España al confesionario: la Controversia de Valladolid (5-6)

d ¿Se justifica el sometimiento de los indios para “salvar a los numerosos inocentes que esos bárbaros inmolan”?

 

Las Casas debería haber sido abogado; sus intervenciones, para quien desee leerlas, así lo indican. “Niego el hecho de que existan tantas inmolaciones”, pudo haber expresado, casi como encontrándose ante un pliego de absolución de posiciones; despejaba rápidamente las cuestiones urticantes, negaba el todo o simplemente cambiaba de tema. Sin embargo, viéndose como acorralado respecto de los sacrificios humanos y las inmolaciones practicadas, debió decir algo…; y ese algo fue determinante, pues, lejos de abominarlos, alegó que dichos sacrificios expresaban la “profunda religiosidad” de los indios que, como tal, debía ser respetada… Sí; así como se lee: era la religión de ellos y había que tolerarla. Como vemos, el aggiornamento teológico no es algo nuevo…

Sepúlveda, sin chistar, obvió el exabrupto y apeló a la opinión jurídica reinante por entonces que consagraba el “derecho de injerencia” sobre otros pueblos cuando la vida de terceros inocentes estaba en juego. El párrafo de Dumont es tan extenso como claro:

“El historiógrafo imperial no necesita forzar su talento para resaltar el horror de los sacrificios humanos y de la antropofagia ritual practicados especialmente por los aztecas y los mayas. Entre los aztecas, los sacrificios humanos se repetían varias veces en cada uno de sus dieciocho cortos meses, según una abominable variedad: públicos, privados y por iniciativa de las familias. Había sacrificios de niños a los que se llevaba en nutridos grupos a las montañas a fin de arrancarles el corazón, todavía palpitante, para obtener los favores del dios de la lluvia. Si los niños lloraban, esto se interpretaba como un anuncio de lluvia. Con la sangre de estos niños, recogida en el lugar del sacrificio y mezclada con toda clase de semillas molidas, se fabricaban las imágenes del dios Huitzilopochtli, dios de la guerra y, por consiguiente, de la sangre. Había sacrificios de jóvenes, criados al efecto como se ceba a los animales antes de matarlos, a los cuales se les arrancaba el corazón palpitante en lo alto de los templos en pirámide. Después eran arrojados gradas abajo hasta la base, y allí les cortaban la cabeza, que era empalada en tanto que despedazaban y comían su cuerpo. Si verdaderamente se celebraba una gran fiesta, punzaban profundamente las orejas y la lengua, o los brazos y el pecho de otros jóvenes hasta obtener una gran cantidad de sangre con la cual se rociaba a los ídolos.

Había, ofrecidos al dios Sol, sacrificios multitudinarios de prisioneros, a los cuales se les arrancaba de igual forma el corazón en lo alto de los templos pirámides. El sacrificador ofrecía sus corazones al sol, se los entregaba después a los sacerdotes más ancianos, que se los comían, y la sangre recogida era entregada a los dueños de los prisioneros. Los cuerpos, arrojados también hasta la base de la pirámide, eran despedazados por otros sacrificadores que entregaban toda esta carnicería a los propietarios, quienes en compañía de sus parientes y amigos los cocían con la sangre recogida y los comían en «regocijados banquetes». Pero la fiesta no terminaba ahí: antes de que los cuerpos hubiesen sido despedazados se les había despellejado entera y cuidadosamente, a fin de que sus pieles sirvieran para vestir a los que iban a combatir en un torneo igualmente «regocijado» que ponía fin a las diversiones del resto de los asistentes. Quedaba todavía otro torneo, éste a muerte: se atravesaba a estocadas a otros prisioneros, atados cada uno de ellos a una larga cuerda que salía del ojo de una especie de muela y que les proporcionaba la ilusión de poder escapar a los golpes de los cuatro sacrificadores encargados de acabar con cada uno de ellos.

Había, para terminar, otra variedad muy adecuada para evitar la monotonía de estos sacrificios casi diarios: los sacrificios al dios del fuego. En este caso se cubría a los prisioneros de un polvo adormecedor de marihuana que les hacía perder el conocimiento y, atados de pies y manos, se les colocaba en lo alto de un montón de brasas ardientes. Allí se asaban un buen rato sin resistirse, ya que estaban amodorrados. Después, con ayuda de grandes garfios, se les retiraba antes de que estuvieran completamente muertos para precipitarlos sobre una piedra de sacrificio donde les arrancaban el corazón todavía palpitante, como era norma en todos los sacrificios. Gracias a lo cual era posible comer sus cuerpos asados en la barbacoa, feliz variante de los habituales ragoüts de sangre. Los sacerdotes sacrificadores, que los españoles denominaron «sátrapas», no se lavaban nunca, y conservaban visiblemente empapadas de sangre sus largas cabelleras, que atraían hacia ellos permanentes enjambres de moscas y esparcían en torno a ellos el olor espantoso que les caracterizaba. Como caracterizaba también a los ídolos, templos y piedras de sacrificio, igualmente untados de sangre, a los cuales envolvían, dicen los primeros conquistadores que fueron testigos, «millones de moscas zumbadoras».

Para abastecer esta permanente carnicería de hombres, los aztecas necesitaban una cantidad permanentemente renovada de niños, jóvenes y prisioneros a los que engordaban para los sacrificios en grandes jaulas de troncos, «muy comunes en estas tierras», como constataron también los primeros conquistadores. En cuanto a los primeros, los obtenían por medio de un sistema de esclavitud específica que les proporcionaba víctimas de su propia población o de los pueblos sometidos, como eran los cempoaltecas. Obtenían los últimos por guerras específicas que hacían regularmente a los pueblos vecinos no sometidos. Estas recibían el «alegre» nombre de guerras floridas y tenían el objetivo de proporcionar el máximo de prisioneros para el sacrificio. Estas puntualizaciones, como la descripción de los sacrificios, no permiten acusar de exagerado a Sepúlveda. Las encontramos tanto en Motolinía como en Las Casas. También en las descripciones hechas por los antiguos aztecas, con ilustraciones pictóricas, recogidas por el gran etnógrafo Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España, de 1577 a 1582, testimonio de gran autoridad. Este etnógrafo concluye con esta frase su autorizada descripción: «No creo que pueda existir un corazón tan duro que, enterado de una crueldad tan inhumana, no se enternezca y rompa a llorar, horrorizado y espantado».

Tampoco es posible tachar a Sepúlveda de exagerado cuando, durante la Controversia, plantea a Las Casas esta objeción: «Cada año eran sacrificadas [así] más de veinte mil personas». En efecto, el manuscrito azteca conocido como Codex Tellerianus Remensis señala por su parte que, en 1487, sólo la inauguración del gran templo azteca de México (donde había una infinidad de ellos) costó la vida a veinte mil sacrificados. Y Jacques Soustelle, especialista francés en la civilización azteca, habla, a propósito de estos sacrificios, de permanente «hecatombe» entre los aztecas. Escribe: «Podemos preguntarnos, adonde les habría conducido esto si los españoles no hubiesen llegado. […] La hecatombe era tal que habría terminado por amenazar el equilibrio demográfico y, sin duda, habrían tenido que interrumpir el holocausto para no desaparecer». El «holocausto»: todo está dicho con esta palabra que el prudente Sepúlveda ni siquiera ha pronunciado.

La civilización maya practicaba los mismos sacrificios sistemáticos. Añadía a ellos, además, el ahogamiento en grandes pozos reservados al efecto y la decapitación, y por sí misma había desaparecido en gran parte cuando los españoles llegaron al Yucatán. En lo que de ella subsistía, los sacrificios continuaron, de modo que llegaron a practicarse clandestinamente hasta 1560, como revelará un célebre proceso. Probablemente ocurrió lo mismo en el México azteca, a juzgar por la inquietud del experto Sahagún, quien en 1580 aproximadamente, escribió para concluir su Calendario mexicano. «Las prácticas de idolatría brotan de nuevo y pululan en cuevas secretas».

Por lo tanto es injusto que para minimizar la intervención de Sepúlveda en este tema durante la Controversia, escriba Marianne Mahn-Lot: «En el momento de la Controversia, la cuestión de los sacrificios humanos, en la práctica ya no se planteaba». Hasta tal punto seguía planteada en América que los franciscanos y los jesuitas la vuelven a encontrar, agudizada, en los guaraníes de sus reducciones del Paraguay en torno a 1600. Los religiosos de todas las órdenes, lo mismo que las autoridades españolas, tendrán que enfrentarse con este problema hacia 1570 en el Perú inca: hemos mostrado la persistencia de la práctica de sacrificar a personas enterrándolas vivas en las tumbas. En el mismo Perú incaico eran notorios, según los testimonios de Guarnan, Garcilaso y Cieza de León, otros tipos de sacrificios humanos, acompañados de antropofagia. Y lo mismo ocurría de Nicaragua al Ecuador, entre los chibchas. Y también en la zona francesa de América, en Canadá, donde los mártires jesuitas, allá por 1640, serán «torturados», «despedazados y comidos» con ocasión de «ritos diabólicos» y de «fiestas caníbales- de los hurones y de los iraqueses. Los sacrificios humanos y/o la antropofagia ritual eran una acusada característica india, de barbarie sumamente atávica y casi general”[1].

 

El párrafo es contundente; decir que deben tolerarse las prácticas inhumanas y contra terceros, equivale a decir hoy que debe legalizarse sin más la pedofilia, la violación o la eutanasia infantil, en razón del principio universal de la tolerancia.

Las Casas estaba metido en un nuevo breve e intentaría no sólo minimizar el número de los sacrificios, sino -alegando ad hominem– acusar a los españoles realizar verdaderos sacrificios contra los indios:

“No es verdad –arremetía- que en la Nueva España se sacrificaban veinte mil personas, ni ciento, ni cincuenta cada año. Porque, si esto fuera, no halláramos tan infinitas gentes como hallamos”[2].

Y, apelando a la falacia ad misericordiam contra Sepúlveda dirá que a él: “no le lastima el alma, y se le rasgan las entrañas, y quiebra el corazón’ por los ‘millones de ánimas que han perecido (…) sin fe y sin sacramentos’”[3].

De nada valía decir que muchos de los conquistadores, desde un principio, habían sido ayudados por los pueblos enemigos de los subyugadores; de nada recordar que la conquista de Cortés no hubiera podido ser sin la ayuda de los enemigos del imperio azteca, asqueados del despotismo y del imperialismo tiránico. De nada servía que muchos de los mismos indios hubieran llevado a los misioneros sus propios ídolos para que fuesen destruidos. Para Las Casas todo eran “matanzas”, “saqueos”, “violaciones”, etc.

Las Casas insistía con la justificación de los sacrificios humanos argumentando que, de este modo, los indios “estaban dando culto al Dios verdadero…”:

Todo pagano, aunque confuso, tiene un cierto conocimiento de Dios, y si considera a su Dios como verdadero, es natural que le ofrezca lo que más tiene en valor, es decir: la vida de los hombres (…). Todo hombre es deudor a Dios de todo cuanto posee, por lo cual está obligado a ofrecerle lo que considera más precioso, esto es su propia vida (…). Puesto que los idólatras estiman que sus ídolos son el Dios verdadero, su creencia se dirige de hecho hacia el verdadero Dios (…). El legislador, en caso de gran necesidad de toda la república [como, en el reino de los Aztecas, la necesidad de la lluvia] puede y debe, con su precepto, obligar a algunos del pueblo a que sean inmolados para ser ofrecidos en sacrificio (…); pues todo legislador (…) puede obligar a sus súbditos a hacer o sufrir aquello que conviene al bienestar y salvación de toda la república”[4].

 

Así de claro. Así de simple; lo mismo dirá, quinientos años después, el jesuita Karl Rahner al plantear que en todo hombre hay un “cristiano anónimo”, de allí que no haga falta evangelizar.

Si hace falta sacrificar a un niño para que venga la lluvia, ¡se sacrifica! Y todo da gloria al Dios verdadero.

Como podemos imaginar, su defensa no fue muy bienvenida por el jurado…

e. ¿Se justifica la protección militar de los religiosos para que puedan evangelizar?”

Uno de los últimos puntos planteados en la Controversia sería el modo de evangelizar. Como veíamos más arriba, nadie discutía el derecho (e incluso la obligación) que todo cristiano tiene de llevar a Cristo a esas almas aún ignorantes de Dios.

Desde que Fray Bernardo de Boil, el primer sacerdote que celebró Misa en Indias, había llegado por estos lares, los misioneros no cesaron de hacer su ingente labor, custodiados por el brazo secular. Sí, custodiados, pues éste era el método a seguir: evangelización con custodia. Así lo había mostrado la experiencia pues lo contrario, implicaba un verdadero suicidio (lo mismo opinaban los primeros grandes evangelizadores como Motolinía y Vasco de Quiroga).

En Valladolid, sin embargo, el planteo de la licitud o ilicitud de este método, fue puesto en duda por Las Casas aduciendo, como prueba en contrario, que no era necesaria la defensa armada: él mismo decía haberlo comprobado en la misión de Vera Paz (hoy, parte de Guatemala), donde los dominicos habían realizado un “experimento social” (le diríamos hoy), evangelizando pacíficamente (es decir, sin custodia del brazo secular) entre 1535 y 1545; y todo con permiso del entonces regentes Felipe II y Alonso Maldonado.

Allí, “durante cinco años” estuvo “rigurosamente prohibido a todo español penetrar en el territorio cedido para la evangelización sin permiso de los frailes evangelizadores”; prohibición que será renovada cinco años más. El territorio parecía propicio pues los caciques ya convertidos gracias a las encomiendas españolas así lo garantizaban (no era, por tanto, tierra virgen).

El episodio se dio y Las Casas no mentía, pero no contaba, no podía contar, la historia completa. El caso de la Vera Paz tuvo una época de rotundo éxito (y continuaba siéndolo durante la Controversia de Valladolid) pero, a partir de 1555 todo cambió: sin razón atribuible a la presencia de españoles, ocurrió una masacre espantosa a raíz del ataque por parte de los feroces indios lacandones y acalas (que no aceptaron el “pacifismo religioso” de los misioneros); el sacrificio de los catecúmenos y el martirio de los religiosos fue suficiente para que, de Vera Paz, sólo le quedase el nombre.

¿Cómo terminaría la utopía? Los pocos dominicos supervivientes solicitaron ellos mismos la intervención armada… Las Casas argumentó entonces con este experimento, pero no contó el final, ocurrido sólo cuatro años después de la Controversia.

La idea del fraile era romántica: había que volver a “predicar como los apóstoles”, sin la ayuda del brazo armado:

“Cristo, hijo de Dios, cuando envió a los Apóstoles a predicar, no mandó que a los que no quisiesen oír, les hiciesen fuerza (al contrario) les encargó que, si en una ciudad no querían escucharles, la abandonasen pacíficamente. Luego nosotros no sólo no podemos imponer la conversión por la fuerza, sino que tampoco debemos imponer nuestra predicación, porque ello equivaldría de hecho a predicar por la fuerza”[5].

 

Sepúlveda se encontraba ante una verdadera objeción y debía responder con altura, cosa que hizo. Comenzando por recordar que no era preciso “lanzarse a estocadas y a lanzadas” contra los indios para “de esta forma convertirlos a la fe”, planteó que, sin embargo, los misioneros debían ser cuidados. Pretender que todos los indios fuesen “dulces y pacíficos” era no sólo ilógico, sino contrario a la verdad de los hechos. La sangre de los religiosos así lo testimoniaba, incluso sin provocación alguna de su parte; el mismo caso del martirio de fray Luis de Cáncer, enviado por Las Casas a morir en Florida lo atestiguaba.

No había otro remedio que la ayuda secular para acompañar la empresa evangelizadora, según el planteo realista de Sepúlveda:

“El señor obispo [se refiere a Las Casas] (…) nos propone como modelo la predicación de los apóstoles, pacífica, como señalaba Cristo. Pero se olvida de presentar como modelo la Pax romana que la hizo posible. Incluso el apóstol Pablo se salvó de la muerte que pretendían darle los judíos (el diácono Esteban ya había sido martirizado por ellos y lo serían más tarde los dos Santiagos) porque, siendo ciudadano romano, pudo apelar al emperador (…). La evangelización necesitaba ya una fuerza protectora, aunque fuese pagana. ¿Con qué derecho, y en beneficio de quién, podríamos renunciar a esta fuerza de protección ahora que es cristiana?”[6].

 

Es decir, una cosa era la cultura greco-romana en tiempos de la primera venida de Cristo (“la plenitud de los tiempos”, como la llamó San Pablo[7]) y otra la América pre-colombina. Ya hemos visto el tema más arriba.

El planteo de Las Casas será refutado por entonces y en los años posteriores, como puede verse en los ejemplos resonantes de los primeros padres jesuitas, los PP. Andrés López y de José de Acosta:

“El primero, «Hombre muy docto», llegado al Perú en 1571 con el padre José de Acosta, había sufrido «no poco» el contagio de las ideas de Las Casas. Llegaba, por tanto, nutrido de amor libresco para con los indios, «azote» por principio de los encomenderos, los conquistadores o los gobernadores. Estaba instalado en la residencia jesuita de Cuzco, desde donde salía a predicar a los pueblos indios (…). Un día, cuando se encontraba de camino hacia los pueblos de sus catecúmenos indios, un horrible tropel, desnudo y pintado de negro, armado con arcos, flechas y lanzas de palma, se arroja sobre uno de dichos pueblos, mata a un negro y catorce indios y se lleva a las mujeres. Se trata de los indios chunchos, tan feroces como los caribes de las Antillas y los lacandones de Guatemala, autores de la matanza de la Vera Paz de Las Casas (…). ¿Qué hacer? Los indios supervivientes de los pueblos, temiéndose unas previsibles nuevas incursiones, huyen en aterrorizado tropel hacia Cuzco. Los mismos españoles y el gobernador, que salen a su encuentro, están casi tan aterrorizados como ellos, porque no tienen armas. Entonces se despierta en el jesuita López el fondo adormecido de combatiente español. Es él, el lascasista, el que organiza la operación de persecución de los chunchos, cuyo número no cesa de aumentar, y los obliga a retroceder al Amazonas. De ello resulta una verdadera «entrada» de conquistadores, con cuarenta españoles que ahora sí van armados con arcabuces, espadas y escudos, y ciento cincuenta arqueros indios armados también con lanzas de palma. Con el padre López, este pequeño ejército se adentra en las vertiginosas montañas tras los pasos de los chunchos; les hace huir, y vuelve a equipar contra ellos una antigua fortaleza inca. Finalmente, llega a los afluentes del Amazonas, donde descubre que los «muy belicosos» chunchos se han dado el gusto de derrotar por dos veces a las tropas del capitán Maldonado, también lanzadas en su persecución. Ahora lo sabe el jesuita López: muy a menudo no son los españoles, con muy pocas armas, los que oprimen a los indios, sino los indios «muy belicosos» que se lanzan sobre sus hermanos. Cuando regrese, podrá encontrar en sus casas a aquellas de sus ovejas que han sobrevivido, porque él ha hecho la guerra. Ahora se ha enriquecido con la misma experiencia que los dominicos lascasianos de la Vera Paz, transformada en verdadera guerra”[8].

 

El caso del Padre José de Acosta, sacerdote jesuita e, inicialmente, admirador de Las Casas, también puede servir de ejemplo.

Ya alejado de los libros y con experiencia en el terreno, publicaría un tratado acerca De cómo procurar la salvación de los indios (1589) donde narraba con enorme realismo:

“A semejanza de Las Casas, que el modelo apostólico de evangelización -sin ningún aparato militar, confiados en el auxilio divino» es el más «conforme a toda conveniencia y equidad y superior a toda alabanza». Continúa: «El orden y modo de los Apóstoles, donde se puede guardar cómodamente, es el mejor y más preferible». Pero, añade en seguida con dureza: «Quien quiera seguir este método de evangelización con todos sus pormenores, en la mayor parte de este [bárbaro] mundo occidental [indio], dará pruebas manifiestas de extrema insensatez». Pues, continúa, «la experiencia, ese gran testigo», lo demuestra: al contrario que los griegos y los romanos a los que los apóstoles predicaban, los indios son en su mayoría, dentro de su paganismo, unos bárbaros «hechos a vivir como bestias», «desconocedores de costumbres humanas y totalmente ajenos al más elemental derecho de gentes» (…). Por lo tanto, es conveniente inventar un nuevo método (…): «Es necesario que vayan juntos soldado y sacerdote, como lo muestra no sólo la razón, sino la experiencia comprobada con largo uso»[9].

 

El tema estaba zanjado y Las Casas derrotado también sobre este punto.

continuará

 


[1]Ibídem, 193-195.

[2]Ibídem, 196 y 197.

[3]Ibídem.

[4]Ibídem, 199.

[5]Ibídem, 204.

[6]Ibídem, 210.

[7]Gál IV, 4.

[8]Jean Dumont, op. cit., 249-250.

[9]Ibídem, 254. “La guerra –dirá- contra ellos no será lícita más que cuando causen a los cristianos «daños repetidos» y siempre «tasando las injurias [agresiones] cuidadosamente», limitándose así a la guerra defensiva proporcionada a la justa «mira por sí» y a «su derecho» (ibídem, 255).


 

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