¿Qué hay detrás del antihispanismo americano? (2-2)

antimonarquiaEn la trastienda: la cuestión religiosa

Este ocultamiento del pasado hispánico tiene como trasfondo la reforma religiosa. Esto es lo que Castañeda hace notar subrayando particularmente el aspecto religioso. Comenta Sierra que la guerra fue firme, clara y efectiva contra la religión, disfrazando este propósito “como lucha contra la superstición y el fanatismo, esfuerzo hacia el progreso”[1] entendido como una tendencia a reducir las leyes de la vida social a unos pocos principios racionales. La religión fue presentada como una fuerza obstructora y oscurantista, que entorpecía el avance del espíritu humano.

Se pregunta el autor si es que acaso la religión era verdaderamente un factor que se oponía al avance del país. Es posible encontrar respuesta a esta pregunta en una carta del cónsul inglés en Buenos Aires dirigida al ministro George Canning. Woodbine Parish daba cuenta en ella de la posición antiliberal del general Juan Bautista Bustos en Córdoba. Los cordobeses, destacaba Parish, eran muy celosos en preservar sus propias industrias y procuraban reservar los mercados del país para sus vinos, azúcar y ropa. Esta postura, según el funcionario de la corona británica, era alimentada por la Universidad cordobesa de la que decía que era “la nursery de todas estas nociones fantásticas y principios bajo los cuales el sistema español mantenía al pueblo de este país en ignorancia y sujeción”[2]. Parish culpaba a los curas y monjas de haber formado en Córdoba “un partido proporcionalmente violento u opositor al establecimiento de todos los principios liberales”[3]:

Tanto Parish como Rivadavia consideraban que la civilización es un estado material de bienestar expresado por los miembros pudientes de la comunidad, de manera que el catolicismo, con su sentido del bien común, opuesto al grosero individualismo de las tesis económicas del liberal-capitalista de la época, resultaba un elemento retardante del desarrollo “natural” de una sociedad. No podían comprender que el valor de una sociedad no está dado por su civilización sino por su cultura, y que toda cultura social, desde la más primitiva a la más elevada, no es nunca una simple unidad material[4].

En rigor, nadie dudaba de la necesidad de desarrollar la economía; como tampoco se aspiraba a una ruptura de las relaciones comerciales con Gran Bretaña. Sí había una oposición al sometimiento de la economía del país a los intereses británicos. Esta oposición se hacía más extrema en la medida en que se veía que para fomentar el aporte de capitales e inmigrantes británicos se estaba procurando la enajenación de los factores espirituales característicos de la nación. En este plano, la campaña realizada por la prensa liberal era muy importante. La liberación de la cultura propia implicaba la doble negación tanto del pasado hispánico como de los fundamentos católicos. Estos eran los obstáculos que debían ser allanados para poder concertar una política liberal, de sometimiento a Inglaterra e inclusive para lograr las ventajas que se otorgaron a esta nación con el Tratado anglo-argentino de 1825 y que se procuraron consolidar con la Constitución de 1826.

La hispanofobia extranjerizante

El tópico del despotismo fue el empleado por los personajes y periódicos llenos de afanes iluministas, plagiado de la ilustración española. Este concepto de despotismo fue empleado como elemento ordenador del discurso en relación a un proyecto de patria diferente y contrapuesto a la herencia hispánica y que esto estaba en estrecha vinculación con la reforma eclesiástica puesto que se consideraba a la religión, principal herencia de España, como una rémora contra el progreso. Pero además este ocultamiento y tergiversación del pasado hispánico, al igual que la política anticlerical y antirreligiosa era funcional a la subordinación cultural y económica con Gran Bretaña.

El proyecto político fue el del desarraigo cultural. Se procuraba suprimir lo que era llamado con desdén el “pasado colonial”:

es decir la tradición española y tras ella el legado occidental greco-latino-cristiano, para reemplazarlo por la ideología del ‘progreso’, elaboración de franceses y anglosajones liberales. La consecuencia fue una amputación raigal que nos dejó sin cultura nacional. El gran despliegue propagandístico que montaron los liberales se redujo –en el plano cultural–, a una obsesionante hispanofobia con su correlato de anglofilia y francofilia[5].

Por eso es de gran importancia comprender el fenómeno de esta difusión de las ideas modernas ya que contribuye a entender cómo fue posible que una minoría impopular (las élites liberales) lograra imponerse y conquistar los gobiernos de los distintos países de la América Hispana.

Andrea Greco

[1] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina, Op. cit., t. VII, p. 348.

[2] Carta de Sir Woodbine Parish al Ministro George Canning, fechada en 8 de abril de 1825. Cit. en Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem, p. 349.

[5] Díaz Araujo, Enrique, Los liberales, Mendoza, Taller Gráfico Círculo de Periodistas de Mendoza, s/a, p. 14.

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