El pueblo que hoy te viva, mañana te condenará
Sermón para domingo de Ramos
San Francisco, 2026
P. Javier Olivera Ravasi
El domingo de Ramos, una semana antes de la Pascua de Nuestro Señor, es decir, del paso de la muerte a la vida, nos retrotrae a la semana trágica, a los días en que todo el mundo se encontraba en Jerusalén, cumpliendo con el precepto de la visita al Templo de Salomón.
Eran tres veces al año en que los judíos varones debían intentar visitar el magnífico Templo que sería destruido en el año 70 de nuestra era cristiana: en la fiesta de los Tabernáculos, en la fiesta de Shavuot y en la Pésaj, que rememoraba el paso del Mar Rojo.
Jerusalén tenía unos 60.000 habitantes por entonces, pero cada año, para esa fiesta, llegaba a tener 300.000 personas de visita. Es decir: la ciudad estaba completamente llena.
Partos, medas, elamitas, galileos (cf. Hch 2,9-11), todos intentaban viajar para esa época a la tierra prometida.
Y muchos, muchos, conocían al rabbí de Galilea, al “hijo del carpintero” (cf. Mt 13,55), al predicador ambulante que había pasado 3 años predicando, principalmente, al norte de Judea.
Y todo sucedería como estaba planeado. Todo llegaría pronto a su fin.
Años de destierro en Egipto…, vida oculta de carpintero… tres años de predicación.
Atrás quedarían las tentaciones desérticas, el agua transformada en vino, la curación de los ciegos, de los paralíticos, de las hemorroísas… Atrás los posesos exorcizados… Atrás las multiplicaciones de los panes, las expulsiones del Templo y los admiradores ocultos que iban a verlo de noche como Nicodemo.
Hacía tiempo que los falsificadores de la religión, los fariseos y los que querían un mesías carnal buscaban matarlo; no lo hacían sólo por temor a las multitudes que lo seguían, por temor a los que hoy lo aclamarán como el Rey esperado, “el Hijo de David”.
Sin embargo…, sin embargo, los que hoy lo vitorean, mañana lo condenarán.
Los que hoy decimos, “Bendito el que viene en nombre del Señor…” (Mt 21,9; Sal 118,26), mañana lo traicionaremos.
Porque esa es la vida cristiana. Muchas veces: “¡amo a Jesús!”, para mañana traicionarlo.
Vivarlo hoy para mañana desconocerlo.
Y entra el Rey. Entra sentado en un borrico (cf. Zac 9,9; Mt 21,5); entra manso y humilde de corazón (cf. Mt 11,29).
Y todos vivan, todos cantan, aunque mañana le condenaremos…
Allí están: la prostituta perdonada, el ciego de nacimiento, y hasta Lázaro revivido. Allí está San Pedro y hasta Judas, que en pocos días lo traicionarán y lo negarán.
Y todos… todos gritan “Hosanna, Hijo de David” (Mt 21,9).
Porque hoy; todos te vivan, pero mañana, mañana te condenarán…
Sin embargo el Señor, Segunda persona de la Santísima Trinidad hecha hombre, va enhiesto, firme, como un roble, como un león, que ante la mirada de sus súbditos pasa impertérrito, grandioso, feroz.
Hoy: “¡Hosanna Hijo de David!” (Mt 21,9). Mañana: “Te aseguro que no lo conozco…” (Mt 26,72).
Es que en el hombre existe “mala levadura” (cf. Mt 16,6; 1 Cor 5,6). Y a veces, a veces fermenta mal…
✠ ✠ ✠
Pero… ¿qué pensar? ¿qué meditar cuando llega la Semana Mayor de nuestra sagrada liturgia?
Pues, en primer lugar, como intentamos hacer cada año, recordar el misterio de nuestra Fe, el modo en que el Señor quiso salvarnos, quiso rescatarnos.
No fue con oro y plata (cf. 1 Pe 1,18); no fue por medio de la violencia; no fue gracias a las tácticas humanas, sino que pagó por medio de Su sangre, con cada gota de ella, para que pudiésemos tener vida eterna.
Y pagó por nosotros, amándonos primero, a pesar de que éramos enemigos suyos por medio del pecado. Por eso: la primera cosa es dar gracias a Dios. Gracias por habernos creado, habernos redimido y habernos hecho cristianos.
Ahora, amor, con amor se paga (cf. Jn 14,15). Por eso, hay que preguntarse lo que se preguntaba San Ignacio de Loyola: “¿Qué hecho por Cristo? ¿qué hago por Cristo? ¿qué he de hacer por Cristo?”.
En segundo lugar, buscar con radicalidad, al contemplar estos sagrados misterios, una vida de mayor configuración con el Señor.
La vida de santidad no se trata de hacer milagros; no se trata de tener visiones; no se trata de volar por los aires, sino de hacer aquello que San Pablo decía: “ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo que vive en mí” (Gal 2,20).
El cristiano debe buscar mirar como Cristo miró, hablar como Cristo habló, querer lo que Cristo quiso y despreciar lo que Él despreció. Esto es una verdadera vida “en Cristo”: configurarnos en todo con Él e intentar en este breve período de nuestra existencia, que nuestra Luz brille ante los hombres para que, viendo los otros nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los Cielos (cf. Mt 5,16).
Por último, este viernes Santo contemplaremos no sólo la entrega de sí mismo que Cristo realiza, sino, antes de ello, la entrega de Su propia madre a todos los cristianos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26-27). María, la Madre del Señor, es a partir de entonces, nuestra propia Madre, la Madre de los dolores, que enjuga nuestras lágrimas y consuela nuestras penas.
A ella encomendamos nuestras almas para que, por su intercesión, Su Hijo nos conceda las gracias que le pedimos en esta Santa Misa.
¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios!
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
P. Javier Olivera Ravasi
San Francisco, 29 de Marzo de 2026

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