Aprendiendo a pensar: lógica de los sofismas (19-21)

RECAPITULACIÓN

Sobre el uso de las palabras emotivas

Las “palabras emotivas”

      Hemos iniciado este libro con el estudio de los errores ocasionados por el lenguaje, y también lo terminaremos con una referencia al lenguaje, porque los argumentos “retóricos” están muy vinculados con el uso emotivo del discurso hablado o es­crito.

      Ciertas palabras, además de poseer un significado (el signi­ficado es la propiedad de representar una cosa), suelen tener la propiedad de producir sugestiones afectivas. Esto es lo que se denomina “carga emotiva” que llevan algunas palabras.

      En el discurso que busca incitar los sentimientos es muy im­portante el uso sistemático de vocablos con “carga emotiva”. Una cosa determinada, según sean las palabras con que se la exprese puede producir un efecto diverso. Así por ej. las expresiones “burócrata”, “empleado del gobierno” y “empleado público”, de acuerdo con la semántica castellana son sinónimos (es decir ex­presamos que tienen igual o parecida significación), pero sucede que el término “burócrata” produce antipatía, mientras que la expresión “empleado del gobierno” no produce ese efecto[1].

      Según nos muestra la experiencia, podemos distinguir:

      a)   términos que expresan un objeto sin añadirle ningún sentimiento de aprobación o de desaprobación;

      b)  términos que añaden a la idea principal una idea habi­tual de aprobación, y

      c)   términos que añaden a la idea principal una idea habi­tual de desaprobación[2].

      Estas ideas habituales de aprobación o de desaprobación va­rían con las sociedades, y en una misma sociedad, varían con la época[3].

      Los siguientes son algunos de los muchos términos que ac­tualmente en nuestra sociedad tienen resonancia emotiva. Con respecto a la mayoría de las personas de nuestro medio ur­bano los vocablos de la columna izquierda tienen carga emotiva positiva, y los de la derecha tienen carga emotiva negativa:

                   cambio                                                  tradición

                   reforma                                                 tradicional

                   revolucionario                                    reaccionario

                   actual                                                   pasado

                   nuevo                                                    antiguo

                   moderno                                               medieval

                   innovación

                  

                   mayoritario                                         minoritario

                  

                   abierto                                                  cerrado

                  

                   libertad                                                prohibido

                   libertad de expresión                        censura

                   liberación

                  

                   democracia

                   democrático

                  

                   ciencia

                   científico

                   objetivo                                                subjetivo

                  

                   paz                                                         violencia

                   diálogo[4]                                               represión

 

      Los términos que están a la derecha no significan realidades que en sí mismas sean negativas o reprobables, pero mediante cierta detracción más o menos sistemática se los ha ido impregnando de desprestigio, y se ha despertado hacia tales términos una actitud de re­chazo.

      Por esto, los escritores, oradores políticos, etc. cuando quieren persuadir sobre la conveniencia de un proyecto o cosa cualquiera, suelen vincular tal cosa con algunas de las palabras que tienen una aureola de prestigio, como son las de la columna de la izquierda. Si, por el contrario, quieren combatir algo, en su discurso acostumbran vincular tal cosa (el proyecto del con­trario, el candidato adversario, etc.) con algunas de las pala­bras que llevan resonancia peyorativa, como son las que hemos transcripto en la columna de la derecha. De esta manera los sen­timientos de aprobación o de desaprobación de la palabra pasan a la cosa que se quiere defender o atacar. Esta es una de las ma­neras más usuales del “uso estratégico del lenguaje”[5], que es en realidad un abuso del lenguaje.

      Así por ejemplo, uno de dos bandos en pugna llama a su pro­puesta “plan de paz”, para ganarse la opinión pública interna­cional, y si el bando adversario rechaza su propuesta, dice que «ha rechazado el plan de paz», haciendo caer así el disfavor del público hacia este último. De tal modo las personas aprueban cosas o las desaprueban independientemente de su contenido, y muchas veces ignorando su contenido (por ejemplo en este caso gran parte del público desconoce el contenido de la propuesta), y su juicio re­sulta movido solamente por las palabras hábilmente utilizadas por la propaganda (en este caso la palabra “paz”).

      El vocablo “orden” es muy usual en el léxico empleado por los gobiernos tiránicos. Esa palabra, que indica una realidad en sí buena y muy loable, se aplica en tales regímenes para justi­ficar todas las medidas del gobierno, incluidos los actos más injustos y opresivos. A su vez, la palabra “libertad” suele em­plearse en los regímenes políticos “anárquicos”. Para justificar los desórdenes y perturbaciones de toda clase y atropellos de los individuos se dice que «son el coste de la libertad que ahora vivimos», y así se usa el término que indica algo bueno y loable como es la libertad (es buena en tanto es un medio para que el hombre alcance sus fines naturales) y por lo tanto el discurso induce sentimientos de aprobación para encubrir el de­sorden, el relajamiento, el libertinaje…

      La “carga emotiva” de los vocablos tiene mucha importancia en las encuestas (por ejemplo cuando se consulta la opinión pública), porque si un determinado objeto es mencionado mediante ciertos términos, ello suele con­dicionar la respuesta en cierto sentido. Así por ej. la opinión sobre un determinado asunto puede inquirirse con alguna de las siguiente preguntas:

              — ¿Está Ud. de acuerdo con la censura?

              — ¿Está Ud. de acuerdo con que la comunidad controle la por­nografía y la moralidad de los espectáculos públicos?

No producirá el mismo efecto el usar una u otra de estas fórmu­las. Si se emplea la primera, seguramente se obtendrá mayor can­tidad de respuestas negativas que si se emplea la segunda, aun cuando se dirijan a las mismas personas y se pregunte lo mismo. Las dos preguntas se refieren al mismo hecho, pero se emplean vocablos con distinta resonancia emotiva[6].

      Personas, instituciones e ideas pueden quedar defenestradas mediante la adscripción estratégica de una etiqueta hábilmente seleccionada[7]. Sin alegar razones contra la cosa que se im­pugna, se procura causar el rechazo de ella aplicándole uno de estos vocablos de reprobación. A su vez, también pueden hacerse triunfar otras cosas con la mera adscripción de una etiqueta: así por ej. al hacer propaganda de un filme o de una obra de te­atro, se hace notar que «ha estado prohibida durante años por la censura». Con esto no se dice nada acerca del valor de la pelí­cula, pero la obra con ello queda arropada por el aura de pres­tigio que rodea al término “libertad” en una sociedad manipulada por la dialéctica verbal[8]. Otro ejemplo: para hacer triunfar una nueva modalidad musical se le llama “música abierta”. «Con ello, y sin dar una sola razón positiva de la excelencia del nuevo estilo musical que se propugna, la mera utilización del calificativo «abierta» lo sitúa en una posición de favor ante el público poco iniciado en los secretos del lenguaje»[9].


[1] Irving Copi, op. cit., p. 64.

[2] Jeremías Bentham, Traité des sophismes politiques, t. II. Paris, 1822, p. 164 ss.

[3] Con relación a los tiempos de la Revolución Francesa, expresa el historiador Pablo Viollet: «La opinión pública comenzó a señalarse poderosamente contra lo que se llamaba feudalismo o sistema feudal. La necesidad de reforma que dominaba en el ánimo de todos tenía su consigna: “la abolición del sistema feudal”. ¿Cuál era la significación exacta de las palabras “feudalismo” y “feudal”? Nadie lo sabía. Para el pueblo todo, lo que era malo y valioso recibía la denominación de “feudal”» (La legislación francesa en el período de la Revolución, en Historia del mundo en la Edad Moderna, publ. por la Univ. de Cambridge, t. XIV, p. 527).

[4] Un tratamiento muy meduloso acerca del vocablo “diálogo”, y su empleo como “palabra-talismán”, puede consultarse en el opúsculo de Plinio Corrêa de Oliveira, El diálogo – Trasbordo ideológico, cit., ps. 46-104. El autor discierne prolijamente los sentidos del término, lo considera en relación con el estado emocional “irenista”, y el efecto psicológico que su uso estratégico puede lograr sobre los espíritus.

[5] El lenguaje puede, así, ser empleado como un medio de combate. Hay una estrategia del lenguaje. Dice López Quintás: «En épocas de exaltación dialéctico-verbal como la presente, con sus poderosos medios de comunicación, hay que atender más toda­vía que a la estrategia política, militar y económica, a la es­trategia del lenguaje. Pueden perderse o ganarse batallas deci­sivas en el campo aparentemente sereno e inofensivo del len­guaje» (Alfonso López Quintás, op. cit., p. 141).

[6] «Si a una persona se le pregunta a boca de jarro si es partidaria de la censura, se tiene casi todo dispuesto de ante­mano pare recibir una respuesta negativa, pues el concepto de censura representa en el momento actual un concepto aversivo» (Alfonso López Quintás, op. cit., p. 151).

[7] Cfr. Alfonso López Quintás, op. cit., p. 154.

                Más adelante dice el mismo autor: «Al hacer un uso estraté­gico, manipulador, del lenguaje, el hombre altera y falsifica la verdadera condición de las cosas y acontecimientos. A través de esto, ejerce una forma de violencia sobre los demás hombres y amengua su libertad de pensamiento y decisión» (p. 159).

[8] Cfr. Ibídem, p. 158.

[9] Cfr. Ibídem, p. 146.

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