Explicando la Misa tradicional: desde las lecturas hasta el lavatorio de las manos

La epístola, el gradual y el Evangelio

 

Según dice Tertuliano en el siglo II, “la Iglesia de Roma une la Ley y los Profetas a los escritos de los Apóstoles y Evangelistas para alimentar nuestra Fe” (“De praescriptione haereticorum”).

Los primeros cristianos imitaron en sus reuniones dominicales lo que hacían los judíos en sus reuniones del Sábado; pero añadieron a la lectura del Antiguo Testamento, la del Nuevo.

En Milán, en los tiempos de San Ambrosio, por ejemplo (s. IV) tres eran las lecturas que se efectuaban en la Misa: la lectura Profética (Antiguo Testamento), la lectura Apostólica (Epístola), la lectura Evangélica (Evangelio).

Poco a poco la lectura Profética cayó en desuso y no quedaron más que la Epístola y el Evangelio; en el Novus Ordo, sin embargo, esto se recuperó con el Concilio Vaticano II, cosa que consideramos de gran riqueza.

En el ámbito vetero-testamentario, luego de la lectura de la ley y antes de la de los Profetas, los judíos contaban Salmos, por lo que la Iglesia hará otro tanto intercalando el Gradual: salmos que se cantaban en el ambón, luego de subir las “gradas” (de allí su nombre). Se compone a su vez de dos salmos distintos; el primero es propiamente el Gradual mientras que el segundo es llamado Alleluia porque es precedido por la exclamación hebraica “alabad al Señor” (hallelu-ya) empleado en las sinagogas y oído por San Juan en el cielo (Apoc. XIX, 1).

Cuando Isaías tuvo esa visión en la cual vio al Hijo de Dios en todo su esplendor, el profeta, agobiado por Su inmensa majestad, comprendió que no era lo suficientemente puro como para hablar Sus maravillas. Dios entonces, comprendiendo su estupor, envió a su Ángel para que, con el fuego del altar, le colocara un carbón encendido en la boca y así sus labios estuvieran purificados.

Recordando esta visión es que, el sacerdote, antes de leer los Santos Evangelios, reza inclinado ante el altar:

“Purifica mi corazón y mis labios, oh Dios todopoderoso, que purificaste los labios del profeta Isaías con un carbón encendido: dígnate por tu graciosa misericordia purificarme a mí de tal manera que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén”.

Inmediatamente después, anuncia el Evangelio mientras los fieles se signan la frente, los labios y el pecho. Este triple signo tiene un sentido muy hermoso que pocas veces se analiza:

Se signa la frente para que nuestras inteligencias se abran a comprender lo que se oirá.

Se signa la boca para que se proclame lo oído.

Y se signa el pecho para guardarlo en el corazón.

Cuando oímos la palabra de Dios, se establece entre Él y nosotros un contacto espiritual, si quisiéramos… ¡Tantas veces podríamos recibir mociones de Dios en este momento litúrgico! ¡A tantos santos Dios les habló por medio de las Escrituras! Este fue el caso, por ejemplo, de San Antonio abad quien, luego de oír en una iglesa las siguientes palabras: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”, se retiró al desierto para iniciar la vida monástica… 

El Credo y el ofertorio

El Credo expresa las verdades de nuestra Fe, definido en los concilios de Nicea y Constantinopla.

Es el ofertorio el momento en que Jesucristo renueva aquí, por el ministerio del sacerdote, el sacrificio de la última Cena a fin de ofrecer sacramentalmente a Dios, por la consagración del pan y del vino, el sacrificio de la Cruz.

Ofrecimiento del pan

En la Cena, Jesucristo tomó de la mesa el pan ácimo que se comía con el cordero pascual. De igual manera el sacerdote toma una hostia preparada con harina de trigo sin levadura y, elevando la patena en la cual está colocada, piensa en la Víctima que va a inmolar y recuerda, con términos y pensamientos que se hallarán de nuevo en el Canon de la Misa, los fines generales por los cuales ofrece a Dios el sacrificio.

 

Suscipe…

Recibe, oh Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia

inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, ofrezco a ti, que eres mi Dios, vivo y

verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos

los que están presentes, y también por todos los fieles cristianos, vivos y

difuntos; para que a mí y a ellos sean de provecho para la salvación y para la

vida eterna. Amén.

 

El sacrificio se ofrece a Dios para satisfacer la justicia divina, tanto para los que estamos en la Iglesia militante como para los que están en la purgante (Purgatorio). Los cristianos debemos continuar la realización de la oblación interior simbolizada por la exterior, colocándonos con el pensamiento en la patena como pequeñas hostias unidas a la del sacerdote.

El pan y el vino, producto del trabajo del hombre y sostén de su vida, representan a los fieles. Depositarlos por manos del sacerdote en el altar, símbolo de Cristo, es ofrecer a Dios todas nuestras actividades por la Iglesia en función del Calvario.

Ofrecimiento del vino

En la última Cena, Jesucristo tomó el cáliz del vino llamado “cáliz de la bendición” porque los Judíos lo tomaban agradeciendo a Dios por la salida de Egipto. Este vino, según el ritual judío, estaba mezclado con agua, de allí que el sacerdote, añada una gota de agua al vino significando asimismo la humanidad que se quiere unir a la divinidad.

Quizás la liturgia oriental nos permita comprender mejor el gesto. En ella, se prescribe echar agua en el cáliz haciendo un tajo en el pan con una lanceta mientras se dicen estas palabras: “Uno de los soldados le abrió el costado con la lanza y al instante salió sangre y agua”. De esta manera la Eucaristía aparece evidentemente como el Sacramento o el signo de la Pasión.

 

Deus qui…

Oh, Dios, que de manera admirable formaste la nobilísima naturaleza

humana, y más maravillosamente la reformaste: concédenos

 “por el misterio de mezclar esta agua y vino”, que

seamos participantes de la divinidad de Jesucristo, quien se dignó participar de nuestra humanidad…

 

Para ofrecerlo después:

Offerimus tibi…

Ofrecémoste, Señor, el cáliz de la salud, implorando tu clemencia: para que suba con suave fragancia hasta la presencia de tu divina Majestad, por nuestra salvación y por la del mundo entero. Amén.

Invocación al Espíritu Santo

Las dos oraciones que reza el sacerdote en este momento se inspiran en análogos pensamientos: La primera es la de aquellos jóvenes (Dan 3) cuando ellos mismos se ofrecían como víctimas en el horno ardiente:

 

In spiritu…

“Recíbenos, Señor, pues nos presentamos a ti con espíritu humillado y corazón contrito: y el sacrificio que hoy nosotros te ofrecemos, oh Señor Dios, llegue a tu presencia, de manera que te sea agradable”.

 

La segunda oración suplica a Dios quiera consagrar por su Espíritu Santo nuestras Ofrendas y santificar nuestros corazones para que sea glorificado por el don ofrecido y por el modo de ofrecerlo.

 

Veni, sanctificator…

Ven, santificador, todopoderoso Dios eterno: y bendice este

sacrificio, preparado para gloria de tu Santo nombre.

Incensación del altar

El incienso es un perfume o, mejor, una resina olorosa que se produce en Oriente y que, expuesta al fuego, se descompone y exhala exquisito aroma. Su uso en las funciones sagradas es antiquísimo. En la antigua Ley existía un altar exclusivamente para ofrecer a Dios los perfumes, entre los que figuraba el incienso. San Juan dice en el Apocalipsis que vio muchos Ángeles que quemaban incienso y agitaban áureos incensarios ante el trono del Cordero, figurando en el humo y aroma las oraciones de los justos.

Al bendecir el incienso y las ofrendas, el sacerdote dice:

 

  Por la intercesión de San Miguel Arcángel, que asiste a la diestra del altar de los perfumes, y de todos sus elegidos, dignese el Señor ben Udecir este incienso y recibirlo en olor de suavidad. Por Jesucristo Nuestro Señor…

Suba mi oración, oh Señor, como sube este incienso; valga la elevación de mis manos como el sacrificio vespertino. Pon, oh Señor, guarda a mi boca y un candado a mis labios, para que mi corazón no se desahogue con expresiones maliciosas, buscando cómo excusar mis pecados… 

El lavatorio de las manos

El sacerdote, por respeto, se lava luego los dedos que han de tocar las santas especies y dice una parte del Salmo 25:

Lavabo…

Lavaré mis manos entre los inocentes y rodearé, oh Señor, tu altar.

Para oír las voces de tus alabanzas y cantar todas tus maravillas, Señor. He

amado la hermosura de tu casa y el lugar donde reside tu gloria. No pierdas,

Dios mío, mi alma con los impíos y mi vida con los hombres sanguinarios,

cuyas manos están llenas de iniquidades y su diestra colmada de sobornos.

Yo, empero, he vivido inocente; sálvame y ten piedad de mí. Mi pie ha

permanecido en el camino recto; en las asambleas de los fieles te bendeciré,

oh Señor. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el

principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

¡Cuánto respeto! ¡cuánto decoro en la Santa Misa!

Pidamos a Dios la gracia de hacer, especialmente los sacerdotes en la Santa Misa y los laicos unidos a ella, aquello que se les pide a los diáconos en su ordenación: “cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas”.

P. Javier Olivera Ravasi

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