Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (5-5). Verdaderas razones del odio contra Borgia

Las razones de los ataques

Así como enumeramos antes las acusaciones, digamos ahora cuáles fueron sus orígenes.

 

1) La calidad de sus enemigos y el férreo gobierno en el Papado

Es necesario advertir que la principal diferencia de este Papa con los otros del Re­nacimiento está dada por la calidad de los enemigos po­líticos que tuvo. Es aquí donde aparecen las figu­ras que cuentan en este entresijo público. Un Carlos VIII, Rey de Francia, o un fray Jerónimo Savonarola O.P., el dicta­dor rigorista de Florencia, quien, al tiempo que atacaba al Papa, hipostasiaba la imagen del rey francés. Y, por supuesto, la lucha del clan de los «catalanes» (en realidad, valencia­nos de Játiva), con las otras facciones romanas.

Alejandro VI hizo política temporal en los Estados Pontificios, conforme a las circunstancias del Renacimiento, e intentó romper las bases de la feudalidad romana. «Yo no acepto ser esclavo de mis baro­nes», dijo; y, con ello, inició una lucha constante con los Colonna, Orsini, Savelli, Conti y otros.

Sus enemigos contaban con un gran aliado: el Rey de Francia, quien intentó someterlo a tutela y a cautiverio en Sant’Angelo. Rodrigo, con auxilio hispano, se liberó de tal dependencia, e impuso su férrea mano sobre los nobles romanos traidores:

Si ahora empieza la lucha, también empieza a crearse la fama de los Borgia. Es ahora cuando todos estos poderosos señores con grandes Cor­tes (…), al verse amenazados, se lanzan a una campaña de descrédito en contra del Papa y los suyos, que se intensifica a medida que van perdiendo los bienes abusivamente retenidos[1].

Éste y no otro es el origen de la campaña de difamación, a base de libelos anónimos, que enlodan el nombre de los Borgia:

El descontento contra este gobernante, que quería dominar con mano fuerte, empezó a extenderse desde la urbe al resto de Italia, y luego pasó los Alpes. El nepotismo papal ofreció un lado débil a los atacantes, y empezaron los«se dice», «se rumorea», «es opinión general». Los diplomáticos acreditados cerca de la Corte papal, para satisfacer el espíritu ávido de intrigas de Sus Señores, recogían estos rumores con beneplácito, pues el Papa les hacía sentir todo el peso de su indiscutible superioridad mental. El mundo reaccionó rápidamente contra la política del nuevo Pontífice. Los Orsini y los Colonna y las otras familias contendientes seculares tienen ahora un enemigo común, y los vemos, en una hora, pelear en las mismas filas. El Rey Ferrante de Nápoles, expresión de todo abuso y tiranía, se trueca en moralista, porque el Papa lo detiene en su avance contra los Estados de la Iglesia, y escribe una carta a los Reyes Católicos, que denuncia la vida privada de Alejandro VI. Los venecianos, para difamar al Papa, se unen a los tiranos de la Romaña, que oprimen aquellas tie­rras, y denuncian contra toda ética al Rey de Francia las relaciones y tratos secretos que tie­nen con la Corte de Roma. Los florentinos, co­merciantes tranquilos, ven siniestramente a este Papa, que quiere una Roma en lo temporal fuerte sobre una región extensa que pone cerco a su propio Estado. Los Reyes de Francia invaden suce­sivamente Italia y ocupan el Reino de Nápoles y el Ducado de Milán, y no encuentran más que a este Papa que les dificulta su avance[2].

El poder temporal de los Papas en los Estados Pontificios italianos había sido minado por el «cautiverio» de Aviñón y el Cisma de Occidente. Al regresar a Roma, los pontífices quisieron restaurar su antigua jurisdicción. No lo lograron, pero quien más cerca estuvo de procurarlo fue Alejandro VI. Ese es el designio político que lo enfrenta con tantos ad­versarios, entre ellos el mismo Fernando de Aragón.

Alejandro VI fue el iniciador de la unificación de Italia, según se estilaba en la Europa de entonces; para ello, era necesaria la desaparición del enorme poder de la nobleza feudal. Fue esto mismo lo que intentaron tanto Luis XI como los Reyes Católicos y hasta el mismo Enrique VIII. Rodrigo Borgia sucumbió en el intento viéndose sorprendido por la muerte; desde entonces, se intensificó la ola difamatoria que terminó por consolidarse con la pétrea posteridad.

Orestes Ferrara formula este juicio glo­bal:

El Renacimiento no fue una época normal. Fue una explosión de cuanto de bueno y de malo tenía el alma humana; un período en que lo que acontece no puede medirse por el rasero de la honorabilidad y del deber (…).Alejandro VI fue Papa en la época de mayor fer­mentación del Renacimiento. Y, además, el Rena­cimiento continuó después de su muerte, siendo sus enemigos los grandes personajes del tiempo, con poetas cronistas en sus Cortes, con historiado­res a sueldo que escribían de los hechos pasa­dos como pretexto para disertar sobre las ideas del presente.

Los actos del Papa, ya falseados en su época, sirvieron de base para las más exageradas acu­saciones posteriores. Tratándose de él, toda hi­pótesis fue fácilmente admitida como hecho cierto; todo lo inconcebible fue creído y propa­gado; toda impostura fue acogida. Los «rumo­res» que inventaron el interés bastardo o la agi­tada fantasía fueron reproducidos como verdades indiscutibles (…).En realidad, si una par­te de ella se formó en vida de Alejandro VI, la mayor parte se fue creando después, empezando las nuevas calumnias en el Pontifi­cado de Julio II, o sea durante el gobierno de sus enemigos. Es la historia de Robespierre es­crita por la reacción inmediata que sobrevino a su muerte. Es como si se escribiera la historia de Napoleón tomando los hechos de las gacetas inglesas de su tiempo. Es la historia de Catilina hecha sobre los discursos de Cicerón[3].

 

2) La Cruzada contra el Islam

A raíz de la caída de Constantinopla en manos del Turco, todos los Papas precedentes cumplieron con la obli­gación de financiar y organizar una cruzada. Más diligen­te que ellos fue Alejandro VI. Al respecto es útil leer esta página:

En estos años de 1500 y 1501, Alejandro VI tomó gran interés en la cuestión turca. Con su vigor habitual, se dirigía a los Príncipes de Europa para que llevasen a cabo la cruzada prometida. Pero los Estados europeos, no sólo no respondían al llamamiento, sino que se entendían con el Sul­tán más o menos abiertamente (…).El Papa, no obstante todo esto, aprovechando los entusiasmos del jubileo, reunió, el 11 de marzo de 1500, en el Consistorio, una especie de Congreso, formado por todos los Embaja­dores en Roma. En su discurso de apertura pre­sentó el peligro de una invasión turca (…).Pero los Embajadores salieron de la dificultad de aquel convenio declarando que no tenían fa­cultades (…).La inutilidad de la reunión no des­corazonó al Papa. Comprendiendo la avaricia de aquellos Soberanos, empezó a recolectar dinero directamente (…).La guerra contra el Turco, que el Papa había pre­parado con tanto esfuerzo, sacrificando hasta sus mayores entradas, había sido abandonada por ­los principales poderes[4].

En 1501, Alejandro VI insistirá en su proyecto de cruza­da, en ocasión del Tratado de Granada, entre Francia y Es­paña. Por ese convenio ambos países se dividían el reino de Nápoles (la zona napolitana para Francia, Calabria para Es­paña). Conforme al criterio medieval de la ratificación Pon­tificia, lo sometieron a la potestad de Alejandro VI. Enton­ces, el Papa aprovechó la oportunidad, e hizo una contraproposición, exigiendo una cru­zada como punto esencial del acuerdo y la parti­ción del reino de Nápoles como consecuencia de la misma. Queda así en pie, entonces, el significado de la voluntad de la Santa Sede en ese caso, que es, también, demostrati­vo de la constancia del Papado en esa gran línea política.

 

3) Donó a los Reyes Católicos las tierras «descubiertas y por descubrir»

El ideal cristiano de la Cruzada contra el Islam había sido el único marco único legitimante del Descubrimiento y Donación de América. El sostenimiento de esa empresa superior, años después de 1493, por Alejandro VI, constituye uno de los datos más positivos de su pontificado. Ya en 1460, siendo vicecanciller del Papa Pío II, Rodrigo Borgia había aplicado el excedente de 100.000 ducados de la explotación de las minas de alumbre de La Tolfa al financiamiento de la Cruza­da. Y hasta había puesto en venta los cargos de la vicecancillería con ese mismo fin. Ese es el hecho que los impugnado­res de las Bulas Indianas suponen una simonía de Alejandro VI, en colusión con Fernando de Aragón. No había tal, sino que era uno de los tantos expedientes arbitrados por Borgia para acrecentar el tesoro de la Cruzada. Esa fue la «gran ilusión de su existencia», como él mismo la llamó; pues, a pesar de las grandes diferencias éti­cas personales que lo distancian de Colón y de los Reyes Ca­tólicos, la coincidencia política y religiosa en lo principal resulta notoria: la defensa y expansión de la Fe. Y si de tal concordancia en los fines supremos de la Cristiandad devino el magno acontecimiento que incorporó América a la civilización occidental, los iberoamericanos, beneficiarios directos de esa conjunción de voluntades, no podemos te­ner sino un poco de piedad histórica para con aquel, tan escarnecido, Papa del Descubrimiento.

4) Fue el impulsor de la evangelización de la recién descubierta «América»

 

Las bulas alejandrinas, base del Tratado de Tordesillas delimitaron los fines y objetivos de la conquista española: la evangelización.

Os mandamos en virtud de santa obediencia que haciendo todas las debidas diligencias del caso, destinéis a dichas tierras e islas varones probos y temerosos de Dios, peritos y expertos para instruir en la fe católica e imbuir en las buenas costumbres a sus pobladores y habitantes[5].

 

Dichos documentos han sido considerados el primer documento constitucional del Derecho Público Americano[6], y es pertinente destacar que contribuyeron al mejor entendimiento de Castilla y Portugal. En efecto, las suspicacias y guerras entre ambas coronas llevaban ya más de un siglo y habían culminado con la batalla de Toro, que consolidó a Isabel. Recién se suavizaron con la boda de Carlos V e Isabel de Avis y con la unificación de ambas coronas en Felipe II (1580-1640, aunque luego continuaron, esporádicamente).

Esta digresión no es ociosa, porque ilustra sobre el genio político de Alejandro, quien no podía permitir rivalidades entre dos reinos poderosos y dueños del mar para concretar su sueño de cruzado.

 

5) Refrendó el matrimonio y nombró como «católicos» a los reyes Fernando e Isabel

Como ya dijimos más arriba, fue a instancias del cardenal Rodrigo Borgia que los príncipes de Castilla y Aragón pudieron subsanar los errores canónicos de su boda. Pero no sólo esto: el mismo título de «reyes católicos» les fue dado por el Papa por medio de la bula Si convenit a raíz de la política que habían llevado en sus reinos.

 

6) A raíz de la imprenta, introdujo la censura en la Iglesia

Aunque no se preocupaba mucho por lo que se dijera de él (al Embajador de Ferrara le reveló: «Roma es una ciudad libre, en donde cada uno puede decir y escribir lo que mejor le plazca; mucho malo se dice de mí, y yo no me ocupo»), Alejandro VI no sustentaba igual opinión en materia estrictamente eclesiástica:

Toda desviación en este campo la consideraba un delito. Es él, en efecto, quien introdujo la censura eclesiástica por primera vez. En una Bula de 1 de junio de 1501, después de hacer elogios de la Imprenta, declara, sin embargo, que este instrumento de divulgación, así como puede ser útil para propagar el bien, puede producir grandes trastornos al dar publicidad al mal[7].

 

7) Fue el precursor de lo que sería el Concilio de Trento, preparando la reforma de la Iglesia

Es verdad que antes de Alejandro VI se había hablado de una necesaria reforma dentro de la Iglesia, pero sólo fue a instancias suyas que se intentó. Él «conocía por larga experiencia dónde estaban los males de la organización de que formaba parte, como lo demostró en el documento en que preparó la gran reforma de la Iglesia, cuyas guías siguió más tarde el Concilio de Trento»[8].

El concilio que intentaba convocar no logró realizarse a raíz de las disputas externas en las que se vio implicado; el mismo Julio II, su mayor enemigo, lo dirá en 1511: «el Concilio ha sido largamente aplazado desde los tiempos del Papa Alejandro por las calamidades que han afligido a Italia y que todavía la afligen»[9].

La llegada de Luis XII a Italia, las conquistas extranjeras de Milán y Nápoles, las incursiones turcas sobre las costas de Italia, los pactos de Ludovico el Moro y de Federico de Nápoles con el Sultán de Turquía, la actitud de los Barones y Príncipes del territorio de la Iglesia, y, por fin, el imperialismo veneciano, no podían producir el ambiente favorable a un Concilio. Sin embargo, la intención y los propósitos de Alejandro VI quedaron bien definidos en el prefacio a un documento redactado por él mismo en 1497:

Advertimos, con pena, que la conducta de los cristianos se ha ido desviando de la perfecta y antigua disciplina, ha roto los saludables principios de antaño, los decretos de los santos Concilios y Soberanos Pontífices que frenan la sensualidad y la avaricia, y ha estallado en un libertinaje tal, que es imposible tolerarlo por más tiempo (…). Al principio de nuestro pontificado también decidimos consagrar nuestros cuidados a este asunto, anteponiéndolo a toda otra labor, pero envueltos como estábamos en otra mayor dificultad a consecuencia de la llegada a Italia de nuestro bien amado hijo en Cristo, Carlos, el muy cristiano Rey de los franceses, con un potentísimo Ejército, fuimos compelidos a posponer nuestro empeño hasta hoy[10].

¿Qué es lo que el Papa hubiese querido tratar en su Concilio? Veamos: no debían venderse las indulgencias; los cardenales deberían llevar una vida pura y santa («sus banquetes deben empezar con un plato de pastas, una carne hervida y un asado y terminar con frutas, y durante los mismos hay que leer versos de las Escrituras Santas y no permitir músicas, cantos seculares ni histriones»); quienes perteneciesen al séquito de los cardenales no debían tener concubinas; en el palacio papal sólo deberían habitar clérigos; y toda simonía o venta de sacramentos sería castigada con la excomunión; todo nombramiento de clérigo debería estar ser precedido de un examen moral del candidato.

La analogía —en algunos casos hasta identidad— con lo que sería luego el Concilio de Trento (1545) resultan notables.

 

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Terminemos con un excelente resumen que Ferrara escribió con motivo de la inauguración de un monumento en Játiva, ciudad natal de Alejandro VI.

Expulsó a los franceses, que habían ocupado Nápoles, y comprendiendo que la Santa Sede, a falta del brazo temporal de un emperador medieval que la defendiese, debía constituir un Estado propio que sirviera de baluarte a su libertad eclesiástica, puso mano a la obra. Esta no era fácil ni podía ser suave. Respondía a una necesidad imperiosa. De este noble propósito provino la causa de su triste fama. Los grandes feudatarios de la Iglesia se habían adueñado de los territorios papales, y a la hora crítica habían abandonado al Papa para seguir a Carlos VIII, su enemigo. Los barones que vivían en la ciudad y en los castillos del agro romano, de instrumento de la Santa Sede se habían trocado en dominadores de la misma, luchando los unos contra los otros por esta dominación. Eran gentes poderosas, ricas, cultas, con grandes relaciones, hábiles en la intriga: malos enemigos. Sus Cortes eran centros de maledicencia, alimentada por el genio literario, siempre dispuesto a volar con las alas de la fantasía (…). Ordenó a César, dotado de las más altas cualidades militares que la época exigía, expulsar de su domino a los feudatarios infieles (…). Éstos, como llevados por un vendaval, fueron errando por el resto de Italia y por el mundo, e iniciaron la cruzada verbal, cuyo eco resuena aún. Su labor fue eficaz y hábil. Falsificación de documentos, epigramas, pasquinadas, cartas, relatos históricos, fundamentalmente alterados, fueron las armas usadas, las únicas que poseían (…). Muerto él fueron favorecidos por Julián della Rovere que les devolvió el poder y la riqueza (…) Alejandro VI (…) no había dejado camarillas que le amparasen ni se había preocupado de su fama histórica. Sonreía ante los infundios y despreciaba los insultos: no creía en la fuerza de la calumnia (…) .La fama de Rodrigo Borgia fue ennegrecida por actos de venganza verbal continua e irreductible durante más de un siglo (…). No se examinaron directamente los hechos, no se estudiaron los documentos, no se coordinaron los relatos (…). La familia Borgia, se estatuye como cosa indiscutible por seudohistoriadores, fue incestuosa; y ninguno de ellos se ha tomado la molestia de explicar por qué, entonces, estos supuestos incestuosos entraron en el seno de las más honorables, respetadas y poderosas familias se sangre real de Europa. Efectivamente, Pedro Luis y Juan Borgia se casaron, el uno después del otro, con una sobrina del católico Rey don Fernando; César, del mismo apellido, con la hermana del Rey de Navarra, pariente de Luis XII, célebre en los anales de la calumnia; Lucrecia, con el duque de Mantua, respetado y riquísimo, y el último hermano, Joffre, con una parienta del Rey de Nápoles. Se dice aún más, que el Papa es odiado por todos, y al mismo tiempo se admite que en todas partes pesaba su voluntad y se le obedecía. Le suponen dedicado a los placeres, y a renglón seguido nos ofrecen el relato de su vida laboriosísima, que organiza el Estado Pontificio; da la autonomía administrativa a la ciudad de Roma; fija las bases de la Reforma eclesiástica, que coinciden, en lo fundamental, con las resoluciones posteriores del Concilio de Trento; defiende los derechos territoriales de la Iglesia, ya que no puede impedir que el extranjero se apodere de Milán y Nápoles; interviene en la política internacional para mantener un equilibrio de fuerzas entre los invasores, equilibrio que permita al resto de Italia seguir disfrutando de su independencia. Se le acusa, sobre todo, de envenenar a sus enemigos y al príncipe Djem de Turquía, y no se nota siquiera, tanta es la ceguera histórica, que este último murió después de haber ido en pleno invierno a caballo desde Roma a Nápoles, en el séquito, y, virtualmente, prisionero de Carlos VIII, y que enfermó casi un mes después de haber salido de la reclusión vaticana; ni tampoco que las otras supuestas víctimas de la «cantarella» borgiana fueron amigos del Papa y sus constantes protegidos, mientras gozaron de buena salud sus peores enemigos[11].

La «Leyenda negra» borgiana recién ahora, luego de siglos de tinta (y más bien deberíamos decir lodo), comienza a ser analizada con mayor ecuanimidad. No sólo resultó la manipulación perfecta para hacer que el papado continuase siendo una factoría de los príncipes renacentistas, sino que fue la excusa ideal de los historiadores protestantes para lanzar la Reforma anhelada.

La faz humana del Pontífice que instauró la costumbre de rezar el Angelus tres veces al día quedó enturbiada, en­vuelta en esa maraña de intrigas y conflictos. Cualesquiera hayan sido sus concupiscencias y errores personales, no parece haber sido el peor de los pontífices renacentistas sino todo lo contrario. Como fuere, y aunque fuesen verdaderos todos los crí­menes que se le imputan, nadie ha indicado que este Papa faltara a la ortodoxia o que debilitara la Fe con doctrinas heréticas.

Y podrá haber sido un pecador, como todo cristiano, pero no un hereje ni un apóstata, cosa que resulta por demás milagroso y habla de la perennidad de la Iglesia a pesar de los hombres.

 

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi

Mayo de 2015

 


[1] Ibídem, 34, 229.

[2] Ibídem, 33-34.

[3] Ibídem, 35-36.

[4] Ibídem, 304-305, 333. El mismo Ludwig von Pas­tor admite la diligencia de Alejandro VI en esta materia: «Con fecha 1 de junio de 1500 se expidió una Bula dirigida a toda la Cristiandad, pintando la furia terrible y cruel de los turcos contra los cristianos, y excitando a todos urgentemente a la común defensa (…) se declara la guerra en nombre de la Iglesia romana al enemigo hereditario de la Cristiandad» (Ludovico von Pastor, Historia de los Papas. En la época del Renacimiento desde la elección de Inocencio VIII hasta la muerte de Julio II, Gustavo Gili, Barcelona 1950, vol. VI, 33).

[5] «Inter coetera» (1era.) de Alejandro VI, del 3 de mayo de 1493; traducción extraída de America Pontificia primi saeculi evangelizationis, 1493-1592, J. Metzler, I, Vaticano 1991, 71-75. Ya hemos tocado el tema de la donación papal en otro lugar (Javier Olivera Ravasi, Que no te la cuenten, Buen Combate, Buenos Aires 2013, pp. 164 y ss.).

[6] Luis Weckmann, Las Bulas Alejandrinas de 1493 y la teoría política del Papado medieval. Estudio de la supremacía papal sobre las islas, 1091-1493 (citado por Doralicia Carmona, Memoria política de México, http://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/5/04051493.html

[7] Orestes Ferrara, op. cit., 307.

[8] Ibídem, 111.

[9] Ibídem, 261.

[10]Ibídem, 262-263.

[11] Diario ABC de Madrid, 14/05/1958, p.3.

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