Aprendiendo a pensar: lógica de los sofismas (10-21)

 C) Sofismas de cambio del asunto

      Hay un tipo de falacia que Aristóteles denominó argumento “exo tou prágmatos”, es decir argumento extraño a la cuestión. También ha recibido el nombre de sofisma “de ignorancia del asunto” (ignorantia elenchi). Consiste en desarrollar una ar­gu­mentación que en sí misma puede ser correcta, pero que no trata sobre el punto que se está discutiendo y acerca del cual se pre­tende producir una conclusión, sino que habla de otra cosa. Se denomina también “sofisma de suplantación de tesis”.

      Las premisas que se aducen y la conclusión que se pretende no son atinentes entre sí, y por ello se lo llama también “sofisma de conclusión no atinente” o “sofisma de atinencia”[1]. Cuando la gente advierte esta falacia en el discurso suele decir: «¿Pero eso qué tiene que ver con la cuestión que se está tra­tando?». Sin embargo muchas veces no se descubre el paralogismo y se cae en la trampa.

      Es muy usual no sólo para argüir en favor de una tesis, sino también en las refutaciones: con un argumento de esta clase muchas veces se da por refutada una tesis, cuando en verdad se trata de un argumento que nada tiene que ver con ella.

      Algunos ejemplos:

[26]      Cuando se está discutiendo la autoría y culpabilidad de una persona con relación a un delito, el abogado prueba con testigos las condiciones personales del reo y sus cali­dades de buen esposo, buen padre de familia, laborioso en su empleo, muy querido por sus amigos, etc. y en base a estas pruebas solicita la absolución de su de­fendido.

Es frecuente en los juicios que los defensores aleguen razones sobre un punto que no es el que se cuestiona, para desorientar a los jueces e inclinarlos hacia la inocencia del reo.

[27]      Un diputado oficialista, es decir perteneciente al partido gobernante, con el fin de defender una medida del go­bierno en la Cámara de Diputados, menciona una serie de aciertos anteriores del mismo gobierno.

Como puede advertirse, la argumentación acerca de aciertos ante­riores no sirve para demostrar que la nueva medida es conve­niente.

[28]      Mientras se somete a la consideración del cuerpo legislativo un proyecto de ley sobre vivienda, uno de los legisla­dores que apoya la propuesta argumenta que todo el mundo debe tener una vivienda digna.

Pero ¿esta medida concreta que se ha de votar lo conseguirá?, ¿el proyecto puede llevarse a la práctica?, ¿no existen medios mejores para conseguir el fin?, ¿no existen otros problemas prioritarios?, ¿algunos de los aspectos del proyecto no resulta­rán perjudiciales al bien común? Al sostener que todo el mundo debe tener viviendas decentes, el orador logra despertar una ac­titud de aprobación y esta actitud suele ser transferida a la conclusión final «Debe votarse este proyecto», pero esta trans­ferencia se produce por pura asociación psicológica y no por im­plicación lógica[2], porque el argumento nada tiene que ver con la conclusión.

[29]      Cuando la oposición reprochaba al gobierno el haber faltado a las formalidades legales, el representante del go­bierno replicó argumentando que esas medidas fueron to­madas para el interés general de la comunidad.

Tenemos en este ejemplo una falacia de “cambio del asunto”, por­que partiendo de la premisa «La medida x se tomó para el bien de la comunidad», se pretende concluir a partir de allí la refuta­ción de la tesis que objeta tal medida por violación de las for­malidades legales.

      Esta especie de falacia es muy frecuente en las asambleas políticas; pero no abunda solamente allí; podemos encontrarlas en los debates en general, en las declaraciones de los gobernantes, en la propaganda política y en la comercial, y también en la conversación cotidiana. Suele aparecer en medio del discurso, donde la profusión de palabras y figuras da lugar a la confusión del pensamiento. Como ocurre con todas las clases de sofismas, pueden emitirse de buena fe (sobre todo en el curso de una dis­cusión larga y complicada), pero también de mala fe, esto es con el designio de desviar la atención del oyente de la cuestión que debe tratarse, y producir el efecto de que se ha demostrado o refutado algo. Es otra norma de astucia de las que enuncia el lógico inglés Hamilton en su obra Lógica parlamentaria: «Si no podéis embro­llar el argumento desde el comienzo, tratad de cambiar la cues­tión introduciendo en el curso del debate alguna cosa que se le parezca»[3].

  • Algunas modalidades de este sofisma

  Argumento de autoridad:

A veces se pretende demostrar una conclusión sobre un asunto a partir de la opinión que una o algunas personas calificadas tienen sobre ese asunto. En el léxico de la lógica se denomina “autoridad” a una persona o conjunto de personas calificadas por su conocimiento acerca de algo. El sofisma consiste en tomar una proposición como verda­dera por sí misma, con prescindencia de toda prueba, por el solo hecho de que fue afirmada por una “autoridad”.

      El “argumento de autoridad” es legítimo para apoyar con­clu­­siones probables, pero es una falacia cuando se lo pretende su­ficiente para obtener una conclusión rigurosamente demostrada. Si sabemos que una proposición fue sostenida por Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Leibniz, o cualquiera de los grandes pensadores, podemos considerarla como probablemente ver­dadera, pero para tener la certeza de su verdad necesitamos una demostración suficiente.

      También son argumentos de autoridad aquéllos en que se cita la opinión colectiva de un grupo científico o técnico, por ej. cuando se dice «S es P porque los biólogos…»; «S es P porque todos los psicólogos actualmente…». La opinión que los exper­tos en una ciencia o técnica expresan sobre una cuestión de esa ciencia o técnica (por ejemplo cuando un cardiólogo hace una afirmación sobre un tema que pertenece a la cardiología) goza de probabilidad en cuanto a su verdad, aunque no puede ofrecer la plena certeza que es la garantía de la verdad. En cambio, si se trata de la aseveración de un experto, pero acerca de algo que está fuera de su especialidad, ya ni siquiera existe probabili­dad de verdad en la aseveración; así por ejemplo Christian Bar­nard, el famoso cirujano autor de los primeros trasplantes de corazón, cuando opinaba acerca de la eutanasia activa, que es un asunto que no pertenece a la cirugía ni a la medicina, sino a la ética. El valor de sus opiniones al respecto depende exclusivamente del valor intrínseco de los razonamientos en que las apoye, y nada importa que se trate de un experto o afamado cirujano.

      Suele suceder que la autoridad científica ganada por una persona en determinada disciplina, se traslade así ilegítimamente a otros ámbitos del conocimiento. De tal modo, los científicos y expertos suelen opinar con desconocimiento y ligereza sobre cuestiones éticas, jurídicas y políticas.

      Asimismo el parecer de un gran número de personas, o de una mayoría, por abrumadora que sea, no puede tomarse como premisa segura­mente verdadera. Lo que piensa una mayoría puede ser falso, aun­que se trate de científicos en una cuestión de su competencia. Menos garantía ofrece la opinión de una mayoría cuando son pro­fanos. El hecho de que una mayoría admita una cosa, no implica que tal cosa sea verda­dera. Las personas con frecuencia suelen incurrir en prejuicios, a veces contrarios al mismo “sentido co­mún”. Se ha dicho muchas veces, y con razón, que el “sentido co­mún” no es algo muy común[4].

      A la expresión “ignorantia elenchi” se le puede atribuir un sentido más amplio o más limitado:

      a)  En una acepción muy lata, la denominación es correcta para designar toda falacia de procedimiento, pues cuando falla el procedimiento discursivo, el argumento carece de atinencia con respecto a la conclusión; así mismo, los sofismas de dicción, en que un término o un enunciado se toma en cierto sentido en la premisa, y con un significado diverso en la conclusión, también son sofismas de “cambio del asunto”, en esta acepción amplia.

      b)  En un sentido más restringido, se denomina de este modo el paralogismo en el cual se toma como argumento para probar la conclusión, un argumento que sólo puede servir para probar una proposición que sólo tiene cierta semejanza con la conclusión, o cuando otra proposición meramente parecida a la empleada, podría servir para demostrar la tesis.

      c)  En una acepción muy restringida, es la falacia en la cual se tuerce el sentido de la conclusión que fue correctamente demostrada, de modo de pretender que se ha demostrado la proposición entendida en este sentido distinto que se le atribuye[5].


[1] Atinencia, o mejor atingencia: relación, conexión, co­rrespondencia, v.gr. «tener un asunto atingencia con otro» (Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 1984).

[2] Irving Copi, Introducción a la lógica. Eudeba, Bs. As., 1984, p. 61.

[3] William Hamilton, op. cit., párr. CCCLVIII.

[4] «El sentido común no es una cualidad tan común como se piensa» (Logique de Port-Royal cit., Discours I).

[5] Cfr. Alfred Sidgwick, Fallacies, cit., p. 182.

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