Equipo Difusor de Estudios de Historia Iberoamericana, Rosario 1989, 114.

[2] Seguimos acá a Zacarías de Vizcarra, La vocación de América, Gladius, Bs.As. 2005, 127-131

[3] En el “Bósforo” traduce dudando San Jerónimo, cuando dice el “Sefarad”.

[4] Tarsicio de Azcona, Isabel la Católica, BAC, Madrid 1983, 838.

One Comment

  1. Gracias por esta página. Saludos.

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