Arco y flecha en la misión tibetana

 

Una de las aldeas remotas del norte de la meseta tibetana se llama Mannpatan: un hermoso y remoto paraje donde los vehículos no llegan y al cual se accede sólo después de una hora de caminata en medio de montañas dignas de un paisaje tolkineano.

Mannpatan tiene apenas trescientos habitantes que viven como aislados del mundo moderno. Allí no hay plasmas ni microondas, ni semáforo (porque no hay siquiera calles); digamos que si nuestra amiga Natalia Sanmartin lo conociera, seguro que situaría la segunda parte de su Srta. Prim.

Pues, allí fuimos, no a encontrar al hombre del sillón, sino a pro-se-li-tizar.

El padre Federico había concretado desde hacía algunos meses, un torneo de arco y flecha; sí, como se lee: de arco y flecha. ¿Por qué? Porque simplemente conversando con los nativos les había preguntado si seguían con la tradición de sus antepasados (unos famosos y expertos cazadores).

Les había tocado el orgullo; y respondieron que, aunque habían abandonado la práctica, aún llevaban la puntería en las venas; y ahí nomás surgió entonces la idea de organizar un torneo. Los curas llevaríamos los premios (obviamente, ni saben lo que es un cura; para ellos solo somos extranjeros) y los niños y los jóvenes participarían. Evidentemente, todo se trataba de una amical oportunidad para acercarnos a la legendaria tribu los “Ronnkh” que, desde siglos inmemoriales poseen una tradición religiosa muy distinta a la de los budistas tibetanos invasores (sí señor: los budistas no son pacifistas, al menos en estas lejanas regiones).

¿Y en qué habían creído los “ronnkh”? En un solo Dios, creador, conservador y remunerador (cosa que no es poco para un lugar idolátrico y politeísta como este).

Con la excusa del concurso del tiro al blanco (del que participamos, obviamente con pésimo resultado para nosotros…), pudimos conversar con la gente (casi nadie hablaba inglés, por lo que nos manejamos con intérpretes) y hacer los primeros contactos para predicar a Jesucristo en un futuro cercano.

Jamás había llegado hasta allí un misionero católico pues, los sacerdotes de estas tierras dicen que no vienen porque… ¡“no hay católicos que atender”! ¡Y es justamente por eso que hay que venir!

Pasamos un día inolvidable y, al regresar, conversábamos acerca de la táctica evangelizadora. No lo dudamos: comenzar recordándoles la religión de sus antepasados (mucho más importante y cierta que la budista que hoy profesan) y decirles que esa religión primordial que sus padres habían recibido, con elementos espurios sin duda, luego fue completada y superada por medio del Dios verdadero, que envió a Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Se trata de toda una obra de inculturación, trabajada con paciencia y fervor, para lo cual serán necesarias muchas oraciones y varios misioneros que, Dios mediante, puedan venir por aquí.

Y entonces será el principio de la evangelización en esta perdida aldea de la Meseta Tibetana.

 

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi

Misionero temporario en el Himalaya Oriental

One Comment

  1. Juan Manuel Sáenz Cavia

    Hermosa tarea, Padre Javier! Nuestras oraciones lo acompañarán para que pueda evangelizar esa maravillosa región.¡Que la Virgen lo guíe!

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