La multiplicación de los panes y la multiplicación de la gracia

Sermón para el domingo de Laetare, TLM

San Francisco, 15 de Marzo de 2026

Hace muchos años, un santo sacerdote argentino, hoy canonizado, el Santo cura Brochero, estaba predicando justamente acerca de la multiplicación de los panes y los peces.

Al llegar a la explicación del milagro, por equivocación, dijo:

“Mirad el poder de Cristo, que con cinco mil panes y dos mil pescados dio de comer a cinco hombres”

El sacristán, un granjero que lo ayudaba, dijo desde uno de los bancos:

“¡Padre, eso lo hago yo también!”, con lo cual todos rieron y el cura, ya desconcentrado, continuó con la Misa dejando a mitad de camino su sermón.

Al domingo siguiente, ya recompuesto, subió nuevamente al púlpito y dijo:

– “Como les decía el domingo pasado, Jesucristo con 5 panes y 2 peces dio de comer a 5.000 hombres”, ¡miren qué maravilla de milagro!

– “¡Es que a eso lo hago yo también! – dijo nuevamente el sacristán.

– “¿Cómo, sacristán hereje?” –gritó el cura.

“–¡Con lo que sobró el domingo pasado!” –le respondió el tipo, que era muy gracioso…

 

Lo cierto es que Cristo no sólo multiplicó los panes y los peces, sino que lo hizo dos veces, como leemos en los Evangelios de San Mateo y San Marcos.

Y una de estas veces es lo que la Iglesia nos propone hoy contemplar en el domingo de Laetare, el domingo IV del tiempo de Cuaresma, donde la Iglesia hace una pausa en su penitencia y comienza a contemplar, en signo, la institución de la Eucaristía que se dará en el Jueves Santo.

 

1) Los negadores del milagro

Hubo algunos herejes que, como siempre, negaron este milagro.

Algunos dijeron, por ejemplo, que Cristo era un gran prestidigitador, es decir, un gran mago y que hizo una ilusión.

Otros dijeron que probablemente los panes eran cinco, pero que se podían partir en muchas partes porque eran panes gigantes… literal, dijeron eso…

Otros, llegaron a decir -como se escucha entre algunos teólogos modernistas de hoy en día- que el milagro que Jesús hizo fue el ablandar los corazones de los judíos para que sacaran de sus zurrones los panes que llevaban y los compartiesen con el resto…

Pero no.

El milagro fue un verdadero milagro, al punto tal que hasta el día de hoy hay un lugar a orillas del mar de Galilea que conmemora el prodigio. Y todos los Padres de la Iglesia así lo proclaman.

De hecho, Cristo no fue el único que logró multiplicar los alimentos. No. En la vida de los santos son innumerables los milagros similares, como podemos leer en muchas hagiografías como en la de Don Bosco, San Martín de Porres o San Felipe Neri. Si hasta yo mismo conozco a un sacerdote que, de seminarista, hizo algo parecido con niños pobres, multiplicando juguetes y golosinas en el día del niño.

Pero sigamos.

No podemos quedarnos solamente con el milagro. Porque hay también un signo y un símbolo en esta multiplicación.

2) La simbología de la multiplicación

Un alimento que no sólo no se acaba, sino que sobra: ese será el símbolo de los panes y los peces, pintados incluso varias veces en las Catacumbas de Roma.

Las turbas estaban hambrientas pero no decían nada; seguían a Cristo por días y días, incluso olvidándose de la comida, porque se alimentaban de la palabra de Dios, esa palabra que, como dice el salmo “son más dulces que la miel para mi boca” (Sal 119).

De hecho, no son las multitudes sino los discípulos los que le recuerdan al Señor que la gente “tenía hambre”, aunque el Señor sabía que “no sólo de Pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”, como le había recordado Jesús al demonio durante las tentaciones del desierto (Mt 4,4).

¡Qué absortos deberían estar escuchando las palabras que salían de la boca del Señor!

¡ Es que cuando uno disfruta realmente de algo hasta se olvida de comer!

 

Por eso es que, luego de la multiplicación, Cristo dirá: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6,35). Porque ya no se refería a ese pan multiplicado, sino al Pan de los ángeles, a Su propio Cuerpo.

¿Y por qué no tendrán más sed ni hambre quienes coman de ese pan? Porque la eucaristía es medicina del alma para quien bien la comulga, pero condenación para quien la traga indignamente.

Por eso es que debemos tener el alma en gracia para poder recibirla, de lo contrario, como San Pablo dice, “quien come indignamente el Cuerpo del Señor, está comiendo su propia condenación” (1 Cor 11, 27-29)

3) La disposición para la sagrada comunión

Ahora ¿por qué no se da esto en nosotros, que intentamos comulgar cada vez que estamos en gracia? ¿por qué el pecador sigue con sus impurezas, con sus blasfemias, con sus calumnias? ¿por qué la Eucaristía no nos termina de convertir?

Porque la gracia del Sacramento, opera en nosotros según nuestro grado de caridad, no como por arte de magia. Es como el agua que cae en un balde; si ese balde está lleno de agujeros, difícilmente pueda llenarlo.

Es decir: porque comulgamos quizás en gracia de Dios, pero sin verdaderos propósitos de santidad. De hecho, como decía San Francisco de Sales, “bastaría una sola comunión bien hecha para que pudiésemos ser realmente santos”.

Una sola.

Bastaría una sola comunión bien hecha para dejar la fornicación, la idolatría, la lujuria, la ira, el orgullo, etc.

Esta es la razón por la cual, la Santa Madre Iglesia, en cada Misa, antes de que el sacerdote comulgue, lo obliga a pronunciar mentalmente esta oración, como preparación próxima a la comunión; para que pueda recibirla con fruto:

“Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que por voluntad del Padre y con la cooperación del Espíritu Santo, por tu muerte diste la vida al mundo; líbrame por este tu santísimo Cuerpo y Sangre de todos mis pecados y de todos los males. Haz que permanezca siempre fiel a tus mandamientos y no permitas que jamás me separe de Ti… Que la participación de tu Cuerpo, Señor Jesucristo, que yo, indigno, me atrevo a recibir, no sea para mi juicio y condenación; sino que, por tu bondad, me aproveche como protección del alma y del cuerpo, y como remedio saludable”.

¡Y también los fieles podrían rezarla, o alguna parecida!

Porque, ¿qué amante no se prepara para ver a su amada?; ¿qué siervo no se viste de gala para ver a su rey?¿qué hijo no busca las mejores palabras para pedir un favor a su padre?

¿Porque, cómo pretender que una perla luzca si la escondo en un basural? ¿cómo hacer que mi cuerpo huela bien si nunca lo baño? ¿cómo pretender que el recipiente se llene si yo mismo lo estoy limitando con mi cobardía, con mi pequeñez de alma, sin querer armar un buen lugar para recibir al Señor?

– “Padre” -me decía una vez un hombre- “yo soy un esclavo de la pornografía. ¿Qué puedo hacer?”.

– Pues dígame mi amigo, ¿cuándo y dónde peca? – le pregunté ¿cuándo le vienen las tentaciones?

– Pues durante la noche…, cuando me voy a dormir. Dejo mi teléfono en mi mesa de luz, me pongo a ver los mensajes, las noticias, me tiento, y caigo… Y siempre lo mismo…

– Pues bien, entonces, Ud. ya sabe qué hacer. La ocasión de pecado es ese aparato. Cómprese un reloj despertador antiguo y deje el teléfono fuera de su habitación, lo más lejos posible.

Porque no se puede triunfar sin luchar. Y no se puede pretender que el negocio en bancarrota mejore, haciendo siempre lo mismo… Y si eso lo hacemos con las cosas del mundo, ¡cuánto más deberíamos hacerlo para salvar nuestras almas!

 

Jesús multiplicó los panes y quiere multiplicar las gracias a través de Su Cuerpo. Quiere que ese diamante embellezca y eleve el recipiente.

Por eso, en esta Santa Misa, en que nos alegramos aguardando el misterio de nuestra Redención, hagamos firmes y santos propósitos de aprovechar cada comunión como si fuera la primera, la única y la última de nuestras vidas, para que nos aproveche para la Vida Eterna.

Amén.

P. Javier Olivera Ravasi, SE

San Francisco, 15 de Marzo de 2026


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