¿La violencia siempre es mala? Respuesta a un comentario

¿La violencia siempre es mala?

Respuesta a un comentario

 

Publicamos aquí un texto breve a raíz de un comentario realizado en nuestro blog acerca de la violencia en las Cruzadas.

Comentario: “Para nada de acuerdo…no se pueden justificar guerras armadas, de parte de personas llamadas a la paz y al amor..y  demostrarlo para con los demás…las guerras que sucedieron en el Antiguo Testamento nos sirven para llevarlas a un plano NETAMENTE espiritual, no físico, cuando Jesús vino a este mundo lo hizo para establecer un nuevo pacto, en el cual las “acciones”, los “hechos” físicos ya no tenían el valor como antes, todo ahora (y en el tiempo de las cruzadas) es espiritual, y eso es algo que la Iglesia Católica parece no querer entender… En el tema de las cruzadas, no creo que sean justificables, ya que Dios, desde la venida de Jesús, nos exhorta a una vida espiritual y a que nuestras “guerras” sean en ese plano exclusivamente, y como ya dije, en la época de las cruzadas, Jesús hace rato que había dejado esas reglas en la tierra……”

 Respuesta:

Estimado: muchas gracias por su comentario. Respecto a lo planteado, intentaremos dar una breve respuesta.

En primer lugar, como se lee en el actual Catecismo (Nº 828): “al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51). Es decir, la Iglesia, cuando define en un acto magisterial definitivo (la canonización) que alguien está en el Cielo, no sólo declara que alcanzó la salvación practicando las virtudes en grado heroico, sino que se lo propone como modelo a seguir, es decir, que un fiel llevando ese género de vida, puede alcanzar también la salvación.

Ahora bien, la pregunta está en lo siguiente: ¿Puede alcanzarse la salvación empuñando las armas?

El padre Alfredo Sáenz, en ese hermoso libro titulado La Caballería[1], hace un breve análisis que aquí resumimos acerca de la guerra que, como tal, no puede ser grata a nadie. Recuerda el sacerdote jesuita lo de San Agustín, de que “la guerra se hace para lograr la paz[2], por lo que, por repugnante resulte a primera vista, en no pocas circunstancias acaba por ser una necesidad. Y sería tan inhumano ser belicista por principio como pacifista a ultranza. El mismo santo doctor agregaba: “no pienses que nadie puede agradar a Dios si milita con armas de guerra. Militar era el santo David… Soldado era aquel centurión… Soldado era Cornelio, etc… No se busca la paz para promover la guerra, sino que guerra se hace para lograr la paz. Sé, pues, pacífico aun cuando pelees, para que venciendo a aquellos contra los cuales luchas los lleves a la paz”.

La Iglesia sólo autorizó las guerras justas. “Hay guerra justa –escribe San Agustín– cuando se propone castigar la violación del derecho, cuando se trata, por ejemplo, de castigar a un pueblo que se rehúsa a reparar una acción mala o a restituir un bien injustamente adquirido[3]. Debe agregarse, con Rábano Mauro, el caso frecuente de una invasión que siempre es legítimo repudiar con la fuerza. El más grande enciclopedista de la Edad Media, Vicente de Beauvais, en los mismos años en que toda Francia escuchaba o leía cantares de gesta, durante el reino de San Luis, desarrolló la doctrina agustiniana que siguen vigentes hasta el día de hoy: “Tres son las condiciones para que una guerra sea justa y lícita: la autoridad del príncipe que ordena la guerra; luego, una causa justa, y, por fin, una intención recta”. Y agregaba el compilador del siglo XIII: “Por causa justa hay que entender que no se va contra sus hermanos sino cuando han merecido un castigo por alguna infracción al deber, y la intención recta consiste en hacer la guerra para evitar el mal, para hacer avanzar el bien[4]. No otra cosa enseñaba Santo Tomás de Aquino.

La idea de la legitimidad de algunas guerras y de la grandeza del soldado cristiano, hizo en el mundo occidental, entre los siglos IV al X, progresos tanto más sensibles, cuanto que se vivió en pleno horror de invasiones, barbarie, luchas mortales entre religiones y razas. No fue extraño que los Padres Apostólicos soñasen con una tierra nueva en la que florecería la paz del Evangelio, aquella paz que Cristo vino a traer al mundo. Pero esas teorías admirables —y un tanto utópicas— debieron inclinarse ante la cruda realidad. El mismo San Agustín, que debió vivir durante las invasiones de los Vándalos, se preguntaba: “¿qué hay de condenable en la guerra? ¿la muerte de hombres destinados a morir tarde o temprano? Tal reproche, en verdad, es para uso de cobardes, y no de hombres verdaderamente religiosos. No, lo que es culpable es el deseo de dañar a otros hombres, el amor cruel de la venganza, el espíritu implacable y enemigo de la paz, el salvajismo de la rebelión, la pasión del dominio y del imperio. Importa que tales crímenes sean castigados, y tal es precisamente la causa merced a la cual, por orden de Dios o de una autoridad legítima, los buenos se ven obligados a emprender en ocasiones algunas guerras”[5].

La guerra siempre es una desgracia, pero conviene, ya que es inevitable, justificar a los que la hacen honestamente y por el triunfo del bien. Pascal lo ha expresado con palabras insuperables: “Así como es un crimen turbar la paz donde reina la verdad, es también un crimen permanecer en paz cuando la verdad es destruida. Hay pues un tiempo en que la paz es justa y un tiempo en que es injusta. Se ha escrito que hay un tiempo de paz y un tiempo de guerra; es el interés de la verdad el que los discierne”.

Ahora bien: no toda violencia es mala y hay algún pacifismo que sí lo es; ¿qué le diríamos al violador que, al entrar en casa, desea satisfacer sus placeres con una hija propia? ¿quién dudaría en intentar defender a un hermano cuando la no resistencia podría ser un signo de escándalo para otros?

La Iglesia siempre ha distinguido entre el inimicus, el enemigo a nivel personal y el hostis, el enemigo público. Ante el primero uno puede (y en muchos casos debe) humillarse. Pero no ante el segundo.

¿Qué haríamos si, a una joven que va acompañada de su novio por la calle, al pasar junto a un grupo de muchachotes, alguno le diese un indecente manotón en el trasero?¿qué debería decir el novio? ¿Acaso: “Amor mío: pasemos de nuevo para poner la otra mejilla”? No señor; más vale perder un par de dientes y no el honor debido.

El mismo que dijo hace 2000 años “no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5,39), también alabó al centurión romano por su Fe sin “discriminarlo” e incluso armarse en ciertas circunstancias: “pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada” (Lc 22,36); asimismo, viendo que su silencio podía causar escándalo cuando no se defendía frente al sirviente del sumo sacerdote, dijo sin temor a contradecirse: “si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23) y no puso la otra mejilla. Asimismo, al menos en dos oportunidades, usó de una violencia justa para echar a los mercaderes del Templo, según se lee en el Evangelio (Mt 21,13 y Jn 2,15). Y antiguamente, la Iglesia no dudaba en canonizar a quienes, habiendo alcanzado las virtudes heroicas, incluso habían empuñado las armas en guerra justa; basta con recordar aquí a San Fernando, a San Luis Rey o a Santa Juana de Arco, entre otros.

En fin; la historia es magistra vitae (“maestra de la vida”) y hay verdades que, por no repetidas, terminan por olvidarse.

                                                                       Que no te la cuenten…

Padre Javier Olivera Ravasi, IVE

 

 

 


[1] Alfredo Sáenz, La Caballería, Gladius, Buenos Aires 1991, 28-33.

[2] San Agustín, Carta a Bonifacio, Ep. 189, 6.

[3] San Agustín, Quaestiones Heptateuchum VI: PL 34, 781.

[4] San Agustín, Speculum morale, I. III, pars V, dist 124.

[5] San Agustín, Contra Faustum: PL 42, 447.

One Comment

  1. Excelente lectura, deja claro el buen orden que tienen las cosas.
    Ya lo cuenta Marechal en su Didáctica de la Alegría
    -Sea la paz el agua de tu día
    y el vino de tu noche.
    Pero si la justicia te llamase a una guerra,
    ceñirás tu buen casco y empuñarás tu lanza.
    Y verterás tu sangre y la del otro,
    fiel a una rigurosa economía.
    La tierra se alimenta con la sangre del justo,
    y con la del injusto se purga sabiamente.

    gracias.

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