¿Eran brutos los medievales?

miniSería difícil resumir lo que aquellos hombres hicieron y legaron para la posteridad. Quien haya viajado por Europa habrá visto “lo que queda de lo que fue”.

En uno de mis viajes, quise visitar la enorme abadía de Cluny, en Francia; según había leído, de allí habían salido los monjes benedictinos que se volcaron a la re-evangelización de Europa luego de la segunda invasión de los bárbaros. En las crónicas medievales, se decía que por momentos la gran abadía había albergado a más de mil monjes a la vez. Tomando por un camino rural, me dirigí hasta llegar al esperado letrero: “Bienvenues à Cluny” –decía.

Durante el viaje, había estado leyendo la deliciosa novela de Raymond titulada “Tres monjes rebeldes”, donde se narra la aparición de la orden cisterciense. Allí, en uno de sus capítulos, se narraba lo que había sido la enorme abadía francesa en sus días de esplendor y apogeo.

Cuando llegamos no pudimos creer lo que veíamos: de la gran abadía solo quedaba un campanario. ¿Qué había sucedido? Habíamos llegado demasiado tarde… la Revolución Francesa, la “cultísima” revolución de la libertad, la igualdad y la fraternidad, había mandado demolerla, pagando a los campesinos de la zona por cada piedra que quitasen de la antigua fortaleza-monasterio medieval. Todo su arte: esculturas, pinturas, códices y manuscritos, había sido hecho trizas en nombre de la “civilización”.

La cultura de aquella época ha seguido dando de comer a Europa, al punto tal que hasta el día de hoy gran parte del occidente europeo sigue viviendo “de lo que quedó” de aquellos tiempos “bárbaros”.

Pero sigamos dando un pantallazo de la “brutalidad” medieval. Recorramos por ejemplo su literatura: una cantidad innumerable de himnos litúrgicos que han sobrevivido al paso del tiempo son testimonio de ello (el Dies Irae o el Stabat Mater, por ejemplo); La Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine (en algunos momentos hasta más popular que la misma Biblia), o la poesía goliárdica y los textos de las obras teatrales (los innumerables “autos religiosos” constituyen hoy bibliotecas enteras), o los poemas anónimos como el Beowulf o el Cantar de los nibelungos, o La Chanson de Roland y el Digenis Acritas

Pero hay más: entre las obras famosas también tenemos el célebre Cantar del Mío Cid, las Cantigas de Santa María, de Alfonso X, David de Sassoun, El Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, la Consolación de la Filosofía de Boecio, los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, el Decamerón de Giovanni Boccaccio, los Diálogos de santa Catalina de Siena, La Divina Comedia del inmortal Dante Alighieri, Sir Gawain y el Caballero Verde de autor inglés anónimo, La muerte del rey Arturo de Sir Thomas Malory, el conocido Parzival de Wolfram von Eschenbach, Pedro el Labrador de William Langland, el Proslogium de san Anselmo de Canterbury, Scivias de santa Hildegarda de Bingen, Sic et Non de Abelardo o Yvain, el Caballero del León de Chrétien de Troyes, para nombrar solo algunos…

En música, aun hoy podemos deleitarnos con los himnos en canto llano y gregoriano –que hoy apasionan a varios músicos modernos– que siguen siendo un testimonio perenne de la música compuesta para mayor gloria de Dios. Pero no solo se cantaba a Dios o sobre Dios; en aquella época la música se daba tanto en el ámbito profano como en el religioso siendo incluso un vehículo para la transmisión de la cultura (solo el Cantar del Mío Cid es testimonio de ello).

La música era como el río en el cual navegaban los conocimientos populares. Era en ella donde los trovadores narraban los sucesos acaecidos con gracia y armonía. Se creaban notas, melodías y hasta instrumentos propios (hoy todavía se usa el arpa, las flautas, el laúd, el órgano, la viola de rueda y de gamba, la cornamusa, etc.); ni qué decir de los eximios compositores medievales a los que hoy podemos oír gracias a sus partituras: Bernart de Ventadorn (c.1125-c.1195), Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), Léonin (c.1150-c.1210), Pérotin (c.1160-c.1230), Adam de la Halle (1240-1287), Philippe de Vitry (1291-1361), Guillaume de Machaut (c.1300-1377), Francesco Landini (c.1325-1397), Johannes Ciconia (c.1335-1412), John Dunstable (c.1390-1453), etc. Misas solemnes u obras religiosas (como las Cantigas de Santa María o la Misa de Notre-Dame) canciones de juglería o cantos del Camino de Santiago e incluso obras no siempre favorables a la Iglesia como Carmina Burana, son testigo de aquellos tiempos.

O bien este romance que cuenta con crueldad la suerte de un rey traidor:

 

Romance sétimo. La penitencia del Rey Rodrigo[1]


Después que el rey don Rodrigo

a España perdido había

íbase desesperado

huyendo de su desdicha;

solo va el desventurado,

no quiere otra compañía

que la del mal de la Muerte

que en su seguimiento iba.

Métese por las montañas,

las más espesas que vía,

Topado ha con un pastor

que su ganado traía; díjole:

«Dime, buen hombre,

lo que preguntar quería:

si hay por aquí monasterio

o gente de clerecía.»

El pastor respondió luego

que en balde lo buscaría,

porque en todo aquel desierto

sola una ermita había

donde estaba un ermitaño

que hacía muy santa vida.

El rey fue alegre desto

por allí acabar su vida;

pidió al hombre que le diese

de comer, si algo tenía,

que las fuerzas de su cuerpo

del todo desfallecían.

El pastor sacó un zurrón

en donde su pan traía;

dióle de él y de un tasajo

que acaso allí echado había;

el pan era muy moreno,

al rey muy mal le sabía;

las lágrimas se le salen,

detener no las podía,

acordándose en su tiempo

los manjares que comía.

Después que hubo descansado

por la ermita le pedía;

el pastor le enseñó luego

por donde no erraría;

el rey le dio una cadena

y un anillo que traía;

joyas son de gran valor

que el rey en mucho tenía.

Comenzando a caminar

ya cerca el sol se ponía,

a la ermita hubo llegado

en muy alta serranía.

Encontróse al ermitaño,

más de cien años tenía.

«El desdichado Rodrigo

yo soy, que rey ser solía,

el que por yerros de amor

tiene su alma perdida,

por cuyos negros pecados

toda España es destruida.

Por Dios te ruego, ermitaño,

por Dios y Santa María,

que me oigas en confesión

porque finar me quería.»

El ermitaño se espanta

y con lágrimas decía:

«Confesar, confesaréte,

absolverte no podría.»

Estando en estas razones

voz de los cielos se oía:

«Absuélvelo, confesor,

absuélvelo por tu vida

y dale la penitencia

en su sepultura misma.»

Según le fue revelado

por obra el rey lo ponía.

Metióse en la sepultura

que a par de la ermita había;

dentro duerme una culebra,

mirarla espanto ponía:

tres roscas daba a la tumba,

siete cabezas tenía.

«Ruega por mí el ermitaño

porque acabe bien mi vida.»

El ermitaño lo esfuerza,

con la losa lo cubría,

rogaba a Dios a su lado

todas las horas del día.

«¿Cómo te va, penitente,

con tu fuerte compañía?».

«Ya me come, ya me come,

por do más pecado había,

en derecho al corazón,

fuente de mi gran desdicha.»

Las campanicas del cielo

sones hacen de alegría;

las campanas de la tierra

ellas solas se tañían;

el alma del penitente para los cielos subía.

 

 

En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval: Altichiero, Jean de Beaumetz, Henri Bellechose, Pedro Bello, Bartolomé Bermejo, Jean Bondol, Lluís Borrassà, Hieronymus Bosch (El Bosco), Dirk Bouts, Melchior Broederlam, Robert Campin, Pietro Cavallini, Cimabue, Luis Dalmau, Gérard David, Dello Delli, Nicolás Delli, Ramón Destorrents, Il Duccio, Gentile da Fabriano, Jaume Ferrer Bassa, Jean Fouquet, Maestro Francke, Nicolás Francés, Nicolas Froment, Taddeo Gaddi, Fernando Gallego, Giottino, Giotto, Nuno Gonçalves, Hermanos Limbourg, Jacquemart de Hesdin, Hans Holbein el Viejo, Jaime Huguet, Jorge Inglés, Jacomart, Juan de Leví, Stefan Lochner, Ambrogio Lorenzetti, Pietro Lorenzetti, Maestro Bertram, Maestro de Arguis, Maestro de Třeboň, Jean Malouel, Simone Martini, Bernardo Martorell, Andrés Marzal de Sax, Hans Memling, Maestro de Moulins, Bernabé de Módena, Pere Nicolau, Pedro Nisart, Andrea Orcagna, Petrus Christus, Domingo Peñaflor, Giunta Pisano, Jean Pucelle, Enguerrand Quarton, Juan Rexach, Martin Schongauer, Pere Serra, Geertgen tot Sint Jans, Conrad Soest, Gherardo Starnina, Juan Sánchez de Castro, Antón Sánchez de Segovia, Jacopo Torriti, Francesco Traini, Hubert van Eyck, Jan van Eyck, Hugo van der Goes, Roger van der Weyden, Konrad Witz, Michael Wolgemut…

La lista sigue, pero frenamos aquí.

La Edad Media fue fecundísima en pinturas y no fueron sino los protestantes los que en el siglo XVI rehabilitaron la herejía iconoclasta que veía en toda manifestación artística un motivo de pecado. Para esto basta entrar en un templo protestante de los de antes; allí se preferían escenarios visualmente vacíos para oficiar los servicios religiosos e incluso se prohibieron, durante cierto tiempo, los instrumentos musicales[2].

En cuanto a la arquitectura medieval[3], hoy redescubierta sin tantos prejuicios, hay que recordar que era producto de toda una cosmovisión; basta pasear por Rouen, Estrasburgo, Amsterdam o por el Barrio Latino de París para darse una idea de la vivacidad de colores y armonía para los sentidos. El uso de la madera como adorno de las paredes exteriores no tenían “ninguna función”, más que la de alegrar la vista; las chimeneas en forma de escalones –típicos de la ciudad de Brujas– o los puentes venecianos con su desafío a la ley de gravedad, servían no solo para calentar la casa o pasar de una costa a otra sino sobre todo para “gustar”, es decir, para ser una manifestación de la alegría, la belleza que se llevaba dentro.

Pero quizás lo más característico y lo que mayor gozo siga dando al mundo moderno es la construcción de los templos en el Medioevo, llevada a cabo a veces durante más de un siglo de trabajo. La famosa catedral de Chartres, donde se alberga el velo de la Virgen María, resulta un ejemplo precioso. Según Frick, (un autor bastante hostil al mundo cristiano) “la construcción de este maravilloso edificio se inició en 1194 y concluyó en 1240. Para levantar la catedral, que embellecería la ciudad y colmaría las aspiraciones religiosas de sus habitantes, se requirió de ellos mismos la contribución de dinero y esfuerzo año tras año, por espacio de casi medio siglo. Éstos recorrían grandes distancias para extraer la roca de las canteras. Animados por sus sacerdotes, hombres, mujeres y niños tiraban de precarios carros cargados de materiales de construcción. Día tras día realizaban el fatigoso viaje a las canteras y, cuando de noche interrumpían su trabajo, exhaustos tras el esfuerzo, destinaban su tiempo libre a la confesión y la oración”[4].

El modelo que prevaleció durante siglos y hasta la Alta Edad Media estuvo inspirado por la vieja basílica romana, más apta para cobijar grandes multitudes que venían en peregrinación: una nave central flanqueada por dos o más laterales con paredes sobrias y sólidas, no dejaban por ello de mostrar su belleza (Notre Dame la grande de Poitiers puede ser un buen ejemplo de ello). Con el tiempo ya a mediados del siglo XII, las naves tenderían a ensancharse y elevarse, mientras que las torres y campanarios, que en las iglesias paleocristianas y del primer bizantino solían estar aisladas del edificio, se incorporaron ahora al bloque central, integrando en adelante su fachada. “El románico –decía el gran escultor Rodin– es siempre más o menos la bóveda, la cripta pesada. El arte está ahí prisionero, sin aire. Es la crisálida del gótico”; “sin embargo –agregaba– el gótico, aun en la época de su más excesiva prodigalidad de ornamentos, no ha desconocido jamás el principio románico. Sucede al románico como la flor sucede al capullo”[5].

La catedral gótica[6] se diferenciaba de la románica por dos características notables: la primera es su verticalidad. Nadie que entre en una iglesia gótica dejará de experimentar una suerte de vértigo invertido. Mientras la basílica románica está enraizada en el suelo, sólidamente apoyada sobre sus bases, aquélla es una construcción erguida, un edificio que está de pie y tiende hacia lo alto. La segunda característica es la iluminación. La iglesia románica, por exigencias técnicas, estaba impedida de abrir ventanales en razón del gran espesor de sus muros, debiéndose contentar con aberturas pequeñas que permitían un paso menguado de la luz; la técnica gótica, en cambio, al permitir el acceso abundante de la luz, inundaría el edificio entero con una claridad pletórica de colores. Pero la innovación de ojivas y arbotantes no se dio solo en el ámbito religioso, sino que importantes edificios civiles y municipales ostentan este estilo (por ejemplo, la ciudad de Rouen en Francia).

De la arquitectura religiosa que impresionaba al gran arquitecto catalán Gaudí, podemos recordar aquí el testimonio perenne del gótico francés (Laon, Notre-Dame de París, Chartres, Reims, Amiens), o del alemán (Naumburg, Bamberg, Strasburg), el inglés (Wells, Salisbury) el español (Zamora, Salamanca, Barcelona, León, Burgos, Toledo), el portugués (Lisboa, Oporto, Evora), o el italiano (Siena, Orvieto, Milán); en fin, delicias “brutales” del Medioevo que hoy hasta los japoneses visitan.

*          *          *

Es verdad lo que dice el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Especialmente en Europa pueden verse aun hoy y luego de innumerables guerras, “lo que queda de la Edad Media”, y no solo en sus edificios u obras de arte, sino también en su lengua, su arte, sus letras, en fin, en la cultura occidental.

Querer negarlo y decir que todo fue barbarie y oscurantismo, opresión y tiranía, es no solo negar la realidad histórica, sino necedad y, en algunos casos, hasta malicia.

La Edad Media se ataca desde el punto de vista histórico, no por sus muros o pinturas, ni por sus canciones o vestimentas, sino por lo que inspiraban todas estas cosas, como bien decía el Papa León XIII: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las clases y relaciones de la sociedad; la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer”[7].

Es a ese “tiempo” al que se le teme. Es ese “tiempo” que se quiere olvidar y sepultar para siempre en los arcones de la historia, no sea cosa que –como decía Cicerón– la historia sea una vez más “maestra de la vida” y lo que inspiró ese período de gloria vuelva a resurgir. En fin…

Que no te la cuenten…


[1] R. Menéndez Pidal, Flor Nueva de Romances Viejos, Espasa Calpe, Madrid 1968, 63-66. El rey don Rodrigo, monarca visigodo del siglo VIII perdió su reino a causa de haber seducido a la Cava Florinda, hija del conde Julián. La hermosa joven había sido enviada a la corte de Toledo con la idea de encontrar un buen esposo; sin embargo, el rey Rodrigo se enamoró y luego de seducirla se aprovechó de ella. El padre de la joven, el conde don Julián, en venganza, abrió las puertas de España a los moros que destruyeron el reino visigótico y permanecieron en la península durante ocho siglos.

[2] Thomas E. Woods, Cómo la Iglesia construyó la Civilización Occidental, Ciudadela, Madrid 2007, 154.

[3] Para el tema, los libros principales son, entre otros, Emile Mâle, L’art religieux du XIIè siècle en France, Armand Colin, Paris 1953; Régine Pernoud, Las grandes épocas del arte occidental, Hachette, Buenos Aires 1954, 280 pp. y, una vez más Alfredo Sáenz, La Cristiandad y su cosmovisión, Gladius, Buenos Aires 2007 (en esp. 251-310).

[4] Alexander Frick, The Rise of the Mediaeval Church, Burt Franklin, New York 1909, 600, citado por Thomas E. Woods, op. cit., 159.

[5] August Rodin, Las Catedrales de Francia, El Ateneo, Buenos Aires, 1946, 93-94.

[6] La misma denominación de “gótico”, que emplearon para caracterizar a este tipo de construcción medieval que todavía asombra, no hace sino confirmar el menosprecio por aquella época; “gótico” significaba “bárbaro”, “godo”, es decir, cosa de salvajes.

[7] León XIII, Encíclica Inmortale Dei, n° 9.

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