Aprendiendo a pensar: lógica de los sofismas (17-21)

Algunas clases de argumentos retóricos

1. Sofisma “ad misericordiam[1]

      Se apela al sentimiento de misericordia. Esta especie de fa­lacia es muy común en la oratoria forense, cuando en vez de argumentarse acerca de la inocencia del reo, el abogado defensor busca provocar el sentimiento de lástima de los jueces, de los jurados o del público.Ejemplo:

[79]     Clarence Barrow, abogado criminalista, defendiendo a Thomas Kidd, acusado de asociación criminal:

             «Apelo a vosotros, no en defensa de Thomas Kidd, sino en defensa de la larga sucesión —la larguísima suce­sión que se remonta hacia atrás a través de las épocas y que se proyecta hacia adelante en los años del fu­turo— de los hombres despojados y oprimidos de la tie­rra. Apelo a vosotros por los hombres que se levantan antes de que amanezca y vuelven a su hogar a la noche, cuando ya la luz ha desaparecido del cielo, y dan sus vidas, sus fuerzas y su trabajo para que otros se enri­quezcan y se engrandezcan. Apelo a vosotros en nombre de esas mujeres que ofrendan sus vidas al dios moderno del dinero y apelo a vosotros en nombre de sus hijos, los que viven y los que aún no han nacido»[2].

  2. Sofisma “ad odium

      Se explota el odio del oyente hacia una persona o cosa.

  3. Sofisma “ad iram

      Se aprovecha la ira que el receptor siente hacia alguien. Así por ej. [80] la ira que provoca en el hombre honesto la con­ducta del delincuente suele aprovecharse para persuadirlo de la tesis de que los delincuentes capturados no merecen ninguna ga­rantía, como por ejemplo la garantía de que se realice el debido juicio, que se les per­mita defenderse, etc.

      A veces en los sofismas de falsa generalización, cuando se pretende una conclusión argumentando a partir de un solo ejem­plo, se elige como ejemplo un caso muy irritante. Cuando me­diante un ejemplo irritante que es verdadero, se intenta negar la universalidad de una tesis, el recurso es legítimo, pues es un argumento correcto desde el punto de vista lógico (pues si «Algún S no es P» debe concluirse que es falso que «Todo S es P»), y entonces el recurso al sentimiento se ha empleado sólo para reforzar la adhesión del auditorio. Pero si mediante un ejemplo irritante se pretende probar una tesis universal, el re­curso es obviamente ilegítimo, pues de «Algún S es P» no se puede pasar a la conclusión «Todo S es P», y cuando se hace esto, tenemos un sofisma de falsa generalización.

  4. Sofisma “ad delectationem” (del deleite o del placer)

      Se aprovecha del goce que procuran a la sensibilidad ciertos objetos o ciertas palabras. Como ejemplo, un aviso comercial de este tenor:

[81]      Los comprimidos M-2 son excelentes para calmar la acidez es­tomacal: para saberlo basta comprobar su delicado sa­bor, en sus tres variedades: menta…

      En los discursos políticos es un recurso muy usado. Aconsejaba William Hamilton entre sus muchas reglas maquiavélicas para persuadir en el Parlamento inglés, la siguiente: «Comprended al público a quien vais a dirigiros, considerad lo que oirá con más atención, lo que desea con ardor más vivo; in­quirid también lo que os per­mitirá traerle a la memoria los recuerdos más dulces del pasado, y haced alusiones a cosas ­conocidas y gratas»[3]. «No existe tema discutible que, bien examinado, no os permita, en una u otra de sus partes, decir cosas agradables a vuestros adversarios y atraéroslos hasta cierto tiempo»[4].

      Muchas veces la persuasión se produce de manera in­cons­­ciente, sin discurso, mediante recursos icónicos. Esto se emplea mucho en la publicidad, por ej. [82] la imagen televisual de ni­ños hermosos y felices juntamente con el anuncio de un producto. También [83] una mercadería de calidad inferior, pero que se vende en cajas vistosas, mueve a la persuasión de que el pro­ducto es de buena calidad. Otro ejemplo: [84] después de asistir a la representación de una obra de teatro con excelentes escena­rios y ropaje, los espectadores salen diciendo «¡Qué buena obra!». En realidad el contenido argumental de la obra era pobrísimo, pero las imágenes escénicas y la indumentaria halaga­ron el gusto de los espectadores y este placer los llevó a con­cluir, infundadamente, la bondad literaria de la obra.

      Sofismas “del fulgor”:

Dentro de los sofismas “ad de­lec­ta­­tionem” podemos ubicar el llamado “sofisma del fulgor”, que es aquel en que se usan palabras que producen deleite porque son resonantes o fascinantes. Así por ej. [85] en el discurso que se emite para apoyar un proyecto económico se habla de la “grandeza de la Nación”. Otro ejemplo: [86] en un escrito que se elabora para impugnar el servicio militar obligatorio se dice que la vida humana es «sagrada e inviolable».

  5. Sofisma “ad concupiscentiam” (del deseo)

      Se recurre a este sofisma cuando se aprovechan o despiertan apetitos sensuales o ambiciones materiales (de dinero, poder, etc.).

      Esto aparece a menudo en la publicidad de muchas clases de productos, en los cuales se apela al extendido deseo de tener un automóvil, vacaciones exquisitas, una mujer bella, etc. También suele aprovecharse el natural deseo de tener amigos, y así se su­giere en la publicidad que con tal producto se hacen inmediatamente amistades; por ejemplo [87] en la propaganda de una bebida gaseosa se usa la locución «el sabor de la amistad», acompañada de imágenes con amigos.

  6. Sofisma “ad verecundiam

      Se explota el sentimiento de respeto que se guarda hacia una persona o institución o hacia una cosa que es venerable o digna. Por ejemplo, cuando des­pués de afirmar una proposición como verdadera, se añade: «…y es lo que piensa XX» (XX puede ser un escritor famoso, un cientí­fico muy prestigiado, etc.). Está implícito en ciertas publici­dades, por ej.: [88] «Tome XX, el mejor whisky; es el que pre­fiere ZZ», y ZZ es un cantante de fama internacional.

      El recurso retórico “ad verecundiam” acompaña los “argumentos de autoridad”[5]. Se apela al respeto que siente la gente hacia las personas prestigiosas en una ciencia o arte.

      Puede tratarse también de la veneración a la Patria, o al menos de cierto grado de simpatía hacia ella que las personas naturalmente suelen tener. Así por ej. se quiere persuadir acerca de algo, y entonces en el discurso se mezcla el asunto con valores patrióticos, y de ese modo la reverencia o simpatía que el oyente tiene hacia la Patria se transfiere al producto, en un sentimiento aprobatorio. Para evitar este recurso de des­lealtad comercial y abuso de los símbolos patrios, la ley argen­tina prohíbe que en los productos comerciales se utilicen como marca de fábrica la bandera o el escudo nacionales. Esto es usar un símbolo patrio con un fin de lucro, y además puede ser una forma desleal, ventajera, de hacer propaganda, en cuanto que al­gunos consumidores pueden trasladar —consciente o in­cons­ciente­mente— la simpatía y respeto que sienten por el valor patrio, a un producto determinado.

      No solamente los sentimientos nacionales, sino también el “patriotismo local”, es decir el afecto a la “patria chica”, suele utilizarse con fines de propaganda; así por ejemplo en los medios de comunicación masivos en nuestra provincia escuchamos diversos avisos comerciales que vinculan la mercadería anunciada con la palabra “Córdoba” o “cordobés”. Así por ej. [89] «Los cordobeses descubrieron el sabor insuperable…», al publicitar cierta bebida. En este ejemplo podemos observar un doble recurso afectivo: la propaganda se dirige al placer, y también al senti­miento de pertenencia a la comunidad local.

      Así también la sensibilidad que existe hacia los valores de la vitalidad y el orden ecológico son explotados por la publicidad, aunque sea para fomentar la necesidad psicológica de un producto tan poco propicio a la salud y a la pureza del ambiente, como es el cigarrillo.


[1] Es usual en el léxico de la lógica denominar estos so­fismas con el nombre latino de la pasión correspondiente; la preposición “ad” significa aquí “dirigido a”; así por ejemplo “ad misericordiam” significa dirigido a la misericordia.

[2] Ejemplo citado por Irving Copi, op. cit., p. 88.

[3] William Hamilton, op. cit., párr. CLXXI.

[4] Ibídem, párr. CCXVIII.

[5] Véase supra, II, C), 1.

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