Rousseau: el mito de un filósofo racionalista y liberal (1-3)

            En general[1], en las universidades (del Estado o privadas, hoy en día da igual) oímos decir que la voluntad libre y soberana posee sus bases en la Revolución Francesa, y más precisamente en sus famosos gritos de libertad, igualdad y fraternidad que han quedado inmortalizados. Sin embargo la realidad de las cosas parece haber sido otra muy distinta de la que nos cuentan los simples manuales, por lo que el fin de estas líneas es dar un pantallazo respecto de algunas verdades que, a veces sabidas, no suelen decirse y terminan olvidándose.

            Se trata de rastrear sobre el pensamiento esencial de uno de los pensadores que más ha influido en la historia política moderna: Jean-Jacques Rousseau. ¿Cuál era su pensamiento radical acerca del hombre y sus derechos? ¿vivía a la luz de lo que enseñaba?¿creía en lo que predicaba?

            Alguno podrá objetar con razón: ¿por qué someter su vida y su pensamiento a juicio? La respuesta es breve: porque pretendía ser maestro de la virtud, además de sus pretensiones de ser maestro de la ética de su época.

La vida de un hombre golpeado

            Nacido en Ginebra en 1712 y criado como calvinista, era hijo del relojero Isaac Rousseau, quien debió trasladarse allí desde París por abrazar la herejía calvinista. La madre del joven Jean-Jacques murió poco tiempo después de darlo a luz (“mi nacimiento fue mi primera desdicha”, diría cuando grande); tuvo también un hermano pero no por mucho tiempo, ya que debido a su carácter salvaje, fue internado en un reformatorio. Rousseau por lo tanto fue de hecho hijo único, “situación que compartió con muchos otros líderes intelectuales modernos”[2]. Luego de la muerte de su padre la vida de Rousseau comenzó a ser una aventura sin tregua: solo y sin nadie en el mundo, decidió abandonar el humilde trabajo de grabador que su padre le había conseguido para buscar refugio en lo de una señora que sería al mismo tiempo madre y amante (fue por ello que se convirtió al catolicismo), la señora Françoise-Louise de Warens.

            A partir de allí la vida de Rousseau fue una seguidilla de fracasos y dependencia, en especial de las mujeres. Intentó por lo menos trece destinos: grabador, lacayo, seminarista, músico, empleado público, granjero, tutor, cajero, copista de música, escritor y secretario privado. Viajó por toda Francia, pasó un tiempo en Turín y vagabundeó por las calles como un total desconocido; su vida – a pesar de él – transcurría en el anonimato más elemental hasta que un día un hecho cambió su vida: era el año 1749 y se anunciaba un concurso de la Academia de Letras de Dijon que premiaba al mejor trabajo literario; el título del concurso era el siguiente: “Si el renacimiento de las ciencias y las artes ha contribuido al mejoramiento de las costumbres”. Rousseau pensó que, en vez de argumentar a favor de las ciencias (como la mayoría de los intelectuales de su época haría), tendría más marketing decir lo contrario, es decir, expresar cómo las ciencias y las artes deterioran y deshumanizan la naturaleza humana, siendo necesario dejarlas de lado y volver a un estado de naturaleza. La táctica dio resultado y – quizás más por el estilo que por el fondo de la cuestión – de la noche a la mañana se vio convertido en un “verdadero intelectual”.

            A partir de este momento comienza una agitada carrera por mantener la fama; se traslada de ciudad en ciudad, intercambiando ideas y mujeres, hasta que termina por aceptar la invitación de su amigo David Hume que lo convence de trasladarse a Inglaterra; allí vive poco tiempo dado que poseía un cierto delirio de persecución que lo hacía desconfiar de todos (hasta del propio Hume). Vagabundea nuevamente por Francia y al fin se casa civilmente con Thérèse Levasseur para establecerse en París (1770) donde permanecerá hasta su muerte (1778).

             El buen salvaje que Rousseau llegaría a inmortalizar parecería un cuento de hadas si se analizara la personalidad psicológica de su autor. Rousseau, por cierto, padecía algo así como muchas fallas que le venían de fábrica y en especial algunas que distan mucho de la afirmación de M. Seillere, quien hablaba de la “inmaculada concepción” de Rousseau[3].

            ¿Cómo era Rousseau? ¿cómo era ese hombre que pretendía ser maestro de la virtud y de las costumbres humanas, poniéndose él mismo como modelo?

Veamos algunas perlitas: cuando joven, entre los viajes que hizo, Rousseau pasó – como dijimos – un breve tiempo en la ciudad italiana de Turín; allí vagabundeaba por sus calles y – cuando no conseguía una bonita compañera – pasaba las noches en distintos orfelinatos. Su diversión de aquellos días era la de… ¡exhibicionista! Sí, el buen salvaje disfrutaba en mostrarse como la naturaleza lo había hecho; así, doblando una esquina de la ciudad, no era extraño para las damas encontrarse con que Rousseau les mostrara el trasero; como él mismo declaraba, “el placer estúpido que me producía exhibirlo ante sus ojos era indescriptible”[4].

            Rousseau era un exhibicionista natural, tanto en lo sexual como en otros aspectos; gozaba relatando sus pormenores amorosos. Llega a describir su afición hacia el masoquismo: cómo gozaba al ser golpeado durante sus relaciones sexuales, tanto con la calvinista mademoiselle Lambercier (hermana de un pastor), como con mademoiselle Groton: “Yacer a los pies de un ama dominante, obedecerle, pedirle perdón, esto era para mí un dulce placer”[5]. En sus confesiones (libro muy útil para realizar un examen de conciencia individual) narra cómo desde niño comenzó a masturbarse, viendo en ello una práctica totalmente aconsejable dado que evita el contagio de enfermedades venéreas; cuando viejo declararía que había vuelto a ella, no por resignación, sino “por considerarla más conveniente que el ejercicio de una vida amorosa activa”[6].

            Sin embargo, aunque su ideal de felicidad fuese “nunca hacer nada que no desease hacer”, no siempre podía seguirlo. Había momentos en que el Tarzán interior podía más que él, en especial cuando debía ausentarse públicamente y de repente para poder orinar (¿?): “aún me estremezco cuando pienso en mí mismo – escribió – rodeado de damas, obligado a esperar que hubiese terminado una conversación agradable (…). Cuando por fin encuentro una escalinata bien iluminada hay otras damas que me entretienen, luego un patio lleno de carruajes en constante movimiento listos a aplastarme, doncellas que me miran, lacayos contra las paredes que se ríen de mí. No encuentro una sola pared o un miserable rinconcito adecuado a mi propósito. En resumen, sólo puedo orinar a la vista y paciencia de todos y sobre las medias blancas que cubren alguna pierna noble”[7].

            Sí, la máquina natural no siempre funcionaba del todo bien; había cosas que todavía su máquina estatal no había terminado de pulir; un académico moderno enumera así sus defectos: Rousseau “era un masoquista, exhibicionista, neurasténico, hipocondríaco, onanista, homosexual latente afectado por el típico impulso hacia los desplazamientos repetidos, incapaz de afecto normal o paternal, un paranoico incipiente, un narcisista introvertido vuelto insociable por su enfermedad, lleno de sentimientos de culpa, de una timidez patológica, un cleptómano, infantil, irritable y avaro[8]. No sabemos si era para tanto, lo que sí es seguro: nadie querría que fuese el novio de nuestras hijas.

exhibicionista

            Con una vida así: ¿quién le haría propaganda? No encontrando a nadie, pensó que él mismo podría ser su artífice, quizás por eso Rousseau se vendía como una especie de super-star venido a la tierra. Van algunas citas a modo de ejemplo: “Aún no ha nacido la persona que pueda amarme como yo amo”; “nadie tuvo jamás mayor capacidad para amar”;  “nací para ser el mejor amigo que jamás haya existido”; “dejaría esta vida con aprensión si llegara a conocer a un hombre mejor que yo”; “mostradme un hombre mejor que yo, un corazón más amante, más tierno, más sensible”; “la posteridad me honrará… porque es lo que me corresponde”; “me regocijo de mí mismo”; “mi consuelo radica en mi autoestima”; “si hubiera tan sólo un gobierno ilustrado en Europa, me hubiera erigido estatuas”[9]. “He dicho la verdad. Si alguien sabe de hechos que contradigan lo que acabo de decir (…) que examine con sus propios ojos mi naturaleza, mi carácter, conducta, inclinaciones, placeres, hábitos, y si puede considerarme un hombre deshonesto, es él mismo un hombre que merece ser estrangulado[10]. Ahora sí lloverían candidatas para nuestro ídolo.

            Algo que cabe resaltar y que muchas veces se pasa por alto es que muchas de nuestras ideas modernas sobre la educación están afectadas, en mayor o menor medida, por la doctrina que Rousseau plasmara en aquel librito que hacía suspirar a las damas parisinas de mitad del siglo XVIII: Emilio (1762). Allí, entre anécdotas menores, se narran las vicisitudes de un niño que es educado al estilo rousseaniano, es decir, siguiendo los principios de la naturaleza… Su éxito fue rotundo; se narraba la vida de un hombre “tipo”; más o menos el plan de vida es el siguiente (tome nota para ponerlo en práctica): hasta los doce años al niño no hay que ponerle límites, hay que dejarlo que viva como la naturaleza lo guíe; nada de libros, nada de trabas físicas o morales que perturben su felicidad natural. De los doce a lo quince años “deberá hacerse racional”, aprendiendo en especial alguna ciencia experimental (algo hay que darle antes de que rompa todo); empezará, nos narra el P. Sáenz[11], por conocimientos menos especulativos; algo de física, geografía, astronomía, etc.; aprenderá un oficio (quizás el de carpintero) y sólo podrá leer un libro: Robinson Crusoe. Desde los quince años, habrá que cuidar que no abuse de las pasiones, cultivando su sensibilidad con nobles afectos, como los de “humanidad”, “amor por el pueblo”, “tolerancia”, etc. Luego se formará en Historia y en la religión natural, enseñándosele a conocer a Dios y a practicar del bien y huir del mal. Luego, se lo hará viajar para que complete su educación y posteriormente contraerá desposorios con una mujer, con la cual se casará…

            Un hermoso cuento, pero… ¿siguió Rousseau los principios que predicaba cuando debió aplicarlos a sus propios hijos? ¿se animó a educar así a sus cinco hijos? No parece, o mejor, dicho, todo lo contrario. Thèrése (una de sus amantes principales) tuvo el primero en el invierno de 1746-1747; no conocemos su sexo y nunca tuvo nombre. Según nos narra el propio Rousseau, él mismo, con “el mayor esfuerzo del mundo” convenció a Thèrése para que el bebé fuese abandonado. Colocaron finalmente una nota en clave entre las ropas del niño y lo depositaron en el Hôpital des Enfants-trouvés. Con los cinco hijos que tuvo con Thèrése se deshizo exactamente de la misma manera. Rousseau ni siquiera anotó las fechas de nacimiento de sus cinco hijos y nunca mostró ningún interés por enterarse de sus vidas.

          “El hombre sensual es el de la naturaleza; el hombre reflexivo es el de la opinión; éste es el peligroso” (Rousseau).

          Este era el salvaje de Rousseau (bueno o malo, que lo juzguen los progres), un hombre que “amaba a todos los hombres”; Voltaire, alguien de quien no se podía dudar en aquella época, lo acusaba en 1764 “de abandonar a sus cinco hijos, siendo además de sifilítico, un asesino[12].

            Esta es, en más o en menos, la personalidad de Rousseau; que la inocencia nos valga el tiempo que podamos.

            Pasemos ahora más detalladamente a su pensamiento filosófico.

(continuará…)


[1] Conferencia pronunciada en las “Jornadas de Derecho Natural”, San Luis (Argentina) 2007.

[2] Paul Johnson, Intelectuales, Vergara, España 2000, 17.

[3] El mismo Rousseau, al final de su vida, se atribuía el privilegio de ser “el Hombre de la Naturaleza”, el hombre intacto, sin mancha ni señal alguna de la corrupción que trae la civilización (Cfr. Alfredo Sáenz, La nave y las tempestades. La Revolución Francesa (la revolución cultural), Gladius, Buenos Aires 2007, 322).

[4] Citado por Paul Johnson, op. cit., 31.

[5] Jean-Jacques Rousseau, Confesiones, Everyman, Londres 1904, vol. I, 13.

[6] Paul Johnson, op. cit., 31.

[7] J. H. Huizinga, The making of a Saint: The Tragi-Comedy of Jean-Jacques Rousseau, Londres, 1976, 185. Uno de sus mayores biógrafos dice que Rousseau padecía de hipospadias, es decir, una deformación del pene en la que la uretra se abre en algún punto de la superficie ventral, por lo que sentía constantemente la necesidad de orinar (cfr. Paul Johnson, op. cit., 22).

[8] I. W. Allen, citado por Crocker en Lester G. Crocker, Jean-Jacques Rousseau: The Quest, 1712-1758, Nueva York 1974, vol. I, 356, nota 6 (cfr. Paul Johnson, op. cit, 41).

[9] Citas tomadas a partir del libro de Paul Johnson, op. cit., 23. No sorprende que Burke declarara: “La vanidad era el vicio que poseía en un extremo rayano casi en locura” (ibídem).

[10] Ibídem, 30.

[11] Cfr. Alfredo Sáenz, op. cit., 335.

[12] Paul Johnson, op. cit., 36.

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