El proceso jurídico de Cristo 11: Cristo o Barrabás

Barrabás

No sería el único, Jesús de Nazaret, quien debiera ser ajusticiado en Pascua; había uno más, conocido, muy conocido: “Barrabás era un bandido” (Jn 18, 40). Este último término, en griego, lestés, era el modelo para designar en Judea a los zelotes, “guerrilleros” o “terroristas” que luchaban contra la ocupación romana y por la liberación política de Israel (en términos criollos, un “Che” Guevara del momento). Blinzler da el matiz preciso y propone traducirlo por “agitador” e incluso “combatiente por la resistencia”, lo que implica claramente que era un preso político. Era alguien que había matado, pero no se trataba de un vulgar asesino, sino de un miembro de la resistencia que había ocasionado una muerte durante una insurrección o en un atentado. Mc 15,7: “Se hallaba en prisión uno llamado Barrabás, con otros sediciosos que en un motín habían cometido un homicidio”. Esto debió ser el “motín” al que ser refieren Marcos y Lucas.

San Mateo que escribe para los judíos dice que Barrabás era un “preso famoso”, alguien de quien los destinatarios habrían tenido que oír hablar; en cambio, Marcos que escribe para los cristianos de Roma, que nada sabían de ese líder, pone en griego: o legómenos Barabbás, “uno llamado Barrabás”.

Todo hace pensar que los dos ladrones crucificados junto a Jesús, debían formar parte del comando guerrillero de Barrabás, aunque esto no es seguro. En aquel grupo de destinados a la muerte –no había otra pena posible para los delitos que se le imputaba- Jesús había tomado de forma inesperada el lugar de su jefe, Barrabás.

El carácter político de Barrabás queda también confirmado por su nombre: Bar Abbas significa en arameo, Hijo del Padre. Se trata de un apelativo mesiánico, de una especie de nombre de guerra, muy similar al de los atribuidos a los jefes de las rebeliones contra los romanos que eran a la vez políticas y religiosas. También hay indicios de historicidad de que el supuesto bandido también se hubiese llamado Jesús. Según Orígenes, muchos manuscritos del evangelio contenían el nombre completo: Jesús Barrabás. Más tarde se habría procedido a una eliminación del nombre “Jesús”, que admite el propio Orígenes; pero todavía existen manuscritos fidedignos que lo contienen así. La versión ecuménica de la Biblia, en el original francés, dice: “A quién queréis que os suelte, a Jesús Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo”. (Mt 27,17). Posteriormente desaparece en las versiones testamentarias, posiblemente porque no creyeron conveniente los primeros cristianos que un bandido llevara el nombre de Jesús.

En cuanto a su carácter sedicioso, hay que tener en cuenta que el Sanedrín estaba compuesto mayoritariamente por saduceos que colaboraban con los ocupantes romanos siendo detestados por otros grupos, como por ej. los fariseos con más influencia sobre el pueblo. Como dice Flusser: “El único medio de evitar una revuelta era salvar al menos la vida de Barrabás, que, como luchador por la independencia, debía ser alguien muy querido por la multitud”. En el contexto de las expectativas de los judíos de la época, la figura mesiánica más creíble era la de Barrabás.

El pueblo aceptó la sustitución de Barrabás por Jesús porque sabía que aquello incomodaba a los odiados sanedritas, que seguramente se hubiesen sentido más satisfechos deshaciéndose también del agitador, siempre peligroso para su poder. Pero en este caso eligieron por el mal menor.

Tras la vuelta de Jesús del palacio de Herodes, Pilato debió reemprender el juicio, menos dispuesto que antes, pues creía menos en la culpa. Pero cometería el mismo error (¡cuánto puede el miedo a perder el cargo!), y en lugar de liberar al “galileo”, dará un nuevo rodeo del cual ya no podrá salir. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, era costumbre, que el pueblo pidiera la liberación de un prisionero. Este privilegio pascual era un símbolo adecuado de lo que significaba esta fiesta para los judíos. Aquella solemne celebración recordaba otra liberación, la del pueblo hebreo de Egipto. Louis Monloubou señala: “El privilegio aparece como algo completamente lógico. Era el modo de participación del gobernador romano en la festividad pascual, contribuyendo así a disminuir la tensión político-religiosa, que en aquellos días podía alcanzar niveles preocupantes, y asimismo era una versión de la costumbre romana de rendir homenaje a las divinidades de los pueblos sometidos”. Jean Pierre Lémonon reconoce el derecho de gracia concedida al pueblo con ocasión de la Pascua al decir que “era la ocasión para manifestar al mismo tiempo la fuerza del poder de Roma y su clemencia”.

La costumbre de liberar a un preso era aplicable sólo a los “presos políticos” y se había originado durante los años turbulentos de la guerra civil bajo los amorreos. El príncipe judío para calmar al pueblo que de Palestina y de la diáspora afluía a la ciudad en Pascua, daba la libertad a un preso político e indicaba con esta medida que debía reinar la concordia. Los amorreos estaban interesados en que viniesen todos los peregrinos posibles ya que eso era una gran fuente de ingresos en el templo. Al pasar el tiempo esta práctica quedó como un derecho del pueblo, por eso este uso estaba tan arraigado cuando los romanos conquistaron Palestina y lo conservaron como gesto para la masa.

Recordemos que el Derecho Romano conocía dos clases de amnistía: Una era la abolitio, que implicaba la liberación de un prisionero todavía no condenado y podía ser ordenada por un funcionario como el procurador de Judea que era considerado un funcionario de categoría inferior. Y la otra era la indulgentia, que era un indulto de uno ya condenado y sólo podía ser otorgada por el emperador, el Senado o altos funcionarios en aquellas provincias donde no existía delegación explícita de los dos órganos imperiales. Este no es el caso de Pilato que, como prefecto de Judea, era un gobernador de segunda categoría, dependiente del legado de Siria que estaba encargado de supervisar toda la zona de Medio Oriente. Lo que Pilato concedió entonces a Barrabás fue la excarcelación primera, abolitio, porque el evangelio habla de “prisionero” y no de condenado”.

Recordemos también que las leyes romanas concedían a los asistentes a determinados procesos un derecho de súplica, que recibía el nombre de acclamationes. Con el tradicional pragmatismo latino se ordenaba que, en caso de condena de un acusado, el juez debía ceder si era previsible que se produjera un motín popular.

Esto encaja perfectamente en la situación descripta por Mc 15,15: “Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás.” La tensión existente en Jerusalén durante la Pascua justificaba plenamente la existencia de las acclamationes y que Pilato cediera ante la multitud, como ya lo había hecho antes ante otra muchedumbre embravecida en el hipódromo de Cesarea.

Para consultar de forma directa los usos y costumbres judíos, acudamos de nuevo a la Mishná. Concretamente en el tratado llamado “Pesachim” podemos ver que estaba prevista la siguiente situación: “Un judío que se encuentra encarcelado en vísperas de la fiesta pascual ha de tener motivos fundados (aunque luego no se confirmen) para esperar que será puesto en libertad antes de la noche de Pascua para poder así comer el cordero”. Siguiendo a Blinzler, se puede llegar a la conclusión que la cárcel a la que se refiere la Mishná es la romana y está situada en Jerusalén y que la esperanza de la liberación esté relacionada con la intervención de personas amigas. Dice el estudioso alemán: “Un caso como estudiado, que es presentado en el tratado Pesachim juntamente con otros que se daban con frecuencia, debía ser algo normal hasta el punto de repetirse regularmente todos los años antes de la Pascua. Si tenemos en cuenta además de nuestros conocimientos, todo lo narrado por los evangelios y lo que puede deducirse de ellos, la situación resultante es perfectamente verosímil: Barrabás, encarcelado por los romanos en Jerusalén, espera su liberación antes de la noche de la Pascua, porque sabe que sus amigos la reclamarán en nombre de la amnistía pascual. Mas su liberación no es segura porque no depende únicamente de la petición de los amigos del preso sino también de la voluntad del procurador. Por tanto el privilegio mencionado en los evangelios aparece confirmado por este fragmento del Pesachim”.

Ahora bien, mientras Pilato tramitaba con los jerarcas, llegó la muchedumbre venida de los arrabales para hacer uso de su derecho de intercesión. Aquí entramos en una nueva fase del proceso donde comienza a intervenir la masa con un importante papel. Entonces Pilato vio una nueva oportunidad de liberar a Jesús ofreciendo su amnistía, con las irónicas palabras, al llamarlo su rey: “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?”.

Y la masa judía, que siempre estaba contra Roma, y si tenía que elegir entre la solución prestada por el procurador y la ofrecida por los sanedritas, no dudó en elegir a Barrabás. Los sumos sacerdotes contestaron sin demora al nuevo intento de evasión de Pilato, influyendo sobre el pueblo contra Jesús y a favor de Barrabás. La muchedumbre, sugestionada por los sanedritas, pidió a gritos la liberación del levantisco y, a partir de aquí, el número de los culpables de la muerte de Jesús se extendió desde la capa directoria judía al pueblo judío. Este radical enfrentamiento y cambio de opinión tuvo claramente su causa principal en el hecho de la condenación de Jesús por el tribunal judío, el corazón del pueblo estaba arraigado al respeto de la ley sagrada.

Pilato que al entregar a Barrabás habrá pensado que el pueblo e calmaría, preguntó retóricamente: ¿qué queréis, pues, que haga de este que llamáis Rey de los judíos?

– ¡¡Crucifícale!! – gritaron…

Otra vez el “galileo”, Pilato y la acusación.

La alta traición era castigada con la deportación a una isla o la muerte por las fieras en el circo, pero para los que no eran ciudadanos se les aplicaba la crucifixión. Roma era Roma y sabía que, toda pena, debía tener relación con el daño.

– “¿Qué mal ha hecho?” – preguntó Pilato al escuchar que el pueblo pedía la crucifixión.

¡Crucifícale! – fue la respuesta.

Mientras Pilato estaba sentado en la silla del juez y trataba con los judíos de la amnistía, recibió el mensaje de su mujer: “No te metas con este justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él” (Mt 27,19). Fue entonces cuando, pidiendo un poco de agua y en un gesto completamente ritual “viendo que nada conseguía, se lavó las manos, y dijo: Yo soy inocente de esta sangre”, a lo que respondieron “caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

Mt 27,25: “y todo el pueblo judío”, pidió la crucifixión, dice San Mateo que escribe para cristianos judíos, a quienes quiere mostrar la culpabilidad del caso.

Debemos tener en cuenta que Pilato llevaba en Judea por lo menos cuatro años y que alguna de las costumbres de aquel pueblo había adoptado. El lavatorio de manos era una costumbre judía; Pilato se acomodó a este uso para hacerse entender sin excepción por todos los judíos que en su mayor parte no entendían sus palabras griegas (Pilato hablaba koiné como extranjero que era en Judea). Ni tampoco debemos olvidar que aquel símbolo (por lo demás bastante claro y expresivo) era conocido no sólo por los griegos –es mencionado por Herodoto- sino también por los latinos, hasta el punto de figurar en el poema épico nacional romano, La Eneida de Virgilio.

 

 

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