Feminismo medieval, cinturón de castidad y derecho de pernada (2-3)

-La-femme-au-temps-des-cathedrales- (1)La libertad de las hijas de Dios

Como venimos viendo, el papel de la mujer en tiempos de las catedrales estaba completamente ligado a la función y dignidad que Dios le había dado en el principio de los tiempos: «carne de su carne y hueso de sus huesos» (Gén 2,23), igualmente hija y, por tanto, igualmente digna y, por más que sus fuerzas físicas no fuesen las del hombre, no por ello su vigor moral era acallado.

Para mostrar el valor de la palabra femenina, vale la pena recordar aquí a la que se conoció con el nombre de «la sibila del Rhin», Santa Hildegarda de Bingen, quien estuvo de paso por este mundo entre 1098 y 1179: profetisa, artista, música, médica, nutricionista, exorcista, escritora, reformadora, predicadora, criticadora… Poco tiempo atrás, el entonces papa Benedicto XVI la nombró «doctora de la Iglesia», destacando en ella su actitud en «el diálogo de la Iglesia y de la teología con la cultura, la ciencia y el arte contemporáneo (…); la valorización de la liturgia, como celebración de la vida; la idea de reforma de la Iglesia, no como estéril modificación de las estructuras», mientras agregaba que «la atribución del título de Doctor de la Iglesia universal a Hildegarda de Bingen tiene un gran significado para el mundo de hoy».

¿Qué fue lo que planteó la santa benedictina? Principalmente se ocupó Hildegarda del saneamiento de una Iglesia que se hallaba en problemas respecto de sus integrantes, de una barca que, al decir de la Virgen de Fátima, se hallaba «en medio de ruinas» y que hacía «agua por todos lados», al decir de Ratzinger. Como vemos, la Iglesia siempre tuvo sus problemas. Pero ¿qué sucedía? El siglo de Santa Hildegarda (siglo XII) era una época en la que aún se vivían los coletazos de las invasiones de los bárbaros en Europa; la simonía y el amancebamiento de sacerdotes era moneda común (como vimos más arriba con la reforma planteada por el monje Roberto). Pero en aquellos tiempos la cosa era distinta, pues al pecado se le llamaba pecado y a la virtud virtud. Todos conocían que hasta los más grandes, como el rey David, podían pecar; y pecar fuertemente; pero esa caída era reconocida y su confesión era clara el «sí, sí, no, no» evangélico. Errar era humano.

Como decíamos, muchos sacerdotes no vivían bien sus obligaciones respecto de la castidad, pero esto no los hacía criticar a la mujer ni mucho menos, pedir la abolición del celibato; ¡al contrario! Sabedores de sus culpas, hasta pedían la absolución y la pena por sus caídas.

No viene al caso aquí narrar la vida de la gran Santa[1]; sólo diremos que a la santa alemana, no sólo se le permitía hasta predicar en las catedrales, sino que hasta los mismos sacerdotes y obispos, conocedores de la vida de santidad y de la profundidad de su pensamiento, le pedían ellos mismos que les predicase sobre la hermosa virtud de la pureza, como se lee:

Vosotros —les enrostraba en un sermón Hildegarda— ya os habéis fatigado bus­cando cualquier transitoria reputación en el mundo, de manera que a veces sois caballeros, a veces siervos, otras sois ridículos trovadores (…). Deberíais ser los ángulos de la fortaleza de la Iglesia, sustentándola como los ángulos que sos­tienen los confines de la tierra. Pero vosotros habéis caído bajo y no defendéis a la Iglesia, sino que huís hacia la cueva de vuestro propio deseo[2].

En el año 1122, por ejemplo, luego de varias idas y vueltas, se logró llegar al Concordato de Worms, con el que se dio fin a la famosa «querella de las investiduras» (disputa de poderes entre la Iglesia y el Imperio en sus respectivos gobiernos). La Iglesia, por este tratado, se independizaba del imperio para poder ser libre del poder mundano. Pero no todos estaban de acuerdo; había obispos y papas que preferían el aplauso del mundo a la persecución.

La reformadora Hildegarda, movida por la «voz viviente» (como le llamaba a la voz que la acompañaba desde niña) sin transar con poder alguno, se animaba a corregir tanto a emperadores como papas. No tenía empacho ni siquiera para decirle al mismo Federico Barbarroja, asolador de conventos y villas, y —a la vez— benefactor de su propio monasterio, las siguientes palabras:

         Oh Rey, es muy necesario que en tus asuntos seas cuidadoso (…) yo te veo como un niño, y como quien vive de manera insensata y violenta ante los Ojos Vivientes, en medio de muchísimos trastornos y contrariedades (…). Ten cuidado entonces que el Soberano Rey no te derribe a tierra a causa de la ceguera de tus ojos, que no ven cómo usar rectamente el cetro del reino que tienes en tu mano”[3] —y hablando en nombre de Dios agregábale — «oye esto, rey, si quieres vivir; de otra manera, Mi espada te golpeará»[4].

Al mismo Papa reinante, Anastasio IV, quien había permitido la ordenación episcopal de un obispo «oficialista», es decir, nombrado por el emperador, Santa Hildegarda le dijo públicamente:

¿Por qué no rescatas a los náufragos que no pueden emerger de sus grandes dificultades a no ser que reciban ayuda? ¿Y por qué no cortas la raíz del mal que sofoca las hierbas buenas y útiles, las que tienen un gusto dulce y suavísimo aroma? (…) ¿Por­ qué soportas las malvadas costumbres de esos hombres que viven en las tinieblas de la estupidez, reuniendo y atesorando para sí todo lo que es nocivo y perjudicial, como la gallina que grita de noche aterrorizándose a sí misma? No erradicas el mal que desea sofocar al bien sino que permites que el mal se eleve soberbio, y lo haces porque temes (…). Tú, oh hombre que te sientas en la cátedra suprema, despre­cias a Dios cuando abrazas el mal; al que en verdad no rechazas sino que te besas con él cuando lo mantienes bajo silencio —y lo soportas— en los hombres malvados[5].

La voz de Santa Hildegarda, como la de toda mujer se hacía oír ¡y vaya si gritaba!

Pero no ha sido la santa abadesa de Bingen la única de entre las mujeres que obró como el aguijón socrático para despertar al mundo cristiano; si la hemos elegido ha sido sólo para reivindicar su memoria. Hubo también casos paradigmáticos a su lado.

¿Cómo olvidar a Santa Catalina de Siena, aquella hermosa virgen que hizo rodar la Cristiandad en el siglo XIV haciendo que el Papa volviese a Roma, luego de setenta años de destierro en Avignon? Siendo joven, laica y analfabeta, el mismo Dios le había pedido virilidad: «Sé viril y enfréntate valientemente con todas las cosas que de aquí en adelante mi Providencia te presentará»[6].

Exhortaba públicamente a las autoridades políticas y religiosas sin ser por ello reprendida. Quien desee dar un breve recorrido por su correspondencia verá cuán lejos estaba la mujer de una sumisión servil e irracional respecto del hombre.

Eran tiempos en que, por haberse separado el Papa de Roma, en Europa existían dos o tres facciones (franceses, italianos y españoles) de cardenales que, apoyando a sus distintos candidatos creían tener todos sus propios Sumos Pontífices. Catalina tenía por misión divina terminar con este dilema que tanto daño hacía a la Iglesia, por lo que, sin complejos, hacía escribir palabras durísimas para finalizar con el altercado.

A tres cardenales italianos que se habían separado de Urbano VI, el Papa legítimo, les escribía: «¿Cuál es la causa de dicho apartamiento? El veneno del amor propio, que ha envenenado al mundo. Aquel amor es lo que a vosotros, columnas, os ha vuelto peor que paja. No flores que exhalan olor, sino hedor». A un obispo de Florencia le dirá que el drama de la Iglesia se debe a que muchos obispos aman con amor mercenario, se aman a sí mismos y por sí mismos, y si aman a Dios y al prójimo, es por amor a sí. A un sacerdote de las cercanías de Siena le dirá: «Mucho me extraña que un hombre de vuestra condición pueda vivir lleno de odio. Dios os ha apartado del siglo y os ha hecho ángel en la tierra en virtud del sacramento, y hete aquí que adoptáis de nuevo las costumbres del mundo. No comprendo cómo os atrevéis a celebrar misa»[7].

Las cartas al Papa son del todo llamativas. Santa Catalina amaba profundamente el papado, como era, una fiel hija de la Iglesia, pero no por ello dejaba de decir la verdad, tal como Dios se lo mandaba. Tanto lo amaba que llegaba a decir en sus oraciones, hablándole a Dios: «Si es tu voluntad, tritura mis huesos y mis tuétanos por tu vicario en la tierra, único esposo de tu Esposa». Sabía que, como le decía a cierto noble que se había rebelado contra el Santo Padre, que «aún cuando el Papa fuese un demonio encarnado, no debería levantar la cabeza contra él, sino inclinarme ante su autoridad y pedirle esa Sangre de la que no puedo participar de otro modo»[8].

Pero todo ello no le impedía reprenderlo con una verdadera libertad de espíritu cuando el Santo Padre obraba según el mundo y no según Dios.

Gregorio XI era un Papa débil y demasiado inclinado a su familia. A él le escribe:

Mi dulcísimo Padre —dolcissimo Babbo mio—, no debemos ocuparnos de los amigos, de los parientes, de los intereses temporales, sino únicamente de la virtud, del acrecentamiento de los intereses espirituales… Si hasta hoy no habéis sido bastante enérgico, os pido y quiero en verdad que en lo sucesivo obréis virilmente y sigáis con valentía a Cristo, de quien sois Vicario. No temáis, Padre, las borrascas que os amenazan.

Poco antes le había dicho:

Deseo veros cual portero viril y sin ningún temor. Portero sois de las bodas de Dios, esto es, de la sangre del unigénito Hijo suyo, cuyas veces hacéis en la tierra; y por otras manos no se puede tener la sangre de Cristo sino por las vuestras[9].

Como bien señala el padre Sáenz, «en nuestros días, el lenguaje de la Santa sería difícilmente acogido en las curias, aun cuando estuviese dictado por intenciones igualmente buenas. Aquellos tiempos, contra lo que se piensa, eran infinitamente más libres que los nuestros»[10].

Cabría también aquí nombrar a otras mujeres, dignas exponentes de su época que, sin enarbolar una supuesta «igualdad de género» marcaron una época; allí se encuentran Blanca de Castilla, Santa Juana de Arco o Isabel la Católica, entre otras. Si hasta la misma literatura de la época ensalza el espíritu viril y libre de la mujer, como en la inmortal Fuenteovejuna donde, al tomar la palabra la joven Laurencia, ultrajada por el comendador ante la impavidez de los varones del pueblo, les dice:

Liebres cobardes nacisteis;
bárbaros sois, no españoles.
Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
Poneos ruecas en la cinta.
¿Para qué os ceñís estoques?

¡Vive Dios, que he de trazar

que solas mujeres cobren

la honra de estos tiranos,

la sangre de estos traidores,

y que os han de tirar piedras,

hilanderas, maricones,

amujerados, cobardes,

Y yo me huelgo, medio-hombres,

porque quede sin mujeres

esta villa honrada, y torne

aquel siglo de amazonas,

eterno espanto del orbe[11].

La literatura es fiel testigo del firme rol de la mujer, como también lo muestra el siguiente romance español titulado «Romance de la doncella guerrera»[12]:

En Sevilla un sevillano

la desgracia le dio Dios
de siete hijas que tuvo

ninguna le fue varón.
Un día a la más pequeña

le llegó la inclinación
de ir a servir al rey

vestidita de varón.
No vayas hija no vayas

que te van a conocer
tienes el pelo muy largo

y verán que eres mujer.

Si tengo el pelo muy largo

madre me lo corta usted
y después de bien cortado

un varón pareceré.
Siete años peleando

y nadie la conoció

montadita en su caballo

la espada se le cayó.

 

¡Maldita sea la espada

y maldita sea yo!

Y el rey que la estaba oyendo,

de ella se enamoró.

            La mujer, como vemos, estaba lejos de ser una Cenicienta en un mundo hecho para los hombres. Pero pasemos ahora a algunos mitos creados contra ella.

(continuará)


 

[1] De obligada lectura entre nosotros es el hermoso libro de Azucena Fraboschi, Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia, Mino y Dávila, Buenos Aires 2012, pp. 287, a quien seguimos para las citas de la santa doctoral.

[2] Santa Hildegarda de Bingen, Carta 15 al deán de Colonia Felipe de Heinsberg, año 1163.

[3] Santa Hildegarda de Bingen, Carta 313, al rey Federico, años 1152-53.

[4] Santa Hildegarda de Bingen. Carta 315, al rey Federico, años1164 (?), 1152-59 (?).

[5] Santa Hildegarda de Bingen, Carta 8, al papa Anastasio, años 1153-54.

[6] Alfredo Sáenz, El pendón y la aureola, Gladius, Buenos Aires 2002, 78.

[7] Ibídem, 87.

[8] Ibídem, 88.

[9] Ibídem, 89.

[10] Ibídem, 90.

[11] Lope de Vega, Fuenteovejuna, Acto III.

[12] Como éste, también se encuentran otros en la literatura española donde se exalta la independencia y el vigor de la mujer. Véase también, por ejemplo, el «Romance de la condesita» o el «Romance de Catalina».

One Comment

  1. He leido varios libros de Regine Pernoud . No creo que sea ” silenciada “.Y es referencia principal y obligada paro los que se interessan a la Historia Medieval…

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