10 años de la Orden San Elías
A.M.D.G.
Queridos amigos de la Orden San Elías:
Hoy, 3 de febrero, se cumplen diez años desde que, por gracia de Dios y con la aprobación de la Santa Madre Iglesia, fue fundada nuestra Orden en la remota meseta tibetana.
Puede leerse en la “Introducción histórica” de nuestros estatutos: «El 3 de febrero de 2016 Monseñor Stephen Lepcha, obispo titular de Darjeeling (Himalaya) en cuya zona se encuentra la Meseta Tibetana, Bhutan y el Norte de Sikkim, luego de varios años de discernimiento de parte de los miembros fundadores, aprobó a nivel diocesano la “Orden San Elías” (…) destinada a las misiones “ad gentes” (cfr. art. 90, inc. 2 de Pastor Bonus) y a la promoción y defensa de la Fe católica en clave misionera (…). San Elías fue fundada para ser una Orden donde se pruebe “hasta el fondo el gusto de la misión” (Evangelii Gaudium, 81), se busque la felicidad eterna de los demás como la busca Dios (cfr. EG, 92) y se salga “realmente a buscar a los perdidos” y “a las inmensas multitudes sedientas de Cristo” (EG, 95), aun cuando no sepan que lo están.»
Aquel día de 2016, en un entorno hostil y lejano, vio la luz esta comunidad para gloria de Dios y salvación de las almas. Nuestra pequeña comunidad fue fundada por los Padres Federico Highton y Javier Olivera Ravasi y nacimos en medio de la nada, sin recursos materiales, pero con una Fe inquebrantable en la Divina Providencia y con la convicción de que el Señor nos llamaba a evangelizar a los pueblos que aún no conocen a Cristo, en las fronteras más olvidadas del mundo. Al igual que Elías, quien se presentó ante el rey Acab con audacia profética nuestra Orden se inspira en esa misma certeza: la verdad de Dios se impone por su propia fuerza y no por concesiones humanas.
«El propósito general del OSE es la predicación profética de la Santa Fe Católica con la parresía más heroica para que Dios sea máximamente glorificado. Se buscará lograr esta finalidad realizando dos tipos de apostolados muy específicos: primero, la misión ad gentes donde la Iglesia aún no existe y, en segundo lugar, el apostolado de la contra-revolución cultural católica para despertar el verdadero espíritu misionero, procurando que se ponga todo en clave misionera buscando “alentar y orientar en toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora llena de fervor” (cfr. EG, 34 y 17). Nuestra fórmula central será: “ite et scribite et docete”» (Estatutos de la Orden San Elías, n. 4).
Nuestra misión, inspirada en el carisma eliata, es predicar la Fe católica con ardiente parresía, en especial en los ámbitos de las misiones ad gentes y la cultura. A través de nuestro apostolado misionero y cultural, conscientes de nuestros grandes límites personales, hemos buscado en estos 10 años servir a la Iglesia, con filial obediencia, con humildad, con audacia, sin temor… renovando cada día nuestra confianza en el Señor, como reza nuestro lema: “confiado en mi Dios asalto la muralla” (Salmo 117). Recordamos las palabras de San Pablo, quien exclamaba: “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Corintios 9,16), impulsándonos a no callar ante la indiferencia del mundo. Y como San Francisco Javier, el gran misionero que ardió de celo por las almas en tierras lejanas, repetimos en nuestro corazón: “Dame almas, Señor, lo demás no importa”, teniendo como objetivo sacrificarlo todo por la conversión de los pueblos, incluso en medio de fatigas y peligros.
Junto a San Francisco Javier, la Iglesia nos ha dado como patrona universal de las misiones a Santa Teresita del Niño Jesús, esa pequeña carmelita que, desde la clausura de su convento, abrazó con todo su ser el deseo ardiente de ser misionera. Ella, que nunca pisó tierra de misión, exclamaba con un corazón inmenso: “Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo… Quisiera ser misionero, y no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación del mundo”. Y añadía: “Lo que me impulsa a ir al Cielo es el pensamiento de poder encender en amor de Dios una multitud de almas que le alabarán eternamente”. En su pequeñez y confianza absoluta, Santa Teresita descubrió que el amor es la verdadera fuerza misionera: el amor que abraza todas las vocaciones, que hace trabajar a los miembros de la Iglesia y que, desde el cielo, continúa derramando gracias sobre las misiones. Su famosa promesa -“Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”- nos recuerda que la misión no termina con la muerte, sino que se prolonga en la comunión de los santos, donde cada oración, cada sacrificio ofrecido con amor, puede alcanzar y convertir almas lejanas.
“Nuestra tarea es metemos a plantar la Iglesia (idealmente donde no hay ningún cristiano) en la madriguera del enemigo, en sus trincheras, en lo desconocido, en lo más remoto, en lo impensable, en lo imposible… Algunas expediciones visiblemente fracasan, otras podrán ser victorias milagrosas, otras parecen dar algún fruto tangible, algunas quizá culminan con el martirio… Colgamos y colgaremos de un hilo, que, de todos modos, es una cuerda divina y, por tanto durará todo lo que Dios quiera” (P. Federico Highton).
Estos 10 años no han estado exentos de dificultades: hemos enfrentado la hostilidad de aquellos rincones del globo sin presencia católica, la precariedad de recursos en misiones remotas, los desafíos de un mundo cada vez más secularizado y también nuestras propias debilidades y pecados, nuestra tibieza, nuestros miedos, nuestros apegos desordenados. San Elías en el tiempo de la prueba, en su soledad, encontró a Dios no en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro suave y apacible (1 Reyes 19,11-12), enseñándonos a discernir, en el tiempo de la adversidad, la voz Divina en el silencio de la adoración y en el abandono completo a la Divina Providencia. “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Filipenses 4,13).
En el monte Carmelo, San Elías desafió a los profetas de Baal con estas palabras valientes: “¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste” (1 Reyes 18,21), y luego oró: “Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado todas estas cosas” (1 Reyes 18,36), y el fuego descendió del cielo, consumiendo el holocausto y mostrando el infinito poder del único Dios verdadero. Así también nosotros, en medio de ideologías contrarias y falsas doctrinas, aspiramos a proclamar sin titubeos que solo en Cristo está la salvación, y que no hay otro nombre bajo el cielo por el cual los hombres puedan ser salvos.
En este tiempo en que vivimos, donde el relativismo ha penetrado incluso en muchos ambientes cristianos, declarando que “la verdad es subjetiva”, que “todas las opiniones valen lo mismo” y que “no hay que imponer nada”, nosotros hemos sentido con mayor urgencia la llamada a combatir por la Verdad. Porque la Verdad no es una opinión entre muchas. “¿Qué es la verdad? En un mundo que dice que todo es relativo, Jesucristo responde: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (P. Javier Olivera Ravasi) Negar la unicidad de la Verdad revelada es negar a Cristo. El relativismo moderno, que disuelve la fe en un vago sentimentalismo o en un pluralismo indiferente, es el nuevo Baal que pretende sentarse en el trono de los corazones. Frente a esta dictadura del relativismo, la Orden San Elías quiere ser una voz profética, como San Elías en el Carmelo: no para condenar sin amor, sino para mostrar con claridad que solo la Verdad libera, que solo la Verdad salva, que solo la Verdad conduce a la Vida eterna. No podemos callar cuando desaparece la distinción entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado, entre la Iglesia de Cristo y las construcciones humanas. “Si controlan lo que dices, controlan lo que piensas” (P. Javier Olivera Ravasi) Este combate por la Verdad es una exigencia de la Caridad pastoral hacia las almas.
Y en este combate, no podemos esconder que arde en nosotros también el deseo del martirio por la verdad. No lo buscamos por orgullo ni por romanticismo, sino porque amamos a Cristo y a las almas hasta el extremo. Como San Elías, que estuvo dispuesto a morir antes que doblegarse ante la mentira de los adoradores de Baal; como los mártires de todos los tiempos que prefirieron derramar su sangre antes que negar una sola Verdad de la Fe; como tantos misioneros que entregaron la vida en tierras hostiles por anunciar a Cristo sin rebajarlo. Ese deseo del martirio —no como espectáculo, sino como suprema confesión de amor— nos mantiene despiertos y nos hace más audaces. Porque si la verdad de Cristo vale más que nuestra vida temporal, entonces estamos dispuestos a perderla por ella, confiando en que “el que pierda su vida por mí, la salvará” (Mt 16,25). Que este deseo nos preserve de la tibieza y nos impulse a hablar con la misma libertad con que San Elías habló, aun cuando el precio sea alto.
El envío apostólico misionero del Santo Padre del mes de abril de 2023 fue un hito que iluminó nuestra vocación, permitiéndonos expandir nuestra labor con renovado vigor, siempre guiados por la Providencia. “Por medio de Su Vicario, Dios firmó el envío misional con Su Verbo eterno. Y nosotros, de algún modo, con la gracia de Dios, esperamos ratificarlo algún dichoso día con la firma de nuestra sangre” (P. Federico Highton).
En esta ocasión jubilar, quiero expresar mi más profunda acción de gracias: a Dios, por sus innumerables beneficios y por habernos sostenido en las dificultades; a la Virgen María, nuestra Madre y Protectora; a San Elías, nuestro padre; a San Francisco Javier y a Santa Teresita del Niño Jesús, patronos de las misiones, que desde el cielo interceden por cada alma que aún no conoce a Cristo; a los “Santos de la épica sacerdotal” cuyo modelo nos inspira y a nuestros queridos benefactores y amigos, por sus oraciones fervientes, su generosa ayuda y su fidelidad constante. Que el Señor recompense con creces a todos aquellos que han sido parte de la aventura misionera durante estos 10 años y les conceda la gracia de la perseverancia, como San Francisco Javier pedía en sus cartas: “Que Dios nos dé la gracia de no desfallecer en esta santa empresa”, y como Santa Teresita nos enseña a vivir con confianza filial: amando sin medida, confiando sin límites y ofreciendo todo por la salvación de los hermanos.
Por nuestros errores y pecados, por los malentendidos, por las heridas que hemos podido causar pedimos humildemente perdón. El Señor nos dé la voluntad y la gracia de poder reparar aquello que hemos hecho mal.
Quisiera terminar estas breves líneas pidiendo al Señor acreciente nuestro celo activo y ardiente por las misiones. Por lo que toca al espíritu, para que pueda llamarse propio de nuestra pequeña comunidad, debe ser antes que nada apostólico; es decir, que el alma por el amor ardiente de Nuestro Señor y de los hombres redimidos con su sangre, debe estimularse interiormente a desear y procurar que el reino de Cristo se extienda lo más posible y que todas las gentes iluminadas con su verdadera doctrina se salven. El que no sintiera en sí mismo algo de este espíritu, no sería un verdadero hijo del gran profeta San Elías.
¡Sigamos avanzando!: unidos en esta santa misión, por la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo, inspirados en San Elías, quien ascendió al cielo en un carro tirado por ígneos caballos en medio de en un torbellino fuego (2 Reyes 2,11), recordándonos así que nuestro destino es la eternidad si permanecemos, sostenidos por la gracia de Dios, fieles hasta el fin.
¡Viva Cristo Rey!
¡Viva la Misión!
Un gran abrazo a todos.
Que el Buen Jesús y su Madre Santísima los bendigan,
P. José Gabriel ANSALDI, S.E.
Moderador General de la Orden San Elías.
Pedro Pablo Gómez, 3 de febrero de 2026.
PD: Deseo que, con ocasión de estos 10 años de vida como comunidad, releamos un hermoso e inspirador escrito del p. Federico: Credo del misionero.
A.M.D.G.
Credo del Misionero
“Fiado en mi Dios, asalto la muralla” (Ps. XVII, 30)
I. El espíritu del Misionero: Es único y sin igual, de encendida y sagrada acometividad, de buscar siempre acortar la distancia con las tribus paganas y llegar lo antes posible a ellas para hacer la primer proclamación de la Santa Fe Católica (cf. Mt XXVIII, 19-20; Mc XVI, 15-16). Vive consumido de celo por la gloria del Padre (cf. Jn II, 16), lleno del Espíritu Santo (cf. Hch II, 4). Vive como condenado a muerte, en el último lugar; urgido por la caridad, afrentado, bendice; perseguido, soporta; difamado, consuela (cf. 1 Cor IV, 9.11-13; 2 Cor V, 14)). Avanza sin piedra donde apoyar su cabeza (cf. Mt VIII, 20).
II. El espíritu de la divina filiación: Con el sagrado juramento de preferir morir y reventar antes que pecar, para no ofender a un Padre tan bueno como Dios.
III. El espíritu de amistad: De amistad continua e íntima con Jesús, de dar la vida por los amigos (cf. Jn XV, 13) y aun por los infieles que yacen en las tinieblas de la muerte. El Misionero no sólo quiere darles el Evangelio a los paganos, sino su propia vida (cf. 1 Tes II, 7-8).
IV. El espíritu de unión y socorro: El Misionero es “luz de las naciones para ser su salvación hasta los confines de la tierra” (Hch XIII, 47). A la voz de ¡Viva Cristo Rey!, sea donde sea, y como sea, acudirán todos y, con oportunidad o sin ella (cf. 2 Tim IV, 2), haciéndose todo a todos (cf. 1 Cor IX, 19-22), con toda parresía (cf. Ef VI, 19-20; Hch XIV, 3), proclamarán la Buena Nueva a las tribus paganas lejanas (cf. Hch XXII, 21) que requieran los primeros auxilios espirituales (cf. 1 Cor IX, 16).
V. El espíritu de marcha: El Misionero “soporta los trabajos” (2 Tim IV, 5) y “comparte las fatigas como buen soldado de Cristo Jesús” (2 Tim II, 3), marchando gozoso por la esperanza (cf. Rom XII, 12). Jamás un Misionero dirá que está cansado, hasta caer reventado. Será el cuerpo más veloz y resistente. Todo lo sacrificará y todo lo tendrá por basura con tal de ganar a Cristo para sí y los demás (cf. Fil III, 7-8). Sabe que si sufre con Cristo, reinará con Él (2 Tim II, 11).
VI. El espíritu de sufrimiento y dureza: El Misionero se gloriará en sus tribulaciones (cf. Rom V, 3-5), rebosando de gozo en ellas (cf. 2 Cor VII, 4). No se quejará de fatiga, ni de dolor, ni de hambre, ni de sed, ni de sueño, ni de sequedad, ni de la prisión (cf. 2 Cor VII, 5; XI, 10); orará sin cesar (cf. 1 Tes V, 17), se mortificará (cf. Mt X, 38), predicará la Fe a las tribus, a los brujos y a los enemigos, hará todos los trabajos apostólicos y plantará doquiera la Cruz invicta y la imagen de nuestra Señora (cf. Ef I, 10). Le dará la bienvenida a todas las cruces que la Providencia permita que él sufra: prisiones, azotes, peligros de muerte, apedreamientos, naufragios, abismos, peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los judíos, peligros de los paganos, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, trabajos y fatigas en prolongadas vigilias, hambre, sed, ayunos, frío, desnudez (cf. 2 Cor XI, 23-27), tribulaciones, necesidades, apremios, tumultos, desvelos y deshonra (cf. 2 Cor VI, 3-10).
VII. El espíritu de acudir a las tribus infieles: La Misión, desde el hombre solo hasta la Misión entera, acudirá siempre donde haya tribus que, según los reportes, aun no hayan oído la Buena Nueva (cf. Mt XXIV, 24) o tribus cubiertas de ídolos (cf. Hch XVII, 16), siempre, siempre, aunque vengan degollando y ya no se tengan más fuerzas, sabiendo con el Apóstol, que el Misionero todo lo puede en Áquel que lo conforta (cf. Fil IV, 13) y que “no hay nada imposible para Dios” (Lc I, 37).
VIII. El espíritu de disciplina: Cumplirá su deber y será fiel hasta las mínimas inspiraciones del Espíritu Santo, obedecerá como Cristo al Padre, buscando agradar no a los hombres sino sólo a Dios (cf. 1 Tes II, 4-6), velando firme en la fe (cf. 1 Cor XVI, 13), obrando varonilmente y mostrándose fuerte (cf. 1 Cor XVI, 13).
El espíritu de combate misional: El Misionero “combate los buenos combates de la fe” (1 Tim VI, 12). El Misionero de Fuego, desprendido del lucro y las alabanzas (cf.1 Tes II, 4-6), pedirá siempre, siempre, misionar, sin turno, sin contar los días, ni los meses, ni los años. Fiado en Dios, asaltará la muralla (cf. Ps XVII, 30), a pesar de todas las oposiciones que la Verdad le suscitará ya que la verdad necesariamente engendra el odio.
El espíritu de la muerte: El morir en misión es la mayor corona. No se muere más que una vez y la muerte en misión es una catapulta al Paraíso eternal, donde se gozará por siempre de la felicidad más excelsa, más inenarrable y más inimaginable. Los Misioneros viven “siempre entregados a la muerte por amor de Cristo Jesús” (2 Cor IV, 11). El Misionero se goza al estar “cada día en trance de muerte” (1 Cor XV, 31). El Misionero no se aterra por nada ante los enemigos (cf. Fil I, 27-28).
El espíritu de la enseña: La Cruz será la enseña más gloriosa, porque fue bañada por la sangre de Cristo. La segunda enseña más gloriosa será la Virgen, Reina de los Mártires, de las Misiones y del Paraíso.
XII. El espíritu de bravura: Todos los Misioneros de fuego son bravos y lo son por la gracia de Dios, no por sus fuerzas naturales; aquí es preciso demostrar que el Dios vero, Uno y Trino, es Quien hace posibles las gestas más épicas por medio los hombres por Él creados (cf. Lc I, 48-49). Movido por Cristo, el Misionero hará cosas más grandes que Cristo (cf. Jn XIV, 12).
¡Viva Cristo Rey!
¡Viva la Misión!
Padre Federico Highton, S.E.
25 de mayo de 2019, Ollioules
Fiesta de San Gregorio VII Magno
3 de Febrero de 2026
