La Vida Contemplativa y la Evangelización de América (2 de 5)

En la entrega anterior analizábamos el aporte de la vida contemplativa carmelitana a la Evangelización de América. Procuraremos ahora analizar a la luz de los documentos pontificios y reales la escasez del aporte monacal en esta inmensa obra.

 

Las órdenes contemplativas y la evangelización de América

El Papa León XIII en su carta encíclica Quartoabeuntesaeculo considera al Descubrimiento como el evento por sí mismo “más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás”; y hace una valoración laudatoria de la magnitud del“valor e ingenio” de Cristóbal Colón. El Papa considera que por su obra:

emergió de la inexplorada profundidad del océano un nuevo mundo: cientos de miles de mortales fueron restituidos del olvido y las tinieblas a la comunidad del género humano, fueron trasladados de un culto salvaje a la mansedumbre y a la humanidad, y lo que es muchísimo más, fueron llamados nuevamente de la muerte a la vida eterna por la participación en los bienes que nos trajo Jesucristo.

Colón,sostiene León XIII, “abrió el camino a América en un momento en que estaba cercana a iniciarse una gran tempestad en la Iglesia”. De allí que considere a los eventos suscitados por Colón “un designio verdaderamente singular de Dios, para reparar los daños que en Europa se infligirían al nombre católico”. El mismo Papa recuerda que “llamar al género de los Indios a la vida cristiana era ciertamente tarea y misión de la Iglesia. Y ciertamente la emprendió en seguida desde el inicio, y sigue haciéndolo, habiendo llegado recientemente hasta la más lejana Patagonia”[1].

Esta obra enorme de expansión de la cristiandad fue en gran medida llevada a cabo por las órdenes religiosas. La primera Orden religiosa que penetró en Iberoamé­rica, escribe el P. Pólit, fue sin duda la de San Benito, representada por el Padre Boyl primer sacerdote y oficiante de la primera Misa en América, quien había dejado el claustro a pedido de los Reyes para acompañar el viaje[2]. Sin embargo, yerra parcialmente el autor. Es cierto que Fray Bernardo Boyl fue elegido por los Reyes Católicos confirmado por la Curia Romana, como primer vicario o delegado apostólico de la Santa Sede, con la potestad de erigir monasterios[3]. Sin embargo:

Bernardo Boyl había ya perdido la condición monástica cuando se embarcó para Indias el año 1493 en el segundo viaje de Colón… Condición monástica que había adquirido como ermitaño de Montserrat, pero que ya no tenía cuando su travesía ultramarina, al haber aceptado el año anterior ser el vicario general en España de San Francisco de Paula para su recién fundada Orden de los Mínimos[4].

Se dieron casos de monjes que, a título personal desvinculados permanente o transitoriamente de sus monasterios, viajaron a América. Tal el caso el jerónimo fray RomanPane que integraba la segunda expedición colombina, que, según Zubillaga, se empeñó en el aprendizaje de las lenguas autóctonas[5]. Así también los jerónimos Luis de Figueroa, Alonso de Santo Domingo, Bernardino de Manzanedo que integraron el triunvirato gobernador nombrado por Cisneros para ejecutar las ordenanzas de 1516, reformatorias de las de Burgos de 1512. Igualmente, cuatro jerónimos participaron en la fundación de Buenos Aires en 1536 y estuvieron presentes en la de Asunción en 1537. Otro caso es el del fraile Diego de Ocaña, en 1599, recolector de limosnas desde Panamá a Chile, para el monasterio extremeño de Guadalupe. Hubo también monjes obispos en América, cosa que se dio hasta los días de la independencia. Tales, por ejemplo, los teólogos benedictinos Antonio Sanz, Francisco Mendigafla y Pedro Tapis, que ciñeron las mitras de Santa Fe de Bogotá, Santo Domingo y Durango[6].

Pero es evidente que la presencia principal fue la de las órdenes mendicantes de vida apostólica[7].

En el campo de la vida religiosa contemplativa, los monasterios femeninos tuvieron mayor presencia; entre esos monasterios los de carmelitas descalzas, las hijas de Teresa de Jesús, ocupan un lugar prominente. Poco después de la muerte de la santa:

América recibió a los representantes del Carmelo reformado. (…) De entonces acá se han levantado, entre el Atlántico y el Pacífico, desde el San Lorenzo hasta el Río de la Plata, más de cincuenta monasterios de carmelitas descalzas, como otros tantos castillos y baluartes de lo sobrenatural en la tierra americana[8].

Como apunta Linage Conde en el caso de la vida religiosa femenina “es mucho más difícil que, al ocuparse de los cenobios de hombres, diferenciar, más allá de la dimensión externa por supuesto, las viejas órdenes monásticas de las familias religiosas posteriores”. En este caso sí hubo importantes fundaciones a pesar de no tener correlato masculino. Así, por ejemplo, el Monasterio cisterciense de la Trinidad de Lima, de 1580, “contó con una comunidad muy numerosa, de cien monjas de coro y doscientas entre novicias, freilas y sirvientas”[9]. También los de jerónimas de Santa Paula y San Lorenzo en México y San Jerónimo en Puebla de los Ángeles.

El caso de los cenobios masculinos es bastante distinto. Podríamos preguntarnos por qué la corona no tuvo interés en enviar a América de manera sistemática a las órdenes monásticas, como sí hiciera con las mendicantes. Como expresa Linage Conde: “el problema liminar y decisivo que debe preocuparnos es el de la causa verdadera de la casi total ausencia de las órdenes monásticas en el Nuevo Mundo”[10]. Porque algo que está fuera de toda duda es que si en América española apenas hubo dos monasterios de monjes benedictinos, uno en México y otro en Lima (ambos sufragáneos del de Montserrat)[11], “no parece debió serlo porque su manera de vivir o pensar no interesase en aquellas latitudes ni fuera incompatible con los criterios de la colonización”[12]. Prueba de ello son los varios intentos y pedidos de fundación, y, sobre todo la importante cantidad de americanos que fueron monjes en España, lo que muestra el prestigio de la vida monástica en Hispanoamérica[13].

La cuestión es de difícil resolución y, a nuestro juicio, son varias las causas. En un intento de sistematizarlas podríamos mencionar: en primer lugar, la causa pontificia. Hasta mediados del siglo XV las misiones de Oriente tuvieron carácter estrictamente pontificio, pero luego con las empresas descubridoras portuguesas y españolas los Papas se propusieron asociar a los monarcas en la empresa misionera[14]. Así en la Bula Inter caetera, de 1493, Alejandro VI manda a los Reyes Católicos a que destinen varones probos y temerosos para adoctrinar a los indígenas[15]. Sin embargo, la más importante fue la conocida como Omnímoda, dada por Adriano VI en 1522 con el nombre de Exponinobisfecisti. En ella el Papa dispone que:

todos los frailes de las Órdenes mendicantes, principalmente de la Orden de menores de la regular observancia que, sintiendo vocación misionera, quisieran pasar espontáneamente a las Indias para la conversión e instrucción en la fe de los naturales, puedan hacerlo lícita y libremente, con la aprobación y licencia previa de sus prelados[16].

De modo que, si bien se involucraba a los monarcas en el envío de los misioneros, lo hacía dentro de ciertos límites claramente establecidos por el Pontífice. Límites en los que se establecía la participación de las órdenes mendicantes y no monásticas.

En segundo lugar, el veto de los monarcas. Así tenemos el caso de los fracasos de los intentos de fundación de una cartuja por Juan Bautista Torrón en 1564 y de los jerónimos por Diego de Santa María en 1574 y 1576 los que chocaron con la negativa de Felipe II[17]. Sin embargo, se dio también el caso inverso. En el capítulo benedictino de 1532 se trató la petición de Carlos V de que la Orden fundara en América. Finalmente se accedió a condición de que la corona les edificara las casas y asegurase las rentas. La cosa quedó en nada, lo que Linage Conde interpreta como signo de la tibieza de los monjes en la decisión. Interpretación que refuerza aludiendo a la consulta que en 1550 los monjes hicieron a San Ignacio de Loyola para saber si le parecía conveniente que ellos fundaran en América[18]. Por eso, el autor, ante los historiadores que invocan el “veto regio al establecimiento de las órdenes contemplativas en Indias, por extraños sus fines a las necesidades misionales”[19], considera que no fue decisivo y para demostrarlo menciona, entre otras razones, el gran impulso logrado por los monasterios benedictinos en Brasil, lo que lo lleva a desechar las prohibiciones legales como la causa principal, porque afirma: “Siendo ineludible convenir en que las alegadas prohibiciones legales habrían podido ser arrumbadas o soslayadas si el necesario empuje expansivo para aventurarse por los caminos del océano y transplantarsea la otra orilla se hubiera dado en las viejas órdenes”[20]. Sin embargo tales prohibiciones existieron y por eso las hacemos constar como una segunda causa[21].

La tercera de las causas de la escasez monástica americana, como señala Linage Conde, tendría relación con la falta de empuje de las antiguas órdenes. El autor señala que así como los benedictinos que participaron de la reconquista, sin embargo no solicitaron parcelas para establecer monasterios en Andalucía, sucedió del mismo modo en América, donde las viejas órdenes no tuvieron interés de establecerse por temor a la escasez de rentas o por la distancia. Lo que lleva al autor a asentar la siguiente conclusión:

Es que las viejas órdenes habían ya visto tramontar su curva ascensional. Vivían un tanto de rentas y en el orden espiritual más que en el otro estamos pensando al así escribir. Carecían de empuje fundacional y por eso cedieron el paso a los más nuevos frailes. Lo mismo fue el caso de América[22].

Así pues confluyeron la oposición pontificia y la real, con la propia inercia y desgano del monacato a resultado de lo cual la presencia monástica en América fue escasa.

 


[1] León XIII, 1892.

[2]Pólit Laso, 1905, p. 7, 8.

[3]Zubillaga, 1995, p.220.

[4]Linage Conde, 1983, p. 65-96.

[5]Bruno,1992, p. 221.

[6]Linage Conde,1983, p. 76.

[7]Franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios, jesuitas, capuchinos, y bastante más tarde los salesianos. Cfr. Bruno,1992.

[8]Pólit Laso, 1905, p. 28.

[9]Linage Conde, 1983, p. 83.

[10]Linage Conde, 1983, p. 70.

[11]Si consideramos toda Ibero América habría que mencionar también al monasterio Benedictino de San Sebastián en Brasil. Hubo además tres establecimientos Jerónimos en México, Lima y el Cuzco, pero la actividad de estas casas se limitaban a la impresión de la Bula de Santa Cruzada y la distribución de Breviarios reformados por San Pío V, pero eran pequeñas casas de procura. Cfr. Linage Conde, 1983, p. 82.

[12]Linage Conde, 1983,  p. 71.

[13]Americanos hubo en los monasterios cartujos, trapenses, cistercienses y benedictinos de España. Cfr. Linage Conde, 1983, p. 77-79.

[14]Bruno, 1992, p. 23.

[15] Otras bulas fueron otorgadas para el envío de fray Bernardo Boyl: Piisfidelium, también en 1493; otra fue otorgada por León X en 1521: Alias felicisrecordationis

[16]Bruno, 1992, p. 25. Las órdenes eran franciscanos, dominicos, agustinos y carmelitas. Los carmelitas fueron luego reemplazados por los mercedarios. Los capuchinos y los jesuitas consiguieron el libre acceso más tarde.

[17]Linage Conde, 1983,p. 80.

[18]Linage Conde, 1983,p. 85.

[19]Linage Conde, 1983,p. 72.

[20]Linage Conde, 1983,p. 74.

[21] Nos permitimos hacer una digresión para señalar que es verdaderamente curioso que tanto el Pontificado como los Reyes se hayan opuesto o no hayan promovido la presencia monacal en América, sobre todo si consideramos, como apunta Pólit, en el hecho de la “misteriosa solidaridad” del cristianismo: “todos somos hermanos, debemos ayudarnos recíprocamente a llevar nuestra carga. Este deber lo cumplen las religiosas de vida activa, acudiendo principalmente a las necesidades temporales, socorriendo al ignorante, al enfermo, al pobre, al encarcelado. ¿Y no hay por ventura necesidades espi­rituales, mayores aún que aquéllas? ¿Podrá darse mayor desgracia que el pecado y la enemistad con Dios, para individuos y sociedades? Sabed, pues, ¡oh enemigos gratuitos de las Órdenes contemplativas! que ellas tienen por uno de sus fines capitales expiar los pecados de los países en donde viven, orar por los que no oran, amar a Dios por los que no le aman, pedir la conversión de los infieles, interceder por los pecadores, sacrificarse por éstos, y salvar muchísimas almas que sin ellas no se salvarían”. (Pólit Laso, 1905,p. 26.)

Y para resaltar el aporte de los contemplativos trae a colación una expresión del Cardenal Gibbons referida a Estados Unidos pero aplicable al resto de América: “Si hay un país, en que la vida contemplativa sea necesaria, es nuestra joven y activa república, donde el espíritu de acción anima a todas las clases sociales. A esta actividad, para que no sea exclusiva y absorbente, deben hacer contrapeso la reflexión y la contemplación, las cuales aprenderemos de las órdenes contemplativas. Gracias a Dios, la vida contemplativa no es desconocida entre nosotros, y nos muestra que los días de heroísmo no han pasado aún del todo. ¡Viva, pues, y florezca siempre!” (Currier, 1890).

[22]Linage Conde, 1983,p. 75.

 

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