Explicando la Misa tradicional: desde la consagración hasta el final

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1. Desde el Sanctus hasta el hanc igitur

Venimos viendo la Santa misa según la celebración del “modo extraordinario”. No se trata de una explicación exhaustiva, sino sólo de una breve introducción, según nos lo van permitiendo esta serie de sermones.

La misa pasada habíamos llegado hasta la triple invocación del Sanctus, esa triple invocación que el sacerdote realiza a la Santísima Trinidad en su conjunto y a la Segunda Persona que asumió una naturaleza humana, el Bendito de Dios: “benedictus qui venit” decimos. Con estas palabras comienza el canon de la Misa, palabra proveniente del griego que significa “regla” o “norma”.

El Sanctus preanuncia la parte más importante del Sacrificio, la parte en la cual los fieles se disponen al misterio de la Transustanciación, de allí que el monaguillo toque las campanas para avisar al pueblo fiel y que todos se pongan de rodillas ante tan magno misterio.

A lo largo del canon se recitarán las oraciones en las cuales la Iglesia militante se unirá a la triunfante y a la purgante, como en un solo cuerpo.

Es por ello que, respecto de la Iglesia militante se comienza pidiendo por el Santo Padre, el obispo local y todos los obispos que, siguiendo la recta doctrina, profesan la fe católica y apostólica. Al mismo tiempo, se pide también por los fieles cristianos, tanto por los presentes como por los ausentes, que desean ofrecerse junto con al Señor en la Cruz.

En cuanto a la Iglesia triunfante se declara estar en comunión con la Iglesia del cielo, aquella que ha llegado a la Patria celestial, de allí que se nombre a la Virgen María y a los santos, solicitándoles su intercesión por nosotros frente al misterio que estamos presenciando. Son a ellos, a los que ya se encuentran frente al Cordero Pascual, disfrutando de aquél Valle de alegrías eternas, a quienes les pedimos una oración intercesora.

Luego de hacer memoria de la Iglesia triunfante, el sacerdote dirá “hanc igitur” mentras el monaguillo hará sonar nuevamente sus campanillas. Estas palabras introducen toda una oración de intercesión que desea mostrar el carácter sacrificatorio de la Consagración. Es un gesto introducido por San Pío V en el siglo XVI, ante la negación de la Misa como un sacrificio por parte de los protestantes.

El gesto de imponer las manos sobre las ofrendas es claramente de origen veterotestamentario (cfr. Lev 8,14-18), donde se lee que Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero, lo degollaron y Moisés derramó la sangre y quemó el cuerpo sobre él realizando un holocausto de olor suavísimo para el Señor.

Tiene también un precioso significado: la imposición de las manos sobre las víctimas destinadas a la inmolación implicaba que el mismo oferente se hacía uno con la víctima inmolada. En este caso, el sacerdote válidamente ordenado y con él, los fieles, intentamos ofrecernos en el Calvario de Nuestro Señor, recordando aquello que nos enseñara: “quien quiera venir en pos de mí, que cargue su cruz cada día y me siga” (Mc 8,34).

2. Desde la consagración hasta el Pater noster 

El sacrificio del Cenáculo y el del Calvario son esencialmente uno solo. Lo que Cristo preanunció y mandó realizar el Jueves Santo, lo realizaría cruentamente al día siguiente. Nos encontramos frente al prodigio más grande que toda la creación: un Dios humanado que quiso hacer morada entre nosotros.

El milagro del cambio del pan al Cuerpo y del vino a la Sangre se llamará con una palabra muy precisa: “transustanciación” que quiere decir, cambio de sustancia, paso de una cosa a otra. Luego de las palabras consagratorias, veremos pan, sentiremos vino, tocaremos migas, pero no habrá más que eso: los accidentes; en este milagro cambiará la sustancia pero permanecerán los accidentes, como suspendidos o asumidos por el único Ser Divino.

Y en primer lugar vendrá la consagración del Cuerpo:

El sacerdote, ahora in persona Christi, es decir, en “la persona de Cristo”, le prestará sus labios, sus manos, su voz, su propio ser, para permitir que Dios obre este prodigio por su intermedio. Y no importará aquí si este sacerdote es el mejor o el peor del mundo. No importará si es fiel o no a su ministerio; no importará si es santo o pecador. Siempre y cuando diga las palabras de la consagración con la intención de consagrar, allí bajará desde el Cielo el Señor, como obligado por su propia promesa. Es verdad que, cuanto más devoto sea el oferente, más fructífero será el sacrificio; sin embargo, Dios quiso obligarse a bajar a las manos de un pobre pecador como es el mismo sacerdote.

Esas manos, que fueron ungidas por el obispo el día de su ordenación, tomarán suavemente el pan y, luego de limpiarse los dedos sobre el corporal, pronunciará las palabras milagrosas, lenta y devotamente…; será un momento de intimidad, de allí que se apoye sobre el altar para conversar con Esposo de su alma, hablándole cara a cara.

Las campanas señalarán el momento del gran milagro, primero una vez y, al momento de la elevación, tres veces, mostrando que allí está el Dios que es Uno y que es Trino.

Y desde entonces, por la dignidad de este sacramento, no separará más estos dedos hasta el final, por respeto y cuidado de que, quizás, alguna pequeña partícula del Cuerpo del Señor, haya quedado entre ellos. ¡Cuánto cuidado de la Sagrada Comunión tiene la Iglesia que no quiere que se pierda ni una sola de las partículas de Nuestro Señor! ¡Con cuánto respeto debemos tratar a la Eucaristía, venerándola y haciéndola venerar en los lugares sagrados!

Consagrado el Cuerpo, hará lo mismo con la Sangre, siguiendo el mandato del Señor, para adorarlo nuevamente y mostrarlo al pueblo fiel.

El monaguillo, en un gesto que puede ser hasta simbólico, tomará la casulla cada vez que eleve las Sagradas Formas, uniendo así al pueblo fiel con Dios, por medio del sacerdote y como aferrándolo a la tierra.

Terminada la inmolación de la Víctima continuarán las oraciones que intentarán mostrar ese deseo de unirse a Cristo-víctima, prefigurado en el Antiguo Testamento por el justo Abel, el obediente Abraham y el pío Melquisedec.

Pero, como decíamos antes, no sólo por la Iglesia militante y la triunfante se reza en el canon, sino también por la purgante, es decir, por aquellos cristianos difuntos que aún no han llegado a la contemplación de Dios. Es el momento del recuerdo o memento de los difuntos, donde se rezará por su pronta liberación. ¡Cuánta falta nos hace rezar, dentro de la Misa y fuera de ella por nuestros difuntos! Son ellos los que ya no pueden merecer por sí mismos, pero esperan nuestras oraciones y sacrificios para poder aliviar sus penas.

Luego de rezar por la Iglesia purgante, el sacerdote dirá en voz alta, una vez más, esta frase: “nobis quoque peccatóribus” que quiere decir, “también por nosotros, pecadores”, en la que pide por él, reconociéndose indigno del misterio que está celebrando.

Por último, elevará la Hostia con el Cáliz con el objeto de presentar, simultáneamente, el Cuerpo y la Sangre de Cristo; es aquí donde podemos recordar aquellas palabras del Señor: “cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). ¿Quién no se sentirá atraído por el Señor, si comprende lo que está pasando en la Misa? ¿Quién vivirá como si nada hubiese pasado o como si simplemente estuviésemos frente a un ritualismo inútil?

Las oraciones previas a la comunión, están encaminadas a conseguir la paz; pero no la paz del mundo, sino eso que San Agustín llamaba “la tranquilidad en el orden”; esa tranquilidad que sólo Dios puede dar al alma por obrar según Él. Y, como un resumen de lo que debemos pedir, se rezará el Pater noster porque en esta oración se resume no sólo qué debemos pedir, sino cómo debemos hacerlo.

3. Desde la fracción del Corpus hasta el final

 

Y vendrá la fracción del pan: luego de rezar la oración que Nuestro Señor nos enseñó, el sacerdote romperá el Cuerpo de Cristo en dos partes, conteniendo allí un profundo significado: por un lado, expresará la muerte del Señor en la Cruz, mientras que por otro, la división de su Cuerpo que se da como alimento a los que estamos aún peregrinando.

Fraccionado en dos partes, aún se partirá una tercera para mezclarla con la Sangre, simbolizando en esa unión la Resurrección del Señor. La Sangre que se había separado del Cuerpo en la Pasión, vuelve ahora a unirse en la Santa Misa. ¡Porque es un Dios vivo!

Luego de la fracción del Pan eucarístico el sacerdote recitará junto con el pueblo el Agnus Dei, señalando que sólo Cristo es el único que tiene el poder para reconciliarnos con el Padre. Como San Juan Bautista dirá, “he aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo”, al tiempo en que, el monaguillo, tocará las campanas para llamar nuestra atención. Y pedirá no sólo que tenga misericordia de nosotros (“miserere nobis”, decimos), sino que nos dé la paz; esa paz que muchas veces nos falta aquí en la tierra pero que gozan los bienaventurados en el Cielo.

Y dirá, como el centurión del Evangelio, golpeándose el pecho antes de comulgar: “Domine non sum dignus”, es decir, “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di sólo una palabra y bastará para sanarme”. De esta manera, es como proclamamos nuestra indignidad para acercarnos a este misterio. Y comulgaremos de rodillas, venerando este prodigio en el que Dios se hace hombre y se deja comer por nosotros.

Con cuanta mayor devoción se comulgue y con cuanta mayor disposición se tenga, mayor santidad nos comunicará esa participación en el Santísimo Sacramento.

Vendrán luego la oración de la comunión, la post-comunión y el “Ite missa est”, “la misa ha terminado, podéis ir”, donde se nos enviará nuevamente a ser sal de la tierra, luz del mundo y alma del mundo, dándole vida con nuestras vidas, para terminar con el prólogo al Evangelio según San Juan, que es un compendio de la historia de la salvación que resume en una mirada de águila, lo que Dios ha hecho por nosotros, dejándonos un interrogante: ¿qué haremos nosotros por Él?

 

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He aquí una breve explicación acerca de nuestra Misa; ese tesoro escondido que, muchas veces, permanece oculto sin que podamos descubrir su riqueza.

Pidamos en cada Santo Sacrificio que podamos vivirlo como si fuese el primero, el único y el último de nuestras vidas.

P. Javier Olivera Ravasi

PD: una muy buena explicación acerca de la Misa tradicional, puede verse en este vídeo.

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