La anunciación del Señor y la gracia de ser cristiano

San Francisco, 25 de Marzo de 2026

Javier Olivera Ravasi, SE

Hoy celebramos la Encarnación del Verbo, el anuncio del Arcángel San Gabriel a María Santísima, la mujer de la promesa, la Virgen profetizada en Isaías 7,14 que se encargaría de ser la Madre del Mesías esperado.

Es que, de los miles modos en que Dios podría haber redimido al género humano luego del pecado original, eligió el mejor, sin lugar a dudas, para darnos un ejemplo y para que, como San Pedro dice, también nosotros “sigamos sus huellas” (1 Pe, 2,21).

La promesa del Mesías ya comienza a vislumbrarse en el mismo libro del Génesis, cuando luego del pecado, Dios nuestro Señor dice a la serpiente:

“yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón” (Gén 3,15).

La “descendencia de la mujer”, es decir, la descendencia de Eva, es una referencia clara a ese modo en que la historia se irá desarrollando, donde aunque el demonio sea el príncipe de este mundo, un descendiente de la nueva Eva, la Virgen María, será el rey de reyes y señor de señores.

Aún Israel no existe, pero ya Dios Nuestro Señor comienza a anunciar el modo en que salvará al género humano entero.

Será más adelante que Dios escogerá a Abraham (Gén 12:3; 22:18) como cabeza de naciones, prometiéndole que, a través de su descendencia, “serán benditas todas las naciones de la tierra”. Es decir, no sólo Israel. Israel es un medio para que, de allí, venga el Mesías, el esperado.

Y ese Mesías de Yahvé, un ser personal y no grupal, es anunciado permanentemente por los profetas.

Isaías dice que nacerá de una virgen: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Dios con nosotros) (Is 7,14).

Y Miqueas nos dirá que nacerá en Belén (Miqueas 5,2).

Jeremías, que será un renuevo justo de David (Jer 23,5).

Y Daniel, que traerá justicia (Dan 7,13).

El anuncio se hace realidad

Y lo que el pueblo elegido, Israel, esperaba con ansias, lo que anhelaban deseosos, es lo que en el año 0 de la era cristiana sucede y que hoy recordamos.

Dios hecho hombre, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, el Lógos del Padre, se encarna milagrosamente en el seno de María Santísima. Un solo ser divino que asume una naturaleza humana, sin dejar de ser Dios, pero siendo hombre a la vez.

Jesucristo, el Señor, el nuevo Adán nacido de la nueva Eva que es María pues, como dice el apóstol San Pedro:

“Así como por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos porque todos pecaron…, así también la bondad de Dios reinó haciéndonos justos y dándonos vida eterna mediante nuestro Señor Jesucristo” (Rom 5,12).

Y luego de esta Encarnación del Verbo, 9 meses después, vendrá la Navidad, el nacimiento del Señor que vivirá 30 oculto, sin mostrar su divinidad ni su mesianismo, hasta que llegue el momento de Su vida pública, Su Pasión, muerte y resurrección del Señor; todas cosas, éstas, que contemplaremos en apenas unos días, durante la Semana Mayor de la Iglesia.

¿Y qué enseñanzas podemos sacar de todo esto?

La primera, es que debemos sentirnos privilegiados y agradecidos eternamente por pertenecer a la única religión verdadera, la religión que Dios decidió comunicar a su Pueblo, al Pueblo de Israel, el pueblo de las promesas; pueblo que luego lo traicionará y que lo mandará, por medio de sus jefes, a la muerte.

El Nuevo Israel, luego de Cristo, es la Iglesia Católica, pues como dice Santo Tomás, la ley antigua, luego de la venida del Mesías, es lex mortua et mortífera, es decir, es ley muerta y que mata.

Porque el Mesías ya llegó, por eso debemos rezar y obrar para que el pueblo judío también se convierta.

No pertenecemos a falsas religiones, como las de falsos profetas; no seguimos a John Smith, ni a Mahoma, ni a Buda, ni a Lutero. Seguimos las enseñanzas del Mesías de Dios, del Dios con nosotros, que nos ha dejado Su Iglesia como columna de salvación y cuya cabeza visible es el Papa, que timonea la Nave “entre las tempestades del mundo y los consuelos de Dios”, como dice San Agustín.

“Gracias entonces, Señor, por habernos hecho católicos”; pecadores, pero católicos.

La segunda es que toda misión implica una responsabilidad, una respuesta. Pues así como jamás Dios da una misión sin dar también los medios para cumplirla, jamás deja sin exigir que los talentos que se nos dieron, fructifiquen.

Porque Dios es un Dios exigente, que no busca simplemente que seamos buenos, sino que seamos perfectos como dice el Señor: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Y ser seguidores de Cristo implica, como San Ignacio de Loyola dice, que quien quiera ir detrás de Cristo, debe estar dispuesto a vivir su misma vida, estando contento de comer y beber como él, trabajando con él de día y vigilando de noche, “para que así después tenga parte de la victoria con Él como la ha tenido en los trabajos”.

Porque la vida cristiana no es solo la Misa; no es sólo la liturgia, no es sólo la expresión del culto. Es una vida que, si no se muestra en las obras, como toda vida, está muerta. Por eso, vivamos donde vivamos, aún en un mundo secularizado, se nos tiene que notar que somos cristianos, como decía Chesterton cuando le preguntaron si él era un escritor católico:

– “No, yo no soy un escritor católico. Yo soy católico…, lo que pasa es que, cuando escribo, se me nota”.

Pues eso; se nos debe notar; nuestro cristianismo no puede ser uno de sacristía, sino público, notorio, apostólico, alegre y militante.

Por último, contemplar la Encarnación del Verbo nos lleva también a recordar a Nuestra Madre, María Santísima, quien con su Fiat, con su humilde sí, dio vuelta la página de la historia trayéndonos al Salvador que quita los pecados del mundo.

A ella nos encomendamos en esta Santa Misa para que, por su intercesión, podamos ser dignos esclavos de María y soldados de Cristo Rey, preparándonos para celebrar los misterios pascuales y, con él, agradezcamos este misterio de Dios que es el de la Redención.

P. Javier Olivera Ravasi, SE San Francisco, 25 de Marzo de 2026


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