¿Inferioridad Hispánica? Análisis comparado de una paradoja histórica

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Análisis comparado de una paradoja histórica

Prof. Rodrigo Álvarez

 

Un docente siempre ha de estar dispuesto a oír las más variadas hipótesis y los más severos cuestionamientos en la boca de sus alumnos. Sin embargo, hay ciertas objeciones que duelen más que otras. Como saben los lectores de este portal, la enseñanza de la historia es, eminentemente, apologética. Comprenderán, por tanto, que no es fácil escuchar de forma impasible que el subdesarrollo de los pueblos latinoamericanos se debe al hecho de haber sido colonizados por una “nación católica y atrasada” como lo fue la España de los Austrias. Tal fue la tesis –harto difundida, por cierto– que nos movió a realizar el presente análisis: ¿será cierto que existe una cierta inferioridad de la raza hispánica que nos hizo a unos y otros, españoles e hispanoamericanos, absolutamente incapaces del progreso y el desarrollo?

Muy por el contrario de lo que comúnmente se responde a tal cuestionamiento, el mito de la inferioridad hispánica tiene una explicación muy sencilla y evidente: fue la excusa con la cual las clases dirigentes liberales y anglófilas de los pueblos hispanoamericanos justificaron el fracaso total de su política. Era más fácil cargar las culpas del subdesarrollo sobre la incapacidad de la raza que asumirlas como el fruto lógico de una cosmovisión entreguista y desarraigada.

Pero no nos adelantemos. Antes de apresurar conclusiones, vayamos punto por punto al estudio del caso. Al final el lector podrá obtener por sí mismo sus propias deducciones.

  Hispanoamérica Estados Unidos
Conquista y colonización El proceso de conquista comenzó en 1492, con la llegada de Colón a las islas del Caribe. En ese entonces España era una de las naciones más pujantes de Europa, tanto en lo político como en lo económico. La conquista comenzó rápidamente. Hacia mediados del siglo XVI, tan sólo 60 años después, Hispanoamérica se extendía desde California hasta La Pampa argentina. Tras unos primeros años de conquista turbulentos, en 1542 el rey Carlos V redactó las Leyes Nuevas para organizar los territorios y limitar los abusos de los conquistadores contra los nativos. Para ese entonces el Imperio de Carlos V era la primera potencia del mundo, contando bajo su poder con España, Alemania, el sur y norte de Italia, Holanda, Bélgica, parte de Francia y sus posesiones americanas.

A partir de esta época la nación conquistadora desplegó una actividad gigantesca para civilizar los territorios americanos conquistados: fundó ciudades, dio impulso a una industria incipiente, estableció colegios y universidades, impulsó la evangelización de los nativos, promovió el mestizaje y la fusión de culturas. La profunda identificación de los americanos con el Imperio Español, promovida eficazmente por la Corona, haría que su dominio se prolongase durante 300 años.

El proceso de conquista comenzó en 1607 con el establecimiento del primer asentamiento, Virginia. La segunda fundación fue recién en 1620. El proceso de conquista se desarrolló con lentitud precisamente porque Inglaterra era en ese entonces una nación escasamente desarrollada, aislada del continente europeo y convulsionada por varias rebeliones internas. Por lo mismo, en general migraron hacia el Nuevo Mundo los elementos relegados del Reino Unido: por su condición religiosa (puritanos) o por su condición económica (convictos e indigentes). En un siglo y medio de dominación británica se establecieron sólo 13 colonias, todas sobre la costa este.

En cuanto a los nativos, la política británica fue la de expulsarlos fuera de sus posesiones. La religión protestante no admitía la posibilidad de convertirlos a su fe, por lo que carecía de sentido establecer relaciones con ellos. Si existieron, fueron solamente para realizar algunas transacciones comerciales. El Parlamento inglés, por ejemplo, pagaba a los colonizadores por cada cuero cabelludo indígena.

Por la misma razón, la población de las colonias era estrictamente europea y no hubo mestizaje ni fusión de culturas.

Su dominio se prolongó la mitad de tiempo que el dominio español en América.

Extensión territorial y población al momento de la independencia Al momento de las guerras de independencia, Hispanoamérica tenía una extensión de 18.594.000 km2, con lo cual superaba la extensión territorial de la Rusia actual[1]. Su población en 1800 era alrededor de 16.785.000 millones de habitantes[2]. En 1776 las 13 colonias británicas de América del Norte contabilizaban un total de 2.315.991 km2, menos de la extensión territorial actual de la Argentina. Su población era de 2.400.000 millones de habitantes[3].
Desarrollo político al momento de la independencia El Reino de Indias había sido organizado políticamente de forma independiente y autónoma de España, sólo vinculado a la persona del Monarca y ante quien estaba representado por el Consejo de Indias. Por esta razón, durante dos siglos los virreyes y los cabildos (establecidos en cada ciudad e integrados por los vecinos) gozaron de una autonomía sin precedentes que dejaría una huella profunda en la idiosincrasia política americana. Su status jurídico era el de un reino de la Corona. Con la llegada de los Borbones al poder (1700) el gobierno comienza a centralizarse y es entonces que comenzarán las rispideces[4]. La Corona Británica había organizado sus colonias imitando en parte el sistema político español. No en vano, repetimos, España era entonces la primera potencia mundial. Por esta razón, cada colonia inglesa estaba organizada de forma autónoma respecto de las otras. Sin embargo, los colonos no tenían ninguna representación en Inglaterra y dependían no sólo de la persona del monarca sino también del país conquistador, con lo cual tenían claramente un status de colonia[5].
Desarrollo económico al momento de la independencia En cuanto al desarrollo económico, Hispanoamérica poseía una importante variedad. La actividad agrícola y ganadera era la más difundida. Además, existía un fuerte desarrollo de la minería y de la pesca. Por último, había una industria manufacturera no muy desarrollada pero pujante (textiles, muebles, herramientas agrícolas, armas) que se mantenía gracias al riguroso proteccionismo que impedía la introducción de manufacturas extranjeras por las ciudades costeras. Dicha industria comenzó a decaer a partir del Reglamento de Libre Comercio de 1778, motivado por una política económica colonialista por parte de los Borbones según la cual América debía proveer materias primas y España las manufacturas[6]. Las colonias británicas de América del Norte tenían una economía básica de subsistencia. Prácticamente el único rubro abarcado era la agricultura. La razón de esto es que la Corona Británica ya desde los inicios de la colonización había aplicado el sistema mercantilista según el cual las colonias aportaban la materia prima y la potencia colonizadora los productos industrializados. Por esto es que los ingleses dificultaron e impidieron cualquier intento de industrialización en sus colonias americanas[7].
Desarrollo cultural al momento de la independencia En 1810 había a lo largo y a lo ancho de Hispanoamérica una gran cantidad de establecimientos educativos importantes. Las universidades llegaban al número de 33 y existían más de un centenar de Colegios Reales en las principales ciudades. Además, había una inmensa cantidad de establecimientos educativos menores, como los colegios parroquiales, rurales, de huérfanos, las misiones y reducciones o las escuelas de oficios. En 1580 se había establecido la primera imprenta, en Lima, y en 1660 la segunda. La Compañía de Jesús era la orden religiosa que más méritos había reunido en este ámbito durante dos siglos y medio, por lo que era muy apreciada por indígenas y criollos. En 1767, la dinastía de los Borbones ordenó su expulsión, lo cual generó oposiciones y algunas rebeliones armadas. En 1776, los recién independizados Estados Unidos de América contaban con sólo cuatro Colegios Reales: el de Harvard, el de Yale y el de New Jersey y el de William and Mary. Los tres primeros se convertirías en las tres primeras universidades norteamericanas varios años después de la independencia. Del mismo modo que en el Brasil, en las colonias británicas no había una sola universidad al momento de su independencia de la metrópoli. Los colegios existentes estaban reservados para un extracto selecto dentro de la población y el resto contaba, en algunas ciudades, con escuelas de oficios que brindaban conocimientos de tipo técnico que servían para mejorar la producción.
Circunstancias de la independencia La independencia americana fue un proceso confuso, largo y cruento. Comenzó en 1810 como un grito exaltado de fidelismo monárquico, para extenderse luego y hasta 1824 en una guerra civil independentista de lo más encarnizada.

A lo largo de los 24 años que duró la contienda, los americanos hubieron de enfrentarse a las armas españolas sin contar prácticamente con la ayuda de nadie. Inglaterra instó epistolarmente a la rebelión pero muy rara vez colaboró con tropas o recursos. Francia se desentendió del conflicto. Portugal, por su lado, aprovechó la confusión para sacar tajada de los territorios españoles, con lo cual agregó un nuevo enemigo a la causa americanista.

Todo esto hizo que la guerra de independencia fuera un proceso inmensamente desgastante para Hispanoamérica, en lo político, en lo económico y en lo militar[8].

La guerra de independencia de EEUU, en cambio, duró tan sólo 8 años y la incipiente nación contó con la ayuda económica y militar de las principales potencias del momento, que no dudaron en hacer manifiesta su intervención en el conflicto. Particularmente la Francia de Luis XVI, ansiosa de vengar sus derrotas, empeñó tropas, dinero y hasta su propia Real Armada para combatir a Gran Bretaña. Se estima en 1,3 billones de libras la suma con que los franceses auxiliaron a las colonias rebeldes. En la batalla de Yorktown, que marcó el final de la guerra, fue decisiva la intervención de la armada francesa para evitar la llegada de refuerzos británicos.

En conclusión, si bien es cierto que la guerra de independencia norteamericana fue una guerra civil tan sangrienta como la nuestra, forzoso es admitir que el apoyo exterior fue decisivo para que la contienda fuese mucho más breve, con las enormes ventajas que eso conlleva[9].

Actitud de la potencia colonizadora ante la independencia Otro factor importante a destacar es el encarnizamiento de los sucesivos gobiernos españoles en la guerra con sus colonias. Recordemos que el conflicto comienza por la pretensión de las juntas americanas de mantenerse fieles al rey pero mediante el autogobierno. La reacción del Consejo de Regencia ante este gesto autonómico no fue de lo más política y la guerra civil se instaló rápidamente a lo largo y a lo ancho del territorio americano.

La vuelta de Fernando VII al trono no mejoró las cosas, pues toda su política se orientó a sofocar a sangre y fuego las demandas forales de los gobiernos americanos. Esta actitud intransigente del Borbonato favoreció la dilatación del conflicto y la ruptura casi absoluta entre ella y las colonias al finalizar el mismo[10].

El caso de las relaciones entre EEUU y Gran Bretaña es muy distinto. La nación europea, enquistada al principio contra la sublevación de sus colonias, bien pronto comprendió la inconveniencia política de su postura. El tratado de paz entre Gran Bretaña y la nación norteamericana revela la habilidad de los primeros para sacar provecho incluso en las coyunturas más adversas. Con ello, la poderosa Inglaterra inauguró una política transaccional que llevará adelante luego con el resto de sus colonias ultramarinas. Haber comprendido que el Commonwealth era un ideal perfectamente compatible con una mayor autonomía de sus colonias le valió un predominio y una influencia sólidos sobre todas ellas que se prolongaría en el tiempo[11].
Organización política tras la independencia Todavía no habíamos ingresado en la segunda mitad de la guerra independentista y ya los territorios americanos se encontraban profundamente divididos en facciones políticas irreconciliables. La causa principal de este escenario fue, a nuestro juicio, la pugna que se desató al momento de autogobernarnos entre las dos tradiciones políticas que regían en nuestro territorio: la descentralizadora y autonómica de los Austrias frente a la tendencia centralista y unitaria de los Borbones. En este sentido, los conflictos se repitieron a lo largo y a lo ancho de toda la América Hispana con llamativa similitud, agregándose al problema del sostenimiento de la guerra independentista.

Una vez terminado el conflicto, en la mayoría de las incipientes naciones prevalecieron los intelectos utópicos sobre los hombres prudentes y esto terminó de complicar las cosas.

En Argentina, por ejemplo, es posible que los males de la desunión no hubiesen sido tan profundos si una figura como la del Gral. San Martín, con la autoridad que lo precedía, se hubiese impuesto por sobre las diferencias políticas internas. Pero el Libertador tenía puesta a precio su cabeza y no podía poner pie en Buenos Aires.

Tardaríamos 20 años, desde 1810 hasta 1831, para que lograra imponerse una visión más realista de nuestra idiosincrasia política que acabara unificando definitivamente al país sobre la base jurídica del Pacto Federal[12].

La nación norteamericana, por su parte, tuvo la inmensa ventaja de contar con su Libertador, G. Washington, como primer presidente constitucional. Este hecho impidió de manera determinante la proliferación de políticos improvisados, utópicos e ideológicos que fueran motivo de desorden y división.

Por otro lado, la organización política se decidió rápidamente, optando por un modelo federal y autonómico, en el que cada estado de la confederación tenía su propia capacidad de autogobierno. Este hecho fue importantísimo para que los primeros pasos de la incipiente nación fueran más pacíficos y productivos[13].

Además, los norteamericanos pactaron la conformación de una forma de gobierno mixta, que equilibrara de manera realista las ventajas y desventajas de cada una de las formas de gobierno tradicionales[14].

 

Política territorial En un principio, los tres grandes libertadores de América (Iturbide, Bolívar y San Martín) habían proyectado la conformación de la Gran Nación Americana, que debía extenderse a lo largo y a lo ancho de lo que había sido el Reino de Indias. Sin embargo, triunfaron sobre esta idea las clases dirigentes burguesas que, propiciadas por la diplomacia británica, acabarían enfrentando a los americanos entre sí. A Inglaterra, que ya comenzaba a perfilarse como potencia mundial, no le convenía la conformación de una nación tan poderosa y difícil de manipular.

En Argentina, por ejemplo, las campañas anticlericales de Castelli y Monteagudo en 1810 hicieron que se perdiera definitivamente el Alto Perú. La política de Rivadavia ante la guerra con Brasil (1825) confirmó la pérdida irreversible de la Banda Oriental (Uruguay y sur de Brasil). Por último, la actitud agresiva y luego belicosa tomada contra Paraguay acabó por echar a tierra cualquier posibilidad de reunificación. Así pues, ni siquiera los 5.670.000 km2 del Virreinato del Río de La Plata pudieron mantenerse unidos. Uno de los protagonistas de esta política, Domingo F. Sarmiento, afirmaba que “el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”[15]. La Campaña al Desierto de 1880 fue el único ejemplo de expansión territorial en el caso de nuestra historia patria.

Como hemos dicho más arriba, la extensión territorial de los Estados Unidos en su etapa inicial era bastante reducida. Las dos terceras partes de lo que hoy compone su territorio nacional estaban entonces bajo dominio francés (Luisiana) y español (costa oeste, California, Texas, Oregon, Nuevo México, Arkansas, Florida).

En 1803 se concretó la compra de Luisiana a Francia, gobernada entonces por Napoleón y necesitada de dinero para financiar sus guerras. Se anexaron 2.144.476 millones de km2 por la suma de 23 millones de dólares.

A partir de este momento se inició la carrera hacia el oeste, con el objetivo de alcanzar la costa del Pacífico estableciendo una dominación efectiva en los territorios centrales. Los pocos indígenas que todavía vivían en tales territorios fueron arrasados.

En 1818 se anexó Oregón y en 1821 se compró la península de Florida a la Corona Española.

Entre 1836 y 1848 los Estados Unidos avanzaron sobre los territorios mexicanos, anexando cerca de 2 millones de km2.

En 1959 anexaron Alaska, con lo que EEUU alcanzó la cifra de 9.529.063 km2 que posee en la actualidad[16].

Así pues, amén de las injusticias y desmanes cometidos por americanos del norte para ensanchar sus dominios, no podemos negar su política territorial firmemente decidida a la expansión.

Política económica Como dijimos, la economía de Hispanoamérica durante la dominación española estaba basada en la actividad agropecuaria. Sin embargo, existía una industria incipiente.

Luego de producidas las independencias, las naciones hispanoamericanas sufrieron graves convulsiones internas respecto de cuáles eran las políticas económicas a implementar. En la mayoría de ellas triunfó la postura anglófila que relegaba a estos países la función de productores de materia prima, con lo que se amputaba cualquier tipo de actividad industrializadora.

En Argentina, las industrias artesanales y manufactureras del interior experimentaron un leve resurgimiento durante la dictadura de Rosas y mientras duró el bloqueo anglofrancés. Después de 1852, sin embargo, el librecambismo impuesto desde el gobierno nacional constituyó la muerte definitiva de nuestra industria y la instalación del modelo agroexportador[17].

Habría que esperar hasta la década de 1930 para que la crisis de Wall Street nos obligara a implementar políticas industrializadoras para substituir las importaciones.

Los Estados Unidos fueron en sus inicios una nación agraria. El esquema de exportación de materia prima e importación de productos industrializados había sido evadido, durante la etapa colonial, únicamente por los comerciantes contrabandistas. Sólo después de la independencia se iniciaría un lento proceso de industrialización.

Hacia 1860, casi un siglo después de la declaración de independencia, únicamente los Estados del Norte habían emprendido cambios estructurales en sus economías. Los Estados del Sur continuaban aplicando un modelo estrictamente agrario. Este modelo económico requería, para el trabajo de los campos, mano de obra esclava. Por esta razón y ya desde la época colonial se habían introducido miles de personas provenientes de África, al punto tal que de cada 5 habitantes 1 era esclavo. Entre 1861 y 1865 los Estados del Sur se independizaron y entraron en guerra con los del Norte. Los motivos eran el abolicionismo y el industrialismo proteccionista pregonado desde éstos últimos. La guerra acabó inclinándose por la facción nacionalista y el país comenzó a desarrollar su industria a partir de ese momento.

Características de la clase dirigente El caso de la clase dirigente argentina se repitió con bastante simetría en los demás países que componían Hispanoamérica. Si bien existieron algunos intentos aislados de emprender una política nacionalista, arraigada en las propias costumbres (Iturbide en México, Solano López en Paraguay, Bolívar en Venezuela, San Martín en el Perú, Rosas en Argentina, Gabriel García Moreno en Ecuador y otros), en general triunfaron las clases dirigentes burguesas y económicamente ligadas a Inglaterra y Francia. Más tarde, en el siglo XX, los patrones dejarían de ser los ingleses para ser reemplazados por Estados Unidos.

En nuestro país, por ejemplo, la clase gobernante durante las presidencias de Mitre, Sarmiento y Roca se constituyó en una auténtica oligarquía sobre la base del desprecio de lo nacional y la veneración de lo extranjero. Julio Argentino Roca hijo, embajador, llegó a decir con orgullo que la Argentina era “parte integrante del Imperio Británico”[18].

La clase dirigente norteamericana se nutrió desde un primer momento de un exaltado nacionalismo, en ocasiones extremadamente romántico. Un hecho importante que condicionó esto fue la permanencia en el país, luego de alcanzada la independencia por las armas, del libertador G. Washington. Su presencia impidió en buena parte la reacción de los sectores conservadores más ligados a los británicos que todavía residían en el país (en nuestro caso, en cambio, San Martín fue obligado a exiliarse porque no podía acercarse a Buenos Aires sin que Rivadavia lo encarcelara).

Hacia 1830 el nacionalismo yanqui creó la doctrina del Destino Manifiesto, según la cual los EEUU serían una nación destinada por la Providencia Divina a implantar la democracia y la libertad en todo el mundo. Este nacionalismo extra modum, injustificable desde la doctrina católica, sirvió de base, empero, al desarrollo político y económico del país.

[1] Castagnino, Leonardo. Virreinato del Río de La Plata, segregación territorial. En: http://www.lagazeta.com.ar/virreinato.htm (28/08/2016).

[2] Pereyra, Carlos. Breve historia de América. Santiago de Chile, Editora Zig-zag, 1946. Pág. 413.

[3] Scott Smith, Daniel. The Demographic History of Colonial New England. En: The Journal of Economic History, nº 32, 1972, págs. 165-183.

[4] Cfr.: Irazusta, Julio. De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina. Buenos Aires, Dictio, 1979. Págs. 215-355.

[5] Cfr.: Pereyra, Carlos. Breve historia de América. Santiago de Chile, Editora Zig-zag, 1946. Pág. 325-332.

[6] Cfr.: Irazusta, Julio. De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina. Buenos Aires, Dictio, 1979. Págs. 215-355.

[7] Cfr.: Pereyra, Carlos. Breve historia de América. Santiago de Chile, Editora Zig-zag, 1946. Pág. 325-332.

[8] Cfr.: Irazusta, Julio….

[9] Ídem.

[10] Ídem.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] Ídem.

[14] Cfr.: Pereyra, Carlos… págs. 415-417.

[15] Sarmiento, Domingo Faustino. Facundo. Buenos Aires, Sopena Argentina, 1960. Octava edición. Pág. 23.

[16] Historia territorial de los Estados Unidos. En: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_territorial_de_los_Estados_Unidos (28/08/2016).

[17] Cfr.: Díaz Araujo, Enrique. Los liberales. Revista En Marcha, nº 2.

[18] Cfr.: Irazusta, Julio…

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