¿Padeció bajo Poncio Pilato? Por Octavio Sequeiros

¿PADECIÓ BAJO PONCIO PILATO?

Una investigación sobre la pasión y muerte de Jesús.

Vittorio Messori , Madrid, Rialp, 1994.

Por Octavio A. Sequeiros

Messori no es un católico cualquiera, es hombre de confianza del actual Papa (Juan Pablo II) y ha colaborado en la redacción de Cruzando el umbral de la Esperanza, único libro escrito por un Pontífice; además ha ido progresando en la Fe, y en la actualidad actúa como laico consagrado en Lourdes, mientras continúa sus trabajos; uno de los últimos, Las Leyendas Negras de la Iglesia, fue comentado en Gladius nº 40.

Aquí prolonga Hipótesis sobre Jesús, de 1976, y otros cinco libros cuyo objetivo es hacer apologética – si se me permite el ex abrupto – de la mejor, presentando los argumentos que avalan la historicidad de los relatos evangélicos, por donde han pasado y pasan sobre todo los ataques a la Fe, p. 13, obra que sufrió la oposición de los “profesionales de la Biblia” católicos, contrarios de hecho a aceptar la armonía de Fe y razón; pecado este último de intelectuales: “con excepción de algunos biblistas, ningún creyente “normal” lo sería por mucho tiempo si tuviera que admitir realmente que la vida y las enseñanzas de Jesús deben ser leídas sin preocuparse de que se remonten o no a la época del Nazareno”, pues como dice el Cardenal Martini, que no es ningún fundamentalista, “nunca ha existido un cristianismo primitivo que afirmara como su principal mensaje: ”amémonos los unos a los otros”, “ seamos hermanos”, “Dios es padre de todos”, p. 14, sino que de la muerte y resurrección del Mesías se deriva todo lo demás. En este aspecto Messori no se priva de nada como lo prueba este párrafo: “Hablando con toda franqueza (lo que no siempre le ocurre, observación mía): todo aquel que con algo de espíritu religioso lea los libros de muchos biblistas – incluso cristianos – del siglo XX encontrará de todo menos una actitud de amor (ni tan siquiera de solidaridad o amistad) hacia un personaje (se trata de Jesús, aclaremos) abordado únicamente desde la erudición o desde métodos filológicos”, p. 26.

Lo cierto es que este trabajo le salió redondo y con ironía constante que obliga a leerlo de una sentada a pesar de sus veinte años de erudición a cuestas: “Así pues he sometido a reflexión y comprobación – versículo a versículo – la parte final de los relatos evangélicos”, o sea la Semana Santa, donde los evangelistas concentran sus esfuerzos y “dejan a un lado muchas de las diferencias que eran características de las partes anteriores de su relato”, p. 14.

El cap. II, Hipótesis sobre (cierta) crítica bíblica, no tiene desperdicio y de paso nos revela no sólo la posición intelectual, sino también las astucias y algunas agachadas de nuestro autor sobre los alemanes neonazis avant la lettre, pues el primer gran ataque “científico” contra la historicidad de los evangelios lo realizó un Herr Professor protestante, Samuel Reimarus, + 1778, algunas de cuyas 4000 páginas fueron publicadas por Lessing; allí Cristo es un revolucionario fracasado, cuyos partidarios ocultaron su cadáver para fingir la resurrección, o sea más o menos como la propaganda actual, incluida la de la Studiorum Novi Testamenti Societas que cuenta también con especialistas católicos.- Así “en las primeras décadas del siglo XX, exégetas creyentes (obsérvese la concesión solapada de Messori: creyentes ¿en qué?):

pusieron en marcha unos complicados y un tanto terroristas Methoden, siendo los más conocidos la Formgeschichte (Historia de las Formas) y de la Redaktiongeschichte (Historia de la redacción), aunque actualmente parece imponerse la Wirkunggeschichte (Historia de la eficacia o los resultados)”…”Métodos del estilo de la Formgeschichte son semejantes a una pequeña bomba atómica que, arrojada sobre los evangelios, ocasiona una explosión en miles de fragmentos que posteriormente habrán de ser examinados uno a uno por el especialista, que con frecuencia llegará a la conclusión de que ninguno de ellos tiene nada que ver con la historia, “con lo que sucedió en la realidad”, y que solamente tienen relación con la fe, es decir “con lo que creyó la primitiva comunidad creadora o lo que ha querido hacer creer”. Aunque en la actualidad este estado de cosas tiende a cambiar lentamente (optimismo trimilenarista, a mi juicio), lo cierto es que al creyente “común”, aquel que no es titular de una cátedra especializada, le han explicado que ya no podía leer el evangelio, tomando en serio lo que encontraba en él, sino que debía leerlo acompañado de un especialista, la única persona capacitada para expresar la auténtica interpretación de los versículos.” …”la función del Magisterio ha pasado a los profesores” se quejaba el Cardenal Ratzinger y “ni el teólogo que no sea biblista puede aventurarse por sí mismo a leer la Biblia, incluidos los evangelios”, p. 22-3.

Me parece muy oportuno subirse al carro de los vencedores de la última guerra mundial y aprovechar la veta neonazi de los exégetas modernistas, tipo Bultmann, para desacreditar sus criterios; pero si actuamos estrictamente “en honor a la verdad” hay que bajarse de ese carro con mayor decisión, pues no basta con aclararnos que “los “biblistas” del nazismo buscaran apoyo, para la “arianización” fraudulenta del protagonista de los evangelios, en las viejas calumnias judías, según las cuales el padre natural de Jesús habría sido un soldado romano, un tal Panthera”, p. 250; también San Mateo 18, 25, que escribía específicamente para el pueblo judío, citado por Messori en p. 178, nos remite al origen judío de los ataques a la verosimilitud histórica de los evangelios, y a veces está él mismo influido por ellos como en el caso de los discípulos de Emaús, p. 243.- Si el lector desea consultar fuentes más eruditas y modernas puede conseguirse el “Jesus von Nazareth” in Der Talmudischen Überlieferung, Jesús de Nazaret en la Tradición Talmúdica, de Johann Maier, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, Darmstadt, 1992. Por eso, poco se explica con decir que Alemania es la patria de Lutero, que vale tanto como decir que Francia es la patria de Voltaire, meras anécdotas del enfrentamiento teológico de fondo presentado sin concesiones por el Nuevo Testamento, en especial por San Juan: la oposición religiosa entre los cristianos y los judíos anticristianos; cuando San Juan habla de “los judíos” no se refiere a una raza, sino a una categoría religiosa, los fariseos sobre todo, que usurpaban el poder en la sinagoga y decidieron matarlo por haber revelado su divinidad.- Este conflicto es el único que interesará siempre, es y será, utilizando el lenguaje deportivo “el clásico de los clásicos”. La judaización actual del cristianismo y de la Iglesia la lleva a coincidir con la doctrina “nazi” de Nietzsche, según la cual el cristianismo nació del judaísmo y vuelve a él. Por algo la cultura alemana donde floreció el nazismo no sólo era la más protestante de Europa, sino específicamente la más judaizada, como tan bien lo explica Chesterton en sus últimos artículos, titulados en castellano El Fin del Armisticio, Loslibros de nuestro tiempo, Barcelona, Janés, 1945, en especial los dos primeros capítulos , Prusianismo y Hitlerismo.

En p. 168 se equivoca Messori, por seguir al exégeta hebreo Flusser y pasarse de ecumenista, cuando dice que a pesar de las invectivas Jesús “no parecía estar lejano” de ciertos grupos fariseos, y “el que con frecuencia esta afinidad terminara en enfrentamiento, no debe sorprendernos”, explicación psico-social absolutamente superficial y ajena al texto del Evangelio, y sin mencionar la interna religiosa que documentan los manuscritos de Qumrán.-

“La naturaleza siempre vuelve” o, como decimos los argentinos con una pizca de malicia y cinismo repitiendo a Perón, “la realidad es la única verdad”; los Evangelios y entre ellos muy en especial el de San Juan, manifiestan la realidad este conflicto elemental entre las dos actitudes religiosas primigenias e inconciliables, Cristo y los fariseos, y por eso conservarán toda su explosiva actualidad hasta el fin de los siglos; incluso, si continuáramos la apostasía de modo que el mundo se volviera casi completamente laico, ateo, budista, o de la New Age, al estilo profetizado por Fukuyama, este conflicto conservará toda su vigencia porque laicizado y todo, pertenece al orden “natural” del hombre y la sociedad. Más aún con la “laicidad” en que tanta esperanza tienen los intelectuales contemporáneos, esta verdad evangélica al descristianizarse y reducirse por ejemplo a antisemitismo vs. democracia, corre peligro de “volverse loca” , otra vez Chesterton, y desembocar en un mar más peligroso que el nazismo: “Pero lo cierto es que todo empezó con el poder de los judíos y ha concluido con la persecución de los judíos.” (op. cit.).- Por ello no es aconsejable que los exégetas por razones “pastorales”, “políticas” y otras menores, eludan o enmascaren la confrontación, pues de todos modos “si estos callan, gritarán las piedras” (Lucas 19, 40).-

Estas observaciones para nada pretenden desvalorizar el impagable esfuerzo de Messori ni arrojarle “pálidas” unilateralmente, a causa de una imperfección que él mismo atenúa a veces, sino advertir sobre una perspectiva general, no específica del autor, pero que exige ser mencionada para aprovechar esta obra extraordinaria con mayor fruto.-

La lectura de ¿Padeció bajo Poncio Pilato? es a mi juicio indispensable para toda persona – no se trata de un gran mercado, por cierto – que tenga aunque sea un lejano interés en la lectura los Evangelios, y leerlos no solamente con una intención piadosa o pietista, sino buscando la Verdad, que comienza con la verdad o por lo menos la verosimilitud histórica. Son poquísimos los católicos que han leído o leen el Nuevo Testamento, aún como obra de imaginación, a pesar de las múltiples exhortaciones de los Papas; esta actitud tiene diversas motivaciones imposibles de referir aquí, pero lo cierto es que éste de Messori es uno de los mejores libros para sacarnos la modorra e iniciar por casa “la nueva evangelización”.

 

                                                           Octavio A. Sequeiros

 

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