Christopher Dawson

Christopher Dawson

 Nacido[1] en un castillo en ruinas en el País de Gales en 1889. Dawson nació en el seno de una familia anglo-católica y fue educado en la tradición anglicana. En 1908, con 19 años, ingresará a la universidad de Oxford. Forma parte del Trinity Collage, en el que estuvo Newman, donde asiste a las conferencias de Wilfrid Ward, biógrafo de Newman, en la Newman Society. Interesado en el personaje, lee ávidamente su Apología pro vita sua, y de ahí mostrará interés por el Movimiento de Oxford, y se empapará de la De Civitate Dei de San Agustín. Siente admiración por el presidente de la Unión de Oxford, Ronald Knox, hijo de un obispo anglicano a cuya misa asistirá. También se sentirá cercano a la novela de Benson. Ambos escritores llegarán en su busca de la verdad a la unión con Roma, y a su consagración como sacerdotes.

En aquella época viaja a Alemania, donde adquiere una imagen horrible de su desarrollo industrial y deshumanizado. Sin embargo, junto a su padre, visitará en Semana Santa Roma, donde se quedará extasiado con Bernini y Borromini, que le servirán de invitación para leer a los místicos españoles: Santa Teresa y San Juan de la Cruz. La profunda visión mística que había experimentado al contemplar el Ara Coeli en Roma, un Domingo de Pascua de 1909, le hizo comprender la conexión de la historia y la cultura, y que Dios le llamaba para escribir una historia completa del mundo, donde hiciese hincapié en esa relación.

Leerá también por entonces ciertas lecturas que lo llevarán en al camino de la verdad total, como La balada del caballo blanco de G. Chesterton, que le ayudó a su toma de decisión sobre su conversión final.

Se introduce en un profundo estudio de la Biblia y de los padres de la Iglesia: Atanasio, Irineo, Cipriano y Agustín. El mismo camino que llevó décadas antes Newman. En 1914 se convertirá al catolicismo.

Para Dawson, el anglicanismo debía avanzar hacia el catolicismo romano. El historiador creía que en última instancia, el anglicanismo se derrumbaría a causa de la falta de autoridad, y se dispersaría.

Dawson tomó nota de San Agustín, el Cardenal Newman, R. H Benson, e incluso el francés Charles Péguy como principal influencia intelectual. El estudio de las raíces del cristianismo le ayudará a entender dónde estaba el depósito íntegro de la tradición apostólica.

Dawson descubrirá en San Agustín un importante nexo en la historia, un puente entre los mundos antiguo y medieval. Cuando los bárbaros cayeron sobre Roma en el siglo V, San Agustín respondió escribiendo la Ciudad de Dios durante un periodo de catorce años. Al igual que Platón y Aristóteles en la Grecia clásica y Cicerón en la República Romana, San Agustín fue testigo del final de una época, y pudo recoger lo mejor de lo que le había precedido. En la Ciudad de Dios, Agustín logró reunir el pensamiento de Paltón, Cicerón y Vrigilio y lo cristianizó. Ayudó a preservar lo mejor de la civilización occidental y cristiana.

Del mismo modo que Agustín, Dawson se creía en el final de una época. La edad humana y relativamente tradicional estaba a punto de desaparecer, y la edad de las ideologías iniciaba su curso. El nazismo y el comunismo produjeron pavor en la cabeza del historiador.

En su intento de despertar las conciencias, participó en diversos grupos de pensamiento que discutían sobre poesía y filosofía. El grupo más influyente será el de los Inklings, formado por J Tolkien y C. S. Lewis. En la década de los veinte, Dawson participó en una revista que puso sacar cuatro números, y donde colaboraron Jaques Maritain, Nicolás Beridaev, Francois Mauriac y Chesterton, entre otros. En ella desarrollaron sus propias ideas junto a las de Santo Tomás. Sin embargo, Dawson únicamente participó del primer Maritain, su evolución a partir de 1936, la consideró especialmente política, y no contó con su aprobación.

La conversión de Dawson no le facilitó su entrada en el mundo académico inglés, más bien se lo prohibió, aunque si se ganó el respeto de aquel exclusivo mundo, contando con numerosas conferencias, ofertas de publicaciones y una rica correspondencia privada. Sobre su reconocimiento final, la revista Time lo nombró uno de los grandes historiadores de la década de los cincuenta, y el poeta y dramaturgo TS Eliot lo subrayó como el pensador más profundo de su generación. Dawson desarrolló temas tan fecundos como la religión como eje esencial y primario de toda cultura; la crítica analítica de la doctrina del progreso; la demostración de la fuerza de Europa en la cultura occidental; la aportación de los valores tradicionales ingleses en el mundo actual; y la misión educadora e informativa de la universidad en el panorama de la vida moderna.

Sus profundos conocimientos le llevaron a defender e identificar las raíces de nuestra cultura en la tradición científica de la Grecia clásica, el genio político unificador de Roma y, naturalmente, la religión cristiana.

En 1958, ya con 69 años, será el hombre elegido para llevar la cátedra Stillman, de estudios católicos en la Universidad de Harvard, entre los que se había barajado los nombres de Maritain y de Wilson. Allí permanecerá cuatro años, hasta que en 1962 vuelva definitivamente a su querida Inglaterra, donde morirá en 1970.

Sus obras:

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