El proceso jurídico de Cristo 16: lugar de la ejecución y final

El lugar de la ejecución

El lugar de las ejecuciones, el Gólgota o monte de calaveras[1], estaba fuera de la ciudad, pero no muy lejos (Jn 19,20). En el Derecho Romano, todas las penas –y en particular la de la crucifixión, en la que el condenado era expuesto en un lugar público junto a las murallas hasta consumirse en la cruz- tenía además de un carácter punitivo, una función de escarmiento hacia aquellos que se hubiesen sentido tentados de cometer el mismo delito. Esto explica que la epigrafé tes aitías, la inscripción de la causa fuera obligatoria. En la comitiva que marchaba hacia el lugar de la ejecución, el condenado llevaba el rótulo (que debía pintarse de blanco y con las letras en rojo o en negro para que fuera más visible) sobre la espalda o el pecho, o bien lo portaba un soldado que precedía al condenado. Una vez que era alzada la cruz, se clavaba el rótulo al palo vertical, es decir, sobre la cabeza del condenado, y no debajo de sus pies, para asegurar su completa visibilidad.

Y esto último lo confirman los detalles griegos: Mateo emplea el adverbio epáno, sobre, la cabeza de Jesús; Marcos usa epígrafe, y precisamente, epí también significa “sobre”; Lucas utiliza también el epigrafé, aunque concreta más al decir “sobre él”; y por último Juan dice epí. Llamativa coincidencia de los evangelistas que nos indica la ubicación exacta y visible del INRI.

Otra verdad histórica que suele pasar inadvertida, es la respuesta de Pilato a las protestas de los “pontífices de los judíos”: o ghégrafa, ghégrafa, lo que he escrito, he escrito. No estamos ante un enfado o capricho del procurador, sino ante un requisito legal. Sebastián Bartina, un biblista español, encontró en Apuleyo un pasaje esclarecedor: “La tablilla del procurador contiene la sentencia, a la cual, una vez leído, no se puede añadir ni suprimir una sola letra porque tal y como es proclamada, pasa a formar parte de los documentos jurídicos provinciales”. Por tanto, desde el punto de vista legal, lo escrito estaba escrito, y ni siquiera las protestas de las principales autoridades judías podían llevar al juez a modificar la causa de una sentencia que, tal y como había sido pronunciada, era depositada en los archivos locales e imperiales[2].

En la basílica romana de la Santa Cruz en Jerusalén, y juntamente con otras importantes reliquias de la Pasión, se conserva el que, según la tradición sería el mayor de los fragmentos del títulus de la cruz. Mide 23 x13 cm. lo que da idea de su importancia teniendo en cuenta que las medidas debieron ser 65 x 20 cm.

 

Fractura de piernas y lanzazo

El crurifragium, o fractura de piernas, era llevada a cabo por los soldados para acelerar la muerte de los dos crucificados junto a Jesús, “para que no quedaran los cuerpos en la cruz el sábado”. Es otra evidencia histórica, pues los crucificados, para no asfixiarse, se apoyaban en el clavo que les atravesaba los pies y respirando, se incorporaban entre una fatiga y un terrible dolor. Es lógico que al tener las piernas rotas, ya no les fuera posible apoyarse, lo que, concentrando todo el peso en los clavos de las manos, les sobreviniese casi inmediatamente la muerte por asfixia. El crurifragium, ejecutado por orden de Pilato, parece excluir que los tres crucificados en el Gólgota estuvieran apoyados sobre una especie de banquillo que sobresalía del palo vertical y que prolongaba su agonía al facilitarles la respiración.

En cuanto a Jesús, “al ver que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con la lanza…” (Jn 19, 33-34) Lónke autou, con su lanza, dice el original griego. Un detalle de extraordinaria precisión y que puede pasar desapercibido, sin tener en cuenta nuestros conocimientos sobre el armamento de las tropas romanas.

Sabemos que la lónke, la lanza con punta de hierro, formaba parte de la dotación de las tropas auxiliares en las provincias. Era pues, el arma de los soldados del Gólgota. Y únicamente con esta arma podía causarse una herida semejante en un cuerpo por lo demás exangüe.

 

[1] Con la expansión de la ciudad, al construir Herodes Antipas el tercer muro quedó dentro y hoy día en el centro mismo de la ciudad.

[2] Otro detalle de la inútil protesta de los sanedritas nos lo proporciona Shalom ben Chorin, gran conocedor de las cuestiones judaicas. Dice el investigador israelí: “Si traducimos al hebreo la inscripción de la cruz, descubrimos que con las iniciales de cada palabra se puede hallar una alusión al tetragrama del nombre de Dios, las cuatro consonantes de Yahvé: YHWH (…) La camarilla hostil a Jesús protesta contra la inscripción no sólo por la forma en que proclamaba, aunque fuera irónicamente, la dignidad real de Jesús, sino porque conllevaba también la profanación del tetragrama divino”.

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