Las dos cruces de Isabel. Primera: la expulsión de los judíos (6-8)

Las dos cruces de Isabel

a. La “expulsión” de los judíos

He aquí el gran drama de Isabel. Desde el último siglo y, especialmente en los últimos años, aquí se encuentra la piedra de toque de la católica reina. Basta con recordar que san Juan Pablo II, intentó su beatificación en las vísperas del V Centenario del descubrimiento de América (1492) pero encontró tal oposición que se vio obligado a suspenderla. Pero ¿de dónde venían las críticas?

Extrañamente a lo que podría pensarse, esta vez provenían, en parte, de la misma Iglesia, como señala Jean Dumont:

Una violenta campaña judía y pro-judía ha logrado de Roma la «suspensión» del proceso de beatificación de Isabel la Católica. Suspensión anunciada por el cardenal Felici, Prefecto de la Congregación romana para la causa, de los santos, el día 28 de marzo de 1991 y, que inmediatamente, ha motivado las felicitaciones (dirigidas el mismo día o el siguiente) de la célebre organización mundial del lobby judío, la Anti-Diffamation League of B’nai Brith. Felicitaciones que fueron recibidas en Roma a partir del día 2 de abril e iban dirigidas a monseñor Cassidy, presidente del Consejo para el ecumenismo, enviadas, por consiguiente, por gentes bien al tanto de lo que se tramaba» (…). El mismo (diario) Le Monde no ha revelado entre los prelados promotores de la «suspensión» del proceso de beatificación religiosa de «la católica» por título de la Iglesia, más que al cardenal Lustiger, que no ha cesado de referirse él mismo a su nacimiento judío (…)[1].

Pero, ¿qué fue lo que sucedió? Intentemos verlo a partir de la historia y no de la ideología.

Claudio Sánchez Albornoz, autor, que por su pasado político[2] resulta intachable para la ocasión, analizó con gran erudición el tema en su magna obra España, un enigma histórico[3], donde decía:

Ningún español culto siente hoy antipatía alguna hacia el pueblo hebreo, pero aún están vivas las sañas hebraicas contra España. Procuran los estudiosos hispanos examinar con serenidad la historia de los judíos peninsulares, y algunos llegan a mostrarles férvida devoción; los estudiosos judíos no han logrado a la hora de hoy contemplar el remoto ayer del pueblo hispano con mirar justiciero libre de rencor (…). Los españoles no fueron más crueles con los hebreos que los otros pueblos de Europa, y contra ninguno de ellos han sido sin embargo tan sañudos los hebreos[4]. La convivencia entre judíos y cristianos fue siempre difícil y llegó a ser imposible, pero no porque los hebreos llenaran el vacío dejado por la incapacidad de los cristianos y éstos se dejaran arrastrar por un torturante e invencible complejo de inferioridad. Fue siempre difícil y llegó a ser imposible porque los hebreos intentaron dominar, y lograron a lo menos explotar al pueblo que les había dado asilo cuando, huyendo de las persecuciones que padecían en la Europa cristiana o en la España islamita, fueron admitidos en su seno[5].

Citando al historiador judío Baer, Sánchez Albornoz señala que «en ningún país de Europa gozaron los hebreos de una pareja equiparación legal con la población cristiana entre la que vivían, ni de una autónoma organización judicial y administrativa remotamente semejante a la que disfrutaban en la España cristiana especialmente en León y Castilla»[6]; era allí, en los reinos de los reyes católicos, donde consiguieron no sólo ser legalmente equiparados a los cristianos sino que hasta se les permitía tener jueces propios y jurar por la Tora. Pero de vital importancia fue el papel jugado por los «marranos»:

Durante el medio siglo que precedió a la expulsión, no se atenúan los ecos de la tradicional hostilidad de las masas contra los judíos y atruena el rumor de su nueva enemiga contra los conversos. Eran éstos quienes suscitaban sus cóleras sangrientas; y fueron las proyecciones del problema, insoluble, de la «herética pravedad» de los «marranos» las que crearon el clima propicio para el trágico final. ¡Triste suerte la de los modestos trabajadores de las juderías españolas! La minoría oligárquica de hebreos que había trepado por las escalas de la fortuna había ganado para ellos el odio del pueblo: por su avaricia, su riqueza, su lujo, su orgullo y su poder. Esa minoría los había traicionado, se había hecho bautizar y los había combatido, a las veces con ásperas palabras y con no menos ásperos hechos. Y era ella, ahora, la que por su hipócrita doblez religiosa atraía el rayo sobre toda la nación. Porque fue en verdad la angustia encolerizada de la baja clerecía y de las gentes fanatizadas por ella, ante la falsía y las burlas de los conversos, la que empujó la triste historia de los judíos españoles hacia su terrible desenlace»[7].

El fenómeno político-social necesitaba imperiosamente una solución; fue entonces cuando:

          Llegó así el terrible y espantoso desenlace final de la tragedia: el destierro. Ha sido siempre y sigue siendo brutal y cruel el desarraigo de un hombre o de una comunidad de hombres de su solar nativo. No son discutibles la crueldad y la brutalidad de la expulsión de los hebreos de España; como no lo son la barbarie y la monstruosidad de los otros forzados exilios de los judíos de Inglaterra y Francia en la Edad Media, y más aún, dada la altura de los tiempos, las muchas persecuciones padecidas por los hebreos en diversos países en fechas mucho más cercanas a nosotros, y en Alemania en nuestros mismos días (…). Cualquiera sea el horror que nos inspire debemos enfocarlo históricamente como inevitable. No había otra posibilidad de cortar el nudo trágico que había venido apretándose durante cuatro siglos. Era imposible la prolongación indefinida de aquella pugna feroz. Inglaterra y Francia no había hallado otra solución a una fricción incomparablemente menos violenta; y durante el señorío de los Anjou, los napolitanos habían puesto un final no más suave al mismo enfrentamiento. De no haberse decretado la expulsión se habría llegado a la matanza. La marea de la saña popular había alcanzado una fuerza incontenible. Los judíos podían comprar la tolerancia de los reyes, pero no podían apaciguar la furia del pueblo contra ellos. ¿No podían? Habrían podido, sí, pero dejando de ser ellos y los conversos como eran, y eso era… imposible. Los reyes resistieron el odio del pueblo y —digámoslo de nuevo— de algunos conversos vehementemente hostiles a sus hermanos de raza, mientras creyeron que la expulsión podía perjudicar los intereses de sus reinos[8].

La cita es antológica, no sólo por lo que dice, sino por la indubitabilidad de quien la profiere.

Pero, ¿qué sucedió? ¿Qué determinó a los Reyes a seguir la costumbre de aquellos reinos de expulsar a los judíos?

En noviembre de 1491, mientras Isabel y Fernando intentaban la rendición de Granada, hubo en Ávila un suceso trágico: dos judíos y seis conversos, luego de ser apresados, habían sido condenados a muerte bajo el cargo de haber secuestrado un niñito cristiano de cuatro años en la ciudad de La Guardia (Toledo) a quien, luego de vejarlo, lo habían crucificado el Viernes Santo de ese año, en son de burla hacia Cristo; según el proceso, habían arrancado su corazón para utilizarlo en un maleficio contra los cristianos en España.

No era la primera vez que sucedía; ya en 1468, en un pueblo cercano a Segovia, había sucedido un episodio similar cuando ciertos judíos, movidos por su rabino Salomón Pico, hurtaron para Semana Santa a un niño y luego de torturarlo, lo ejecutaron.

Por cierto que, con frecuencia, podrían atribuirse maldades a los judíos, de allí que, en este caso y dado el tenor de los delitos imputados, se hiciesen prolijas investigaciones llegándose a la convicción de que, efectivamente, un niño había sido abofeteado, golpeado, escupido, coronado de espinas y luego crucificado. El asunto fue tan pulcramente tratado que hasta llegó a ser sometido a un jurado de siete profesores de Salamanca, quienes declararon culpables a los imputados; lo mismo hizo un segundo tribunal en Ávila, luego de lo cual los culpables fueron ejecutados el mismo mes en que se rindió Granada. El niño sería canonizado por la Iglesia bajo el nombre del «Santo Niño de La Guardia»[9].

Sobre la autenticidad del episodio se ha dicho mucho; se dijo que el hecho nunca existió y que fue una excusa para tomar la decisión de la expulsión. Las discusiones terminaron luego de que, en el siglo XIX, se publicara el terminante trabajo del P. Fita. Hoy ya ningún historiador serio discute la historicidad del episodio[10].

Señala Walsh respecto del proceso que, luego de un año de trabajos (17 de diciembre de 1490 a 16 de febrero, 1491, «aunque las pruebas no se hicieron públicas, el domingo siguiente, desde el púlpito de la iglesia de La Guardia, se dio lectura a la sentencia (…) y la noticia se extendió rápidamente de pueblo en pueblo. En todas partes se produjeron motines en contra de los judíos; y en Ávila una enfurecida multitud mató a pedradas a un judío»[11].

Los ánimos estaban más que caldeados; sumado al problema de los marranos, se pensaba a fines de 1491 que los judíos comenzarían a ayudar nuevamente a los moros para iniciar una re-reconquista de España; todo el clima estaba en efervescencia. Las escaramuzas se sucedían una tras otra y debía ponerse un fin al «problema judío». Ya en 1483 lo habían intentado expulsándolos de Andalucía y también de Zaragoza y Albarracín en 1486, luego del asesinato del inquisidor san Pedro de Arbués; pero nada.

Esta vez, la indignación que causó el caso del Santo Niño de la Guardia terminó de hacerles tomar una decisión. Es que los Reyes habían intentado todo; la predicación, la exención de responsabilidades, la Inquisición; todo parecía en vano.

continuará…

 


[1] Jean Dumont, «Reconquista de la historia. Santa Isabel la Católica», en Verbo 295-296 (1991), 707-708. El 20 de Mayo de 1993, el Padre Anastasio Gutiérrez, postulador de la causa de beatificación de la reina, recibió de la Secretaría de Estado vaticana las siguientes líneas: «Mi pregio de significarli, per quanto riguarda la Causa in questione, che le circostanze suggeriscono di approfondire alcuni aspetti del problema, prendendo un tempo conveniente di studio e reflessione». Es decir, «las circunstancias (no se señalan cuáles pero pueden colegirse) aconsejan profundizar algunos aspectos del problema, tomando un tiempo conveniente de estudio y reflexión». Es decir, la causa sigue en trámite pero aún no es el momento de beatificarla. Algo similar sucedió con Santa Juana de Arco, que tardó casi 500 años en recibir el honor de los altares (más información sobre el proceso puede encontrarse aquí: http://www.reinacatolica.org/causa.html).

[2] Sánchez Albornoz no sólo ha sido una autoridad mundial en la materia, sino que, por ser anti-franquista, fue republicano y demócrata liberal, hasta debió exiliarse de España durante décadas desconfiados.

[3] Claudio Sánchez Albornoz, España, un enigma histórico Sudamericana, Buenos Aires 1971, 2 vv.

[4] Ibídem, 163.

[5] Ibídem, 180; las cursivas en las citas de Sánchez Albornoz, serán nuestras.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem, 256.

[8] Ibídem, 257.

[9] El gran poeta Lope de Vega escribió una entonces famosa obra de teatro titulada «El Niño Inocente de La Guardia» para inmortalizar el hecho. Hoy la misma se halla casi prohibida.

[10] Al respecto véase  la tesis contraria de I. Loeb, « Le Saint Enfant de La Guardia », en Revue des Études Juives, 15 (1887), 203-232; a la cual respondió el P. Fita, La verdad sobre el martirio del Santo Niño de La Guardia, o sea, El Proceso y quema (16 nov 1491) del judío Juse Franco en Ávila, en BAH, 11 (1887) 7-134 y 14 (1889), 97-104.

[11] William T. Walsh, op. cit., 489. «Por más que se han querido declarar infundados, los sacrilegios o sacrificios rituales existieron en muchos lugares.Co­mo el de Santo Dominguito del Val, mártir inglés aparecido en Zaragoza, San Simón de Trento (+ 1475) y el homicidio unido a sacrilegio del Ni­ño de la Guardia (+ 1479)” (Ramiro Sáenz, op. cit., 87-88).

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