Rousseau: el mito de un filósofo racionalista y liberal (3-3)

Rousseau y la religión  

            Finalizando su conocido libro –el Contrato social– y casi a último momento, Rousseau agregó un último capítulo llamado “De la religión civil”. Bajo las consideraciones meditadas una y otra vez de que hay que “darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el pensador ginebrino planeó una revolución espiritual; era de la opinión que la oposición Iglesia-Estado llevaba a la ruina, era necesario conciliar al César con Dios, ya que el César era dios; tenía la nostalgia de la unidad total, del bloque sin fisuras que la Ciudad Antigua había realizado gracias tal confusión; “políticamente hablando, temía para los estados modernos las consecuencias del dualismo cristiano. ¿Por qué el paganismo no había conocido las guerras de religión? Porque cada Estado tenía en él su culto y sus dioses (…). La guerra política era, al mismo tiempo, teológica” [1]. Por ello, para convertir a un pueblo al nuevo ideal, era necesario darle también una nueva religión, un nuevo culto[2].

            La batalla era lo que Leonardo Boff llama actualmente la “dictadura de Cristo en la Iglesia[3]”, es decir, la imposición de la Religión Católica de querer que haya una sola verdad y un solo Dios que separe las verdades estatales de la reales.

“Jesús vino a establecer sobre la tierra un reino espiritual, lo cual, separando el sistema teológico del sistema político, hizo que el estado cesase de ser uno, y causó las divisiones intestinas que nunca dejaron de agitar a los pueblos cristianos[4].

            Ante ello, Rousseau pensó poner bien en claro las tres clases de religiones existentes, para no quedarse con ninguna sin antes fusionarlas. Veámoslas brevemente:

            En primer lugar se encuentra la religión del hombre: ella es el Cristianismo, pero no el de hoy, sino la “del Evangelio”, la cual es completamente diferente al de hoy. ¿De qué se trata? Es una “religión sin templos, sin altares, sin ritos, limitada al culto puramente interior del Dios supremo y a los deberes eternos de la moral (…). Religión santa, sublime (…) donde los hombres, hijos del mismo Dios, se reconocen todos como hermanos[5]. Esta religión es hermosa según Rousseau, sin embargo le falta algo: no termina de conquistar los corazones de los ciudadanos para el Estado. “No sólo esta religión del hombre no adhiere al Estado a los ciudadanos, sino que los separa de él, como de todas las cosas terrestres”[6]. Sería algo así como la religión que el mundo moderno vive y practica actualmente.

            En segundo término encontramos a la religión del ciudadano: ésta es la de la Ciudad Antigua, la que está “inscrita en un solo país dándole sus dioses y sus patronos propios”[7]; sin duda es superior a la anterior, pero no llega a ser perfecta porque se encuentra lógicamente fundada sobre los mitos que terminan por alejarnos del Ser Supremo.

            La última, la “más extraña” según Rousseau, es la “Tercera clase de religión…, que dando a los hombres “dos legislaciones, dos jefes, dos patrias, los somete a deberes contradictorios y les impide poder ser a la vez devotos ciudadanos[8]. Es la religión con la que hay que ser intolerante, porque pretende ser la única verdadera[9] sin respetar los dogmas que el Estado desea imponer. Se trata de lo que antiguamente (y aún hoy en algunos lugares) se ha llamado la Iglesia Católica Apostólica Romana. Dicha religión es “fachista” por naturaleza, autoritaria y dictatorial, porque pretende centralizar los dogmas en sí misma, diciendo que fuera de ella no hay salvación posible. Es totalmente incompatible con cualquier Estado moderno, por lo que debe ser eliminada sin muchos miramientos.

            Por último Rousseau propone su religión: la religión civil, la religión del ciudadano moderno, donde se busca que posea todas las ventajas de la religión del ciudadano antiguo, sin atentar contra su libertad interior ni su verdad y sin imponer un contenido propiamente dogmático[10].

“Hay pues una profesión de fe puramente civil, cuyos artículos corresponde fijar al soberano, no precisamente como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano ni súbdito fiel. Sin poder obligar a nadie a creerlos, puede desterrar del Estado a cualquiera que no los crea; puede desterrarlo, no como impío, sino como insociable, como incapaz de amar sinceramente las leyes, la justicia, y de inmolar su vida, si es necesario, a su deber. Si alguien, después de haber reconocido públicamente estos mismos dogmas, se conduce como no creyéndolos, sea castigado de muerte; ha cometido el mayor de los crímenes[11].

            Los dogmas de la nueva religión deben ser pocos y simples, enunciados con precisión y sin demasiados tecnicismos que compliquen nuestra existencia. Podrían resumirse así: 1) creencia en una divinidad poderosa, inteligente y previsora; 2) creencia en una vida futura donde habrá felicidad sin fin para los que cumplan con el Estado y castigo eterno para los rebeldes; 3) la santidad del Contrato Social y de las leyes del Estado[12].

            Aviso: si Ud. todavía piensa en una cierta libertad religiosa, ya quedó hace rato fuera de todo corralito estatal.

            Para todo ello es necesario cierta educación, cosa que entendieron muy bien nuestros ministros de Educación, desde la época de Sarmiento; es un plan sistemático para el embrutecimiento de la juventud, mejor dicho, una eugenesia intelectual; primero hay que fabricarle al alumno la ilusión de la libertad a fin que el pobre infeliz se crea siempre el maestro, aunque no lo sea jamás:

“No hay dominio tan perfecto como el que conserva la apariencia de la libertad; uno cautiva así la libertad misma… Sin duda (el alumno) no debe hacer lo que quiere, pero no debe querer sino lo que tú quieres que haga[13], análogo a lo que sucede en toda casa, donde el hombre cree gobernar pero en realidad sólo lo cree”[14].

            En el siglo XVIII – como en todas las épocas – la reforma educativa y la política son parte de un mismo combate. Para los pedagogos, el niño es una materia en manos del educador, es decir, un mecanismo a programar; la interioridad pasiva del niño debe ser ofrecida a la educación nacional, a los altares de la patria, “como una masa de arcilla preparada que reclama la mano dulce y bienhechora del alfarero”, según Vauréal. “Si es bueno saber emplear a los hombres tales como son, vale mucho más todavía hacerlos tal como uno necesita que sean; la autoridad más absoluta es la que penetra hasta el interior del hombre, y no se ejerce menos sobre la voluntad que sobre las acciones[15]. 

Rousseau frente a la posteridad

            Luego de todo el camino que hemos trazado brevemente, podríamos preguntarnos si las ideas de Rousseau realmente influyeron en la vida política de su época, ya que de lo contrario, todo habría permanecido como un simple cuento narrado por un idiota, según la artera frase de Shakespeare.

            Las opiniones de sus contemporáneos y de los grandes intelectuales oscilan en varios sentidos: para David Hume, Rousseau “era un monstruo que se veía a sí mismo como el único ser importante del universo”; Diderot creía que era “falaz, vanidoso como Satán, desagradecido, cruel, hipócrita y lleno de malevolencia”, mientras que Grimm lo encontraba “odioso y monstruoso”; Voltaire no se queda atrás: “un monstruo de vanidad y vileza”[16]. A otros, sin embargo les caía mejor: Kant decía que “su alma tenía una sensibilidad de una perfección inigualada”; Shelley, que “era un genio sublime”; Schiller pensaba que se trataba de “un alma que evocaba a Cristo, para quien sólo lo ángeles del cielo son compañía apropiada”; Tolstoi, por su parte, decía que Rousseau y los Evangelios habían sido “las dos grandes y salutíferas influencias en su vida”[17]. Todos testimonios de “intelectuales” famosos.

            Las mujeres muchas veces son las más perspicaces, es por ello que quizás quien mejor lo resume sea Sophie de Houdetot, uno de sus grandes amores: “era lo suficientemente feo como para asustarme y el amor no lo hacía más atractivo. Pero era una figura patética y lo traté con suavidad y bondad. Fue un loco interesante”[18].

En cuanto a la mayor o menor difusión del Contrato Social y las ideas de Rousseau antes de la Revolución, podrían invocarse testimonios contradictorios como el de Sénac de Meihan, quien encontraba la obra como “profunda, abstracta y hasta poco leída” y el de Mallet du Pan, quien – por el contrario – aseguraba haber oído a Marat, quien en 1788 “leía y comentaba Del contrato social en los paseos públicos, con aplausos de un auditorio entusiasta”[19]. Sea lo que sea hay algo que es un hecho: las ideas de Rousseau permanecieron hasta hoy y fueron ideas como las suyas (en especial sus ideas políticas y pedagógicas) las que terminaron por triunfar en 1789, habiendo penetrado en la masa  de los espíritus más cultivados.

            Corresponde señalar, a modo de resumen, que las ideas rousseaunianas no pueden comprenderse sin pensar vivamente en tres pilares bien delimitador por su autor:

1) La negación de la libertad: existe una abismal diferencia entre la clase política ilustrada, nuestra city digamos, por un lado, y el resto de la población, estrictamente animal, por otro; unos poseen libertad porque son hombres mientras que los otros todavía no logran ese privilegio. Nada de Libertad.

2) Una intolerancia rigurosa respecto de todo lo que no vaya en pos de los caprichos de un gobierno de turno, intolerancia que sólo se realiza respecto de los que piensan de modo no-liberal; dicha actitud debe ir hasta el fondo, hasta inclusive intentar erradicar al enemigo si antes no puede, como decía Laplace, “corregirse la obra de la naturaleza para producir una especie con igualdad de medios”[20]. Nada de Igualdad.

3) El gobierno de las logias que por cierto manejaron a discreción las asambleas “populares” de la Revolución y de todas las revoluciones. Por lo tanto, nada de Fraternidad, fuera de las logias.

“Se ha dicho – escribe el P. Sáenz – que la Revolución francesa es el Contrato Social en acción”[21]; no sabemos si fue totalmente así, pero hay algo que tenemos por cierto: “lo que permanece no son los gobiernos, sino las ideas”, como afirmó hace poco Le Pen ante la victoria de Sarkozy; en este sentido, Rousseau traspasó la barrera del siglo XVIII y su voz resuena hasta nuestros días.

Roussseau: “¿filósofo de la tolerancia?”; “¿defensor de los derechos humanos?”; “¿propulsor de la democracia occidental?”

  Que no te la cuenten…

R.P Dr. Javier Olivera Ravasi, IVE

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[1] Jean-Jacques Chevallier, op. cit., 154.

[2] “Únicamente Hobbes, ese impío, ese filósofo tan infamado, vio claro (…) «De todos los autores cristianos – decía Rousseau en su Contrato Social – el filósofo Hobbes es el único que vio el mal y el remedio, el único que se atrevió a proponer reunir las dos cabezas del águila y reducirlo todo a la unidad política, sin la cual jamás habrá Estado ni gobierno bien constituido» (Rousseau, citado por Jean-Jacques Chevallier, op. cit., 155).

[3] Cfr. diario La Nación, del 18 de Mayo de 2007.

[4] Rousseau, citado por Jean-Jacques Chevallier, op. cit., 154.

[5] Ibídem, 155.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem, 155-156.

[8] Ibídem, 156.

[9] “Cualquiera que se atreva a decir: fuera de la Iglesia no hay salvación, debe ser expulsado del Estado (…), tal dogma es pernicioso” (Ibídem, 156).

[10] Cfr. ibídem, 156.

[11] Rousseau, citado por Jean-Jacques Chevallier, op. cit., 157.

[12] Ibídem.

[13] Jean-Jacques Rousseau, Emilio.

[14] “‘Quienes controlan las opiniones de un pueblo controlan sus acciones’. ‘Ese control se establece tratando a los ciudadanos desde su infancia como hijos del Estado, educados para verse sólo en su relación con el cuerpo del Estado’. ‘Porque al no ser nada sino gracias a él, no serán nada sino para él’. ‘Tendrá todo lo que ellos tienen y será todo lo que ellos son’. Nuevamente, esto anticipa el núcleo de la doctrina fascista de Mussolini: ‘Todo en el Estado nada fuera del Estado, nada contra el Estado’”. (…). “El eje de las ideas de Rousseau era el concepto del ciudadano como hijo y el Estado como padre, e insistía en que el gobierno debía tener el control total de la crianza de los niños” (Paul Johnson, op. cit., 40).

[15] Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre la Economía Política; citado por Xavier Martin, op. cit., 80. La pedagogía católica tradicional, contra la cual apuntan estas teorías, coloca el principio de actividad inmanente en el discípulo, de modo que el maestro no hace sino promover desde afuera al desarrollo interior.

[16] Paul Johnson, op. cit., 41.

[17] Ibídem, 42.

[18] Citado por Lester G. Crocker, Jean-Jacques Rousseau: The Quest, 1712-1758, Nueva York 1974, vol. I, 353. La observación figura en Henri Guillemin, Un homme, deux ombres, Ginebra 1943, 323 (a su vez, citado por Paul Johnson, op. cit., 41).

[19] Ibídem, 159.

[20] Ibídem, 85.

[21] Alfredo Sáenz, op. cit., 352.

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