El Holodomor de los ucranianos (3-3)

Los negacionistas del Holodomor lo tienen fácil porque no hay registros, ni fotos, ni documento alguno. Los soviéticos se ocuparon de borrar el rastro de tal manera que los historiadores actuales tienen que hacer cálculos a base de las estadísticas de años anteriores y posteriores al suceso, de ahí que las cifras bailen entre cuatro o seis millones de personas. Tampoco la desclasificación de la documentación después de la Caída de la URSS ha arrojado mucha más luz porque si Krushev -que fue uno de los enviados a Ucrania para sustituir a las depuestas autoridades- dice que no los contaron es que no lo hicieron, lo que podría tener relación con el famoso censo de 1937, que costó la vida a los integrantes del Instituto de Estadísticas, porque no salían las cuentas al gusto del Politburó. No lo pusieron fácil para que se supiera la verdad y es asombroso como desparecen millones de personas de un censo sin que nadie las eche en falta.

Naturalmente tampoco había testigos porque los que tomaron parte en el asunto estaban juramentados, o participaban de una omertá que tenía mucho de mafiosa. De ahí la confesión, que no otra cosa es, de Vasili Grossman antes de morir. Ocupado con el asunto de la Guerra Patria y de la persecución de los judíos por los nazis, que le costó la vida a su propia madre, él, que era ucraniano, no se había percatado de que ocho años antes de que los nazis pisaran Ucrania millones de personas habían muerto de la manera más ignominiosa. Pero saberlo, lo sabía, o no habría escrito lo que escribió antes de morir cuando se dio cuenta, de repente, de que un kulak tenía tanto derecho a la vida como un judío y relacionó ambos hechos.

Pero hubo tres testigos presenciales que no eran soviéticos, tres periodistas anglosajones que andaban por allí legal o clandestinamente:

1) Gareth Jones. (1905-1935). Fue un periodista joven, galés e independiente que enviaba sus artículos a The Guardian. Había traspasado la frontera clandestinamente en busca de noticias y pudo ver la hambruna en toda su autenticidad. Aldea tras aldea comprobó lo que pasaba y mandó noticias muy alarmantes que el periódico publicó. Hablaba de “Starvation y “Famine” sin paliativos, de cadáveres insepultos y devorados por las ratas y de esqueletos vivientes por los campos. Sus artículos levantaron alguna polvareda pero, cuando en 1935, continuó su viaje y llegó a Mongolia fue secuestrado por bandidos junto con otro periodista alemán. Estos bandidos negociaron la liberación de ambos por dinero y el periodista alemán fue liberado, pero en su caso el dinero no consiguió su liberación porque apareció muerto quince días después. Naturalmente muchos vieron la larga mano del NKVD en el suceso.

 2) Walter Duranty (1885-1957) Prestigioso periodista americano del New York Times consiguió un privilegio único: que el mismo Stalin le invitara a Moscú y grandes exclusivas. Estuvo en Ucrania en 1932 pero no vio hambre, sólo malnutrición, y como estaban en plena Depresión la noticia no alarmó a nadie. Según él la mentalidad “asiática” de aquella gente precisaba de un líder fuerte y

este líder, naturalmente, era Stalin. Al enfrentase a las noticias publicadas en Inglaterra por Jones, lo negó todo. Al año siguiente le concedieron el Premio Pulitzer de investigación por sus artículos sobre la URSS y con Jones muerto se cerró el capítulo a su favor y así continuó por décadas. Descubierta la superchería comisiones de ucranianos se han entrevistado con la Junta Pulitzer para que se le revoque el premio por mendaz (la última comisión que conozco lo intentó en 2003), pero la Junta permanece irreductible diciendo, como Pilato, que “lo escrito, escrito está”.

 3) Malcolm Muggeridge (1903-1990) Viajó a Moscú junto a su esposa en 1932 como periodista de The Manchester Guardian. Investigó la hambruna y se encontró con Jones, pero, aunque sus artículos fueron enviados por valija diplomática, parece ser que no fueron publicados.

 

Muggeridge fue agnóstico gran parte de su vida pero con 80 años se convirtió al catolicismo figurando su biografía en el libro “Escritores conversos” de Joseph Pearce.

 

Y con esto cierro esta serie de capítulos dedicados al Holodomor porque, si Jones murió y Duranty mintió, quiero poner de mi parte lo que pueda para colaborar a que los soviéticos, ahora que se cumplen los 100 años de su Revolución, no se salgan con la suya. Una cosa es ganar la guerra y otra, muy distinta, ganar la historia.

 

 

María Jesús Echevarría

 


 

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