Mortificaciones para los cristianos del siglo XXI
Sermón para el primer domingo de Cuaresma.
P. Javier Olivera Ravasi, SE
En el primer Domingo de Cuaresma la Iglesia nos presenta las tentaciones del Señor en el desierto; y nos las presenta para que también tengamos en cuenta que, durante la Cuaresma, también nosotros debemos retirarnos para lograr nuestra conversión y desapegarnos de esos tres enemigos del género humano: el DEMONIO, el MUNDO y la CARNE.
Pero, ¿qué significa cada uno de estos enemigos?
Pues El DEMONIO es ese ángel caído, rebelado contra Dios y castigado con el apartamiento eterno de Él, que por envidia tentó e hizo caer a nuestros primeros Padres y que aun vencido por Jesucristo tiene permiso de tentar incluso a los discípulos del Señor.
El MUNDO es ese ESPEJISMO ARTIFICIAL, esa ATMÓSFERA DE FALSA ESCALA DE VALORES.
Por último, la CARNE, es nuestra propia naturaleza humana caída luego del pecado original, cuando perdió el género humano no sólo su filiación divina y los dones preternaturales sino incluso el dominio sobre su propia naturaleza, quedando inclinado al mal que la teología católica llama CONCUPISCENCIA y que ni aun el bautismo erradica.
De aquí proviene la necesidad, para el cristiano, de la MORTIFICACIÓN, pues no tenemos un total dominio sobre nuestras pasiones, por eso, a semejanza de un jinete que debe domar a su caballo, nosotros debemos mortificar nuestras pasiones, vencernos a nosotros mismos, de allí que Cristo diga (Mateo 11,12) que “el reino de los cielos es de los que se hacen violencia”, es decir, es de quienes lo buscan con determinación, venciéndose a sí mismos.
Porque tan dañada quedó la naturaleza humana que algunos herejes, como Lutero por ejemplo, decían que era imposible que nuestras obras cooperasen para la salvación y, por ende, sólo había que creer en Jesucristo: “peca fuerte pero cree más fuertemente aún”, le escribía a Melanchthon, uno de sus amigos herejes.
Y debemos mortificarnos, es decir, hacer penitencia según nuestro estado de vida, como todos los santos de la historia lo han hecho, buscando eliminar los defectos dominantes que nos rodean, las malas inclinaciones, aquella piedra en el zapato que a cada uno le cabe para lograr aquello que Cristo nos dice en el Evangelio (Mateo 5,48): “sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”.
No nos dijo, “sean buenos”, sino “perfectos”.
Pues bien, dado que no queremos alargarnos, enumeraremos aquí una larga serie de ejemplos para poder trabajar nuestra vida espiritual, tomando algunas de mortificaciones que cada uno podrá elegir según convenga.
Mortificar nuestra curiosidad
1. Reprimir las miradas curiosas, las inútiles, las imprudentes. No mirar vidrieras, ni kioscos de lo que fuere, a menos que uno esté necesitado de determinado producto y deba buscarlo.
2. No leer noticias de policía, ni escándalos, ni la vida privada del prójimo hecha mercancía de los indiscretos para alimentar la gula de los curiosos.
3. Abstenerse de series o películas frívolas y de los libros que están de moda.
4. No aguzar el oído para captar lo que alguien dice, si no es a nosotros a quién se está dirigiendo.
Mortificar nuestra memoria
5. No pensar voluntariamente en el mal que se nos haya hecho, ni en el bien que hayamos hecho.
Mortificar nuestro cuerpo
6. Aceptar y asumir los defectos corporales que Dios ha querido para nosotros, ya sean de nacimiento, o fruto de enfermedades o accidentes. Asimismo las limitaciones de una salud frágil.
7. Aceptar el tener que cargar con el peso de los años y el cortejo de limitaciones que gradual e implacablemente se van sumando.
8. Fuera de las horas de descanso ya reglamentadas, no nos acostemos nunca a menos de sentirnos mal o agotados por algún esfuerzo especial.
9. En invierno, no mantener las manos en los bolsillos y a menos de enfermedad, no usar guantes.
10. Sobrellevar con paciencia y sin comentarios el rigor de las estaciones; no decir: “¡qué frío que hace! O ¡qué calor que hace!”; ¡todo el mundo lo sabe!
11. Mantener siempre un porte modesto y viril, renunciando a las posturas displicentes y comodonas. Estando de pie, no apoyarse en nada. Estando sentados, no cruzar las piernas ni los pies, no apoyar la espalda en el respaldo.
12. No tomar un vehículo cuando podemos sin excesivo esfuerzo, o inútil dispendio de tiempo, trasladarnos a pie.
La mortificación de los sentidos
13.En invierno, no acercarse a las estufas y no usar agua caliente para lavarse las manos o el rostro en la mañana…
14. En verano, tomar bebidas al natural, no cruzar la vereda buscando o evitando el sol o la sombra.
15. No usar colonias o perfumes más de lo necesario para la higiene.
16. No acariciar cosas suaves: terciopelos, pieles, pétalos.
17. No comer dulces.
18. Si queda a nuestra elección, comamos el pan viejo, las galletitas rotas.
19. De las comidas que nos gustan mucho, servirnos poco, y no repetir. Obrar del modo opuesto cuando nos desagradan.
20. Privarnos del postre.
21. Comer sin elección lo que a uno le pongan delante; no quejarnos nunca de los alimentos, ni de su calidad, ni de su cantidad, ni del modo de preparación.
La mortificación del uso del tiempo
22. Hacer uso “escrupuloso” de nuestro tiempo, sin malgastarlo.
23. Dar a cada ocupación todo el tiempo que justamente requiera, pero ni un segundo más.
24. Tener mayor cautela de nuestra agenda que de nuestra billetera: el dinero va y viene, pero el tiempo no
25. Huir de los LADRONES DE TIEMPO, de las cátedras de los ociosos, de las radios, de los periódicos, de las redes sociales…
26. Respetemos el tiempo del prójimo, procurando bastarnos en todo a nosotros mismos, siempre que podamos
La mortificación de la lengua
27. Mortifiquemos nuestra lengua, las palabras ociosas o hirientes.
28. Permanezcamos habitualmente callados, en un silencio penitencial excusándonos de hablar, a no ser para responder, haciendo un silencio purificante y reparador.
29. Ante la necesidad de hablar, no hacerlo enseguida, sino después de haber reprimido ese primer ímpetu que nos impulsa a expresarnos.
30. Cada vez que hallemos haber caído en verborragia o en palabras viciadas, inconsideradas o indiscretas, nos impondremos una penitencia.
La mortificación de nuestra impaciencia
31. Abstenernos de mirar el reloj sólo por curiosidad o cuando no está en nuestra mano el acelerar o retrasar el tiempo de los acontecimientos
32. Cuando algo nos irrite, obliguémonos a no pensar en ello y a arrojar de nuestro espíritu tal idea, “cambiando de canal”, pensando en otra cosa.
33. No confiemos nunca una pena, una dificultad, mientras estamos todavía agitados por la pasión. Esperar para hacerlo a que se tranquilice nuestra alma.
La lucha contra nuestro natural egoísmo: caridad
34. Mortifiquemos nuestra inclinación a pensar mal e interpretemos favorablemente al prójimo en todo aquello que se preste a interpretaciones.
35. Toda palabra que llegue a nuestros oídos en desmedro del prójimo, muera en nosotros, sea sepultada y púdrase en nuestro pecho.
36. No nos quejemos jamás voluntariamente, murmurando de aquellas criaturas de las que Dios se sirve para afligirnos y probarnos.
37. Callar toda ocurrencia, toda agudeza que pueda lastimar la caridad. Renunciemos a hacernos los graciosos, a mostrar ingenio, a brillar hablando de los demás o a costa de los demás.
38. Sonreír… sonreír siempre, aunque tengamos el interior crucificado, ofreciendo así a los demás, la permanente limosna de un rostro amable y sereno.
39. En las reuniones, alternar un rato con las personas más desagradables.
40. Las personas hoscas o excesivamente introvertidas, pueden obligarse a decir algo amable a los que las rodean, cuando en realidad desearían permanecer en su habitual mutismo.
41. Dejar a los demás el mejor lugar y en las tareas a realizar en equipo, tomar para sí la parte más desagradable.
Mortificar la codicia
42. Deshacernos de algunas cosas a las que nos sentimos demasiado aficionados.
43. No participemos en juegos donde interviene el lucro.
44. Seamos generosos en ayudar al prójimo.
Mortificar nuestro amor propio
45. Jamás tratemos de averiguar lo que se piensa o dice de nosotros o si se nos aprecia o no.
46. Abstenemos de rebatir opiniones ajenas, a menos que toquen verdades importantes y que dañen a las almas.
47. No demos nuestra opinión si no la piden. Dada, no sostenerla, a no ser que sea en cosa de peso y consecuencia.
48. En la conversación, no interrumpir a los demás y esperar a que terminen de expresar todo su pensamiento antes de tomar nosotros la palabra.
49. No quitar la palabra de la boca a los demás, adelantándonos a lo que van a decir, demostrando que ya lo sabemos.
50. En las conversaciones, jamás monopolizar el uso de la palabra, antes bien, hacer hablar a los demás, prefiriendo oír a hacernos oír.
51. En las reuniones, abstengámonos de brillar: callar las ocurrencias, las frases ingeniosas que pudieran despertarse en nuestro interior en el curso de la conversación.
52. Jamás hablemos, sin real necesidad, de nuestros conocimientos. Cuando es inevitable hacerlo, hablemos con modestia de lo que sabemos.
53. No hablar nada de sí mismo, ni en bien ni en mal, salvo necesidad.
54. Cortar todos los pensamientos y las reflexiones del amor propio: no masticar resentimientos, no maquinar revanchas, ni siquiera imaginarias, no sostener discusiones interiores.
55. En las cosas indiferentes o de poca importancia y en tanto no haya pecado, en lugar de obstinamos y disputar, cedamos amablemente a los demás y sacrifiquemos nuestra voluntad a la ajena.
56. Tratar de no manifestar nunca nuestros gustos y preferencias.
57. Las personas casadas, arreglarse y vestirse de vez en cuando, a gusto del cónyuge aunque contraríe el propio gusto.
58. Desconfiemos de nuestra opinión personal y habituémonos a renunciar a ella en las cuestiones dudosas.
59. Juzguemos de todo con indulgencia y seamos ingeniosos en ver en toda persona y cosa el lado bueno.
60. No responder con réplicas punzantes, ironías, etc.
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Pues he aquí una serie de ejemplos que se pueden seguir durante esta Cuaresma para buscar dejar atrás al “hombre viejo”, del que hablaba San Pablo y convertirnos en el “hombre nuevo”, es decir, convertirnos en otros Cristos en la tierra, que eso implica el ser, ni más ni menos, “cristianos”.
Pidamos esa gracia por medio de la Madre del Señor, que dijo en las bodas de Caná: “hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5).
P. Javier Olivera Ravasi, SE
San Francisco, 22 de Febrero de 2026.
Primer domingo de Cuaresma

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