Matrimonio clásico y amistad católica. Sermón para una misa de esponsales

Sermón  

 

Decía Charles Peguy que “Homero es nuevo cada mañana y el diario de hoy ha envejecido ya”. Eso es lo que sucede con los clásicos: no pasan de moda; no envejecen.

Esto mismo es lo que pensó la civilización occidental, hoy casi desaparecida y sólo languideciente en algunos “bolsones del autoritarismo” que se empecinan por proclamar a Jesucristo. Herederos como somos de la tradición greco-romana y católica, es imposible no guardar reminiscencia de aquellos textos, de aquellas ideas que acuñaron la cultura cristiana y hasta le dieron forma.

Nos encontramos dentro del marco de un matrimonio católico, coronación del noviazgo cristiano y promesa de futuras gracias para los contrayentes, si se mantienen fieles. Se trata de un antiguo rito –hoy casi en desuso– que crucifica a los esposos convirtiéndolos en amigos bajo el mismo yugo de la cruz, esa que es “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1Cor 1,23).

Esos amigos que por amor a Dios y por amor al otro se están crucificando se aman con amor de amistad, es decir, poseen ya esa virtud indispensable para todo hombre, pues, como decía Aristóteles, “la soledad, o es para los dioses o para las bestias, pero no para los hombres”. Es que es parte de su naturaleza política el querer tener amigos; pues uno se realiza en la pólis. Y como es virtud, es imposible alcanzar la santidad sin ella, es decir, sin amigos, de allí que “no hay ninguna persona normal que –aunque tuviese todos los bienes– no quisiese tener amigos”.

Pero uno podría preguntarse: ¿qué es la amistad? Y aquí entonces acudirá Cicerón, el gran poeta romano, para decirnos que no es ni más ni menos que “el perfecto acuerdo entre lo humano y lo divino, con caridad y benevolencia”; porque los verdaderos amigos, deben amar los mismos principios y padecer ante sus transgresiones; llorar con el que llora y alegrarse con el que se alegra, como decía el padre Castellani:

Yo tenía tres amigos. Uno me regalaba plata. Era un buen amigo.

El otro una vez me puso la mano sobre la mano y me dijo:

-Si te matan, yo me haré matar por vos.

-¿Por vos o con vos?—le dije.

-Con vos.—Y no mentía.

El tercer amigo cuando iba a verlo se ponía alegre.

Yo también me ponía alegre. Y estábamos alegres todo el tiempo.

Era mi mejor amigo.

Porque “los amigos –decía Homero- (son en realidad) como una sola alma”, o, mejor aún, como decía San Agustín “son dos almas en un solo cuerpo”. “Una sola carne” (Mt 19,6).

Y para que el amor de los esposos sea verdadero amor, deberá no sólo estar fundado en la virtud, sino en el coronamiento de la misma que es la gracia, es decir, Cristo mismo en las almas; sólo así, en este perfecto acuerdo entre lo humano y lo divino, podrá suceder lo que señaló el Señor frente a las tempestades (cfr. Mt 7,25):

“caerá la lluvia, vendrán los torrentes, soplarán los vientos, y embestirán contra esa casa; pero ella no caerá, porque está cimentada sobre roca”.

Amigo y amiga, a partir de hoy, esposo y esposa, vivirán “hasta crearse una dependencia vital en el alma” (Cicerón), pero sólo podrán estar verdaderamente unidos mientras exista la unión con el Verdadero Esposo, Aquél que nos ha dicho:

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,14 ).

Y sólo si hacéis lo que Él os manda.

Y habrá que temer si, por seguirlo en Su exigente amistad, encontraran incomprensión y hasta persecución, tanto de propios como de ajenos. Que esto también está profetizado y hasta versificado por Gracián. Pues:

“Triste cosa es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos,

porque quien enemigos no tenga, señal de que no tiene:

ni talento que haga sombra, ni valor que le teman, ni honra que le murmuren,

ni bienes que le codicien, ni cosa buena que le envidien”.

La Iglesia los llama hoy, a comenzar una familia; una familia anclada en Jesucristo; una fortaleza inexpugnable, un castillo perpetuo, un monasterio doméstico que, según las enseñanzas del Divino Redentor, mantenga y pase la antorcha encendida de la tradición, de la lengua, de los arquetipos y de la Fe. Y todos hacemos votos por uds. para que así sea en estos tiempos de barbarie en que vivimos, sabiendo que, al final de cuentas, Dios no contará tanto nuestras victorias, sino nuestras cicatrices.

 

Y ¿cómo resistir? ¿cómo luchar? Pues uds. ya están comenzando.

Esto mismo le preguntaron no hace mucho al extinto cardenal Cafarra:

 

“Lo diré con toda franqueza: yo no veo ningún otro lugar (para resistir contra la barbarie en la que vivimos) que dentro de la familia, donde la fe que hay que creer y vivir, pueda ser suficientemente trasmitida (…). Pues así como en Europa durante el colapso del Imperio Romano y las invasiones bárbaras, los monasterios benedictinos resistieron, del mismo modo hoy pueden (y deben) resistir las familias católicas”[1].

 

Que esta amistad que hoy Dios corona con la gracia sacramental, sea el inicio de un nuevo bastión, de una nueva fortaleza y de un nuevo monasterio que resista al paso el tiempo y que los haga llegar a la Patria celestial, donde Cristo vive y Reina con sus elegidos por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

P. Javier Olivera Ravasi

13 de Octubre de 2017, centenario de  Fátima

One Comment

  1. Es tan clara la definición de la auténtica amistad,y que ésta no tiene Trascendencia (en otras palabras,no da frutos para La Eternidad)si no es EN y DESDE El Señor,que me surge la sensación de que la mayoría (o gran mayoria) de los que se llaman amigos son en realidad cómplices o,como mucho “conocidos muy allegados”

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