Leído para Ud.: “Las neuronas de Dios. Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel”. Por el Dr. Jordán Abud (1-3)

Publicamos aquí, por pedido de su autor, el Dr. Jordán Abud, un comentario al libro del biólogo argentino, Diego Golombek titulado “Las neuronas de Dios. Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel” donde desde el punto de vista materialista se insiste en la “creación” de Dios a partir de las neuronas.

Por lo extenso del trabajo, hemos decidido publicarlo en tres entradas.

El presente estudio forma parte de un trabajo que acaba de publicarse y que puede adquirirse poniéndose en contacto con

Quienes estén interesados en obtener el libro que lleva este ensayo, contactarse con la Editorial Katejon: katejon@outlook.com

 

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi

 


LAS NEURONAS DE DIEGO

A propósito del libro Las neuronas de Dios. Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, de Diego Golombek. Siglo veintiuno Editores, 2014

Por el Dr. Jordán Abud

 

Por si de algo sirviese esbozar los motivos que justifican la recusación de un libro presentado como “científico” intentaré dar sólo un par de ellos -finalmente entrelazados-, a los cuales considero suficientes para exponer aquí mi disconformidad.

Primero, porque el autor, parapetado entre los oropeles de los lauros científicos y los diplomas de la más variopinta procedencia, selecto representante de la comunidad de neurocientistas argentinos, catedrático respetado por la “elite pensante” argentina, titular indiscutido de la pantalla estatal, este autor -digo-, no ha titubeado en meterse -y de la peor manera- con Dios, con la Santa Iglesia Católica y con el depósito de la Fe, ninguno de ellos producto de la secreción glandular o de una eventual combinación química, mal que le pese a los ideólogos de la neurona.

Repare el lector, además, que Diego Golombek es de raigambre judía, delatada tanto en su apellido como en su estructura mental, tanto en su origen racial como en su profesión de fe. ¿Seré inmediatamente descalificado por señalar la condición judía de un neurólogo argentino? ¿Deberé cargar ya desde los primeros párrafos de esta crítica con el mote de nazi o de discriminador? ¿Se puede censurar, prohibir o despreciar toda postura científica al punto que se detecte el distintivo católico de su autor –como si la condición de católico fuera a priori un seguro atenuante del rigor científico– pero no puedo hacer alusión a la identidad judía en ningún caso ni a estas vinculaciones étnicas y religiosas con los postulados epistemológicos que pretende estipular?

En el libro se tergiversa la naturaleza de Dios, se trastoca la esencia y misión de la Santa Iglesia y se desvirtúa desde la primera a la última página el objeto de la Fe.

Con esto ya sobran motivos para salir a quebrar lanzas, cosa que el autor hace pero bajo las nomenclaturas tan curiosas de la modernidad, con las cuales se logra hacer todo el daño que se quiera pero de modo protocolar y académico. La “objetividad científica”, el “librepensamiento”, la “neutralidad de juicios” son latiguillos que no pueden faltar como preámbulo a una segura declaración de principios, escondida entre los términos de laboratorio y los papers de máxima actualidad.

Pero tenemos un segundo motivo para invitar a la confrontación: no estoy dispuesto al silencio cómplice frente a los modernos intocables, a los canonizados por el pópulo, a los intelectuales políticamente correctos que, casualmente, suelen estar siempre del lado del vencedor. Como si ante ellos debiéramos reclinar sumisos nuestras cabezas y rendir acatamiento, cualquiera sea el tenor de sus categóricas sentencias.

Prefiero seguir en el bando de los aparentes vencidos -o de los reales derrotados, si fuera menester-, si este es el costo de no tributar a las categorías de la modernidad.

Quienes nos dedicamos a la tarea de psicólogos sabemos -no obstante- que se encuentra en las llamadas “neurociencias” un invitado que no es posible desconocer, o como aliado magnífico para acercarse al misterio humano o como voraz convidado que todo hará desaparecer a su paso, incluyendo a la psicología misma. Bien vale la pena entonces respetar y atender la perspectiva formal desde la cual el autor se acerca al hombre. Pero sujeto ahora, sin más demoras, a la consideración, la crítica o la refutación a quien quiera verse como destinatario de este comentario, empezando por el primer protagonista y autor del libro, Dr. Diego Golombek.

Si el amable lector está dispuesto a escuchar nuestras razones, dividiremos las objeciones en cuatro partes, que tendrán la mínima extensión posible y que titularemos:

–              Razón y fe: falsas antinomias.

–              Reprobado en filosofía

–              Otra vez el materialismo presocrático.

–              La eterna ceguera de las ideologías.

 

Vamos pues al primero de los dilemas.

 

1-      RAZON Y FE

Golombek le enrostra a la fe, sistemáticamente y a priori, la nota de poco rigor, de cierta falta de seriedad, de actitud infantil e ingenua, dada -claro-  la inaccesibilidad “científica” del objeto. Es decir, flota permanentemente la acusación de que aquello en que se cree no tiene una lógica evidente ni es comprobable para el hombre que razona. Pero justamente por eso es fe y no un estudio experimental ni la conclusión de un silogismo. Partamos de un dato más elemental todavía: como recuerda en una obra magistral J. Pieper (Las virtudes fundamentales), inicialmente la fe es creer algo a alguien. De hecho esta situación es un dato tan constatable como cotidiano. La fe es creer en algo (que no se ve) pero de lo cual un testigo sale como fiador. Y se cree justamente porque no se ve. Si yo viera aquello en lo que creo, dejaría de ser fe. Es decir, la fe es un constitutivo ineludible, esencial, de la vida humana. El hombre necesita creer en algo, como tantas veces se ha repetido, incluso desde las más heterodoxas y heterogéneas fuentes. Y es que protestar contra el acto de fe es -sin necesidad de sumergirnos aún en otro tipo de fundamentación- como rebelarse ante un hecho evidente y constatable. Es decir, como resistirse a estudiar los miembros inferiores en las clases de anatomía por algún extraño e indomable afán contestatario.  Por eso -por ser un dato constitutivo de la vida humana- se ven tantas perversiones y desnaturalizaciones de ella. Es que cuando no se cree en el Dios Verdadero o en aquello que nos enseña la Sacra Doctrina, se termina haciendo profesión de fe en cualquier otra cosa.

Se cree en lo que no se ve. Puedo, por ejemplo, intentar creer a Golombek lo que me explica sobre la libertad -como tal vez muchos  intentarán hacer- o bien puedo pretender ver, entender, aquello que se presenta en el libro como verdad, convirtiendo así el dócil acatamiento en demostración racional. Ni el primero es, a secas, afrenta a la dignidad humana, ni el segundo es honor y nobleza.

Apoyado en este concepto base de la fe (sin contradecirlo, sino presuponiéndolo) es que existe la virtud sobrenatural de la fe, una de las tres virtudes teologales  que tienen por origen y destino a Dios. La fe, se ha dicho, es  el asentimiento de la inteligencia, movida por la voluntad, a una verdad, no por su intrínseca evidencia sino por la cualidad de su Testigo.

Ya no se trata -en la virtud sobrenatural de la fe, que tanto inquieta a Golombek- simplemente de algo en lo que creo porque no veo, sino que aquello de lo cual este Fiador testifica, excede, desborda, trasciende lo que mi razón puede demostrar. De hecho, Santo Tomás nos recuerda -en su capítulo II en De las razones de la fe[1], contra los sarracenos, los griegos, los armenios- que no debemos empeñarnos tanto en pretender demostrar la fe con razones necesarias, lo cual rebajaría la sublimidad de la fe, cuya verdad excede no solo las mentes humanas sino también la de los ángeles. En la fe como virtud sobrenatural el Fiador es nada menos que Dios, que ni se engaña ni nos puede engañar. La fuerza de nuestra fe radica en la cualidad de este Testigo que, conociendo nuestra debilidad, suele tener un recurso pedagógico por el cual nos consuela y nos certifica y ante el cual la ciencia se deshace en búsquedas sin encontrar respuestas: los milagros (en general, ante los milagros, la ciencia suele ensayar respuestas para las cuales es preciso tener más confianza incondicional que para el milagro mismo). Paradójica y misteriosamente, la fe no humilla la razón ni la contradice, sino que la eleva y la plenifica. Hace asentir a la razón allí donde no hay explicación “científica” posible, ante el Misterio que está allí.

Paradójicamente y como un signo patente de la caricaturización de la fe, cuando no se entiende este brillo incandescente de la Verdad que hace estallar los límites explicativos de la razón, se acude a dos escapes posibles: o un desenfrenado enhebramiento de razones científicas que termina siendo más complejo e inverosímil que cualquier otro recurso demostrativo; o bien, la justificación suprarracional sujeta al propio capricho. Entonces, no será Cristo quien tenga poder sobre la muerte, pero sí el gauchito Gil o una inquietante y muda fuerza cosmológica. Lo que sucede, en boca del maestro de las paradojas, es que con frecuencia se oye decir que la gente sensata desiste de la religión porque la religión parece ofrecer un enigma sin salida. Lo peor no es eso; sino que no se han dado cuenta de que hay un enigma en la religión[2].

Golombek debería conocer con más precisión el objeto de la fe en lugar de equipararla a una actitud de estudiada pose para disimular la ignorancia. Porque no se trata de realidades científicas o demostrables que, en virtud de su complejidad, resulta un buen atajo poder rotularlas como “objetos de fe”. Claramente, confunde la fe con su caricatura que es el fideísmo, no sólo ajeno a la sana tradición católica sino incluso condenado innumerables veces tanto en sus documentos como en los más genuinos adalides de esta milenaria institución.

Son certezas que en sí mismas piden docilidad y aceptación. Que busque en el Credo quien quiera ejemplos de lo que estamos diciendo. Es cierto, lamentablemente suelen no conocerlo ni siquiera los miembros de la Santa Iglesia, y Golombek claramente no lo es. Pues bien, no pedimos que se acerque al Credo comentado de Santo Tomás o a los Concilios de los primeros siglos de la Patrística, pero al menos debería leer a Joseph Pieper o al padre Alfredo Sáenz (que también es argentino, como él), para empezar, porque intenta sacarse de encima en dos o tres párrafos jocosos el tema sobre el que tal vez haya corrido más tinta en estos 2000 años.

La mentada ignorancia lo lleva a desconocer la relación entre razón y fe, y a proponerlo permanentemente como antinómicos e inconciliables cuando en realidad son todo lo contrario. Claro, Golombek ve en esto una especie de riña, por la cual a lo largo de su historia, la ciencia se metió con la religión y con Dios tantas veces como la religión lo hizo con la ciencia[3]. Qué pena que no haya leído la encíclica FIDES et RATIO (Juan Pablo II, 1998), para poder filosofar sacándose de encima las categorías antagónicas, y para volverse confiado a la idea de dos alas por las cuales el hombre asciende a la maravilla de la verdad. El autor comete el frecuente error metodológico de la modernidad, a partir del cual se siguen dificultades gnoseológicas y morales, por decir algunas: parte del sujeto cognoscente y no del objeto conocido, y estructura todo el planteo con categorías diferentes a las recomendadas. Entonces, arroja  afirmaciones que parecen un corajudo desplante filosófico de un científico reaccionario. Por ejemplo, que la ciencia y la fe son irreconciliables. A lo cual le corresponde la urgente pregunta: ¿en qué sentido?

Porque si se trata de la legítima distinción entre dos tipos de conocimiento, entonces desde luego son irreconciliables. Efectivamente para lo que se conoce científicamente no hace falta la fe, y la fe viene en auxilio de aquello que excede las posibilidades de demostración racional. Pero si el autor se ha radicalizado en esta postura, debemos avisarle que no es original; a su pesar, es lo mismo que dice toda la tradición grecolatina. Y si el planteo viene por el lado del objeto y no del sujeto (perspectivas que parece confundir con alguna sistematicidad) pues debemos rápidamente refutar que existan dos verdades (y menos “inconciliables como el agua y el aceite”) simplemente porque las cosas son lo que son, y es de elemental lógica que algo no puede ser verdadero y falso a la vez.

Por eso, es inaceptable el dilema falaz expresado por el autor en mil maneras e ironías distintas. Y después, como siempre, nada cambió: los religiosos salieron confiados en el orden divino que rige al mundo (traducción: siguieron creyendo en los duendes) y los investigadores, convencidos de que la única verdad es la realidad[4] (traducción: porque si hay algo serio en este mundo es la afirmación de los científicos, y si la hacen con el aval del ministerio de educación o el barbijo a la vista, mejor).

Lo que sucede es que también parece desconocer las categorías epistemológicas básicas, que no se reducen a la observación del microscopio ni a la actividad neuronal. La ciencia es conocimiento racional de las cosas por sus causas. Es un tópico archisabido la confusión de ciencia con cientificismo. No hace falta el laboratorio ni un diseño estadístico para hacerse acreedor de la condición de “científico”. Ciencia es -insistamos en esto- conocimiento cierto por las causas. Y en clave realista existe toda una formidable arquitectura epistemológica que da solidez y previene de falacias, equívocos y contradicciones. En esta arquitectura, los más altos y dignos saberes, los que llegan a los fundamentos y las raíces de lo existente, corresponden a la filosofía, y en la cúspide, remata la ciencia teológica. No nos podemos detener en esto, pero tampoco hubiese sido acertado pasarlo por alto sin siquiera esta mención.

Detectado un nuevo desprecio a la fe (la religión es también una forma de encontrar causas donde sólo hay correlaciones[5]), nos preguntamos además: ¿la inteligencia no es naturalmente filosófica, es decir, causal? ¿No deseamos conocer las causas, los motivos, la razón explicativa de lo que vemos? ¿Qué sucede cuando -situación de empírica evidencia cotidiana- la causalidad no cabe en el cántaro de lo demostrable y de lo comprensible racionalmente? ¿Debo despreciar las verdades de la fe católica pero aceptar sumiso las formulaciones categóricas sobre el mundo y el hombre de Marx, de Freud o de Darwin?

Amplía entonces el autor, para que quede en claro su posición: tal vez esa coexistencia sea finalmente imposible, ya que las bases de una y otra -la ciencia y la religión- son disonantes, irreconciliables, el agua y el aceite, tan alejadas entre sí como pueden estarlo la fe y la razón[6].

Pero insistamos en que esta preocupación no es original. Queda claro que desconoce la relación entre razón y fe, y que genera en cada renglón falsas antinomias como aquella de que si efectivamente se debieran reemplazar ciertos dogmas religiosos, entonces la ciencia tendría mucho para ofrecer, dado que la investigación es, en el fondo, una búsqueda tan espiritual como la fe, pero movida por fines racionales[7]. Golombek: la fe no es irracional, al contrario, es perfección de la inteligencia, en una operación propia y diferente al legítimo campo científico. Pero con indomable afán descubridor, otra vez sentencia que lo cierto es que ningún investigador puede tener fe en el resultado de un experimento y ningún religioso apela a la razón a la hora de creer en las revelaciones divinas[8]. ¡Muy bien!, estamos de acuerdo. La Iglesia jamás pidió que se tenga fe en un experimento, porque la Iglesia no es irracional. Lo que sucede -entre otras cosas- es que no se debe oscilar entre dos conceptos análogos de la fe. En algún sentido, fe es creer en lo que no se ve, lo cual hacemos todo el tiempo. Cuando Golombek cita en inglés, yo creo (porque no lo veo, no me consta) que él maneja el idioma, pero bien podría estar copiando o contar con la ayuda de un auxiliar políglota. La fe, en sentido estricto, como virtud sobrenatural es aquella que viene con la gracia del Bautismo, y que tiene por origen y por objeto a Dios mismo, y todo lo que nos ha revelado. Revelación que hace estallar los límites de la razón, y que divide en dos las reacciones. O la sonrisa dibujada del cientificismo o el acatamiento razonable de una verdad inasible racionalmente. Existe una ayuda mutua, una recíproca alimentación, como una tracción conjunta que va perfeccionando la inteligencia. Por eso decía San Agustín, creo para entender y entiendo para creer. Es menos traumática la situación de lo que el autor plantea: la razón no está en condiciones de comprender analíticamente todo o de demostrar con pulcro rigor la causalidad de cuanto se observa.

El enorme detalle es que el sentido de las realidades más importantes de nuestra vida y en las que más se juega nuestra felicidad conforman ese tesoro supracientífico que -repitamos- no humilla la razón sino que la hace más luminosa, perfecta y total.

Ciertamente, no es sencillo definir -desde el punto de vista del sujeto- ese límite exacto de la evidencia racional. Por eso, el maestro Tomás, y quien dice maestro dice alguna preocupación didáctica, habló de los “preámbulos de la fe”, los cuales, no obstante, están en el artículo del Credo (insistamos: aunque puedan distinguirse los preámbulos de la fe, de los artículos de la fe).

Algo nos parece seguro: está más cerca de la irracionalidad el positivismo racionalista que la fe confiada. Por eso decía Chesterton que la religión ha vuelto, porque todas las variadas formas de escepticismo que intentaron ocuparon su lugar, y hacer su trabajo, ya se han hecho tal lío que no pueden hacer nada. La cadena de causalidades de la que tanto les gustaba hablar, en realidad parece haberles servido a la manera de la proverbial soga; y cuando la polémica moderna les dio cuerda suficiente, rápidamente se ahogaron[9].

Mal que le pese al cientificismo, sigue más vigente que nunca aquello de que loco es aquel que ha perdido todo menos la razón. Al final, tenía razón Clive Lewis cuando decía -en un intercambio postal del año 1946- que parece como si cuanto más se acerca el tema de la ciencia al hombre mismo, más se fortaleciera el prejuicio anti-religioso.

Tan patente e irremovible en todo el texto es la falsa dicotomía entre razón y fe que a la segunda le da en todo momento un tono mítico, algo así como un cuento de hadas para nietos, o una historieta infantil para sacar alumnos buenitos,  cuando justamente se trata de las cosas más serias y graves.

El más docto de los santos ya se enfrentó innumerables veces a esta situación, con la diferencia de que lo hacía con insobornable honestidad. Así, por ejemplo, en el citado De las razones de la fe, en el capítulo V dice: a causa de una similar ceguera mental, se ríen ellos de la fe cristiana (hablando allí de los objetores de aquella época) porque confiesa que Cristo, el Hijo de Dios, estuvo muerto, incapaces de entender la profundidad de tan grande misterio.

Pero para Golombek la religión es alucinación colectiva, un dulce engaño autopermitido. O cuanto menos, la fe va en una dirección y la realidad en otra. Y a tal punto ambas direcciones no coinciden, que el fruto de la fe sería una cierta persuasión, a fuerza de golpes e insistencia, para que lo que no es, sea. Y que sea, movido por propósitos y amenazas. Es decir, en el mejor de los casos, un voluntarismo, cuando no una mera sugestión cuasi hipnótica o una conmoción histérica límite con la alucinación. Por eso, el autor no duda en sentenciar que llegamos así a una especie de definición estadística del fenómeno de las creencias religiosas: se trata de una exageración de nuestra tendencia a cometer errores de tipo 1, o sea, a ver lo que no existe[10]. Pero este yerro sucede simplemente porque confunde permanentemente fe y sugestión…quien busca encuentra, y si la búsqueda se refiere a una señal divina, no será difícil encontrarla en la forma de las nubes, o en el dibujo de una tostada[11].  Lamentablemente, esta concepción tan ligera del autor lo lleva a proferir sin titubeos, por ejemplo, que la creencia en un castigo sobrenatural funciona como una especie de seguro que evita eventuales castigos reales -que siempre duelen más- (adaptación, supervivencia)[12]. Es una pena este furcio intelectual, aunque por ahora -además de este ensayo caritativamente correctivo- sólo nos resta desearle a Diego que la realidad -no la sugestión- le estampe en el rostro su irrefutable vigencia. Deseo verdaderamente benévolo, porque mofarse de los tormentos del infierno, o restarle entidad a los padecimientos del purgatorio tiene un solo final posible. Y ante este final, las dificultades de adaptación o la supervivencia serán una minúscula e insignificante prueba. Esto es real, tan real como el sol que brilla o la lluvia que moja, pero el prisma para enfocarlo es el don de la fe.

En fin, volvemos al principio: Golombek desconoce íntegramente la naturaleza, el acto y el objeto de la fe. Ella es un acto cierto y firme de la inteligencia (no una moción difusamente afectiva ni una venturosa sugestión ni un voluntarismo ciego). Es adhesión profunda a una verdad que no repugna a la razón, pero sí la desborda, la excede, la hace estallar y salirse de los métodos demostrativos o de la actividad científica. Y desde luego creemos en esas verdades insondables por la cualidad de Quien la ha testificado con su palabra y con su vida.

Para ir cerrando con esta primera parte, veamos alguna cita más que refleje este desprecio a la fe por la cual, parece  que,  lejos de consolidar la actividad de la razón, la contradice y debilita.

         Uno podría suponer que el acceso al conocimiento científico debiera derrotar al sentimiento religioso por goleada. Sin embargo, está claro que no es así: aún en medios académicos, el porcentaje de personas religiosas no es nada desdeñable. Dawkins cita una encuesta realizada entre científicos “de elite” que muestra a las claras que, aún entre ellos, hay alrededor de un 6-7% con firmes creencias en Dios. Tal vez esto refleje el conflicto entre las funciones racionales y las emocionales, que popularmente se han adscripto al hemisferio cerebral izquierdo y al derecho[13].

Si se ha entendido lo expuesto hasta aquí, tengo derecho a suponer que el conflicto lo tiene él, y no la razón con la emoción ni el hemisferio izquierdo con el derecho. Además, es extraño en esta era de grandes desprejuiciados, libres de toda atadura mental, que ya vayamos por el segundo principio apriorístico, muy débilmente fundamentado: el de la fe  contra la realidad  (de la que se ocupan los científicos, claro). Y el de la ciencia (que es monopólicamente sinónimo de “razón”) contra la fe (para la cual queda el “afecto”).

En el planteo que venimos haciendo, tenemos derecho a vincular las funciones emocionales con el cientificista (porqué darle al creyente el mote de sugestionable y no el de obstinado y tendencioso al “racionalista”) y porqué negarle las funciones racionales al hombre de fe.

Una cuestión que se ha descuidado, agobiado por este dilema falaz, es que tenemos razones para creer, o que en algún sentido la fe es razonable. Es decir, es razonable creer. Y también nosotros citaremos, sino journals de la última hora, al menos textos recientes: La creencia religiosa no es irracional en cuanto puede ser percibida como tal por la razón (…) lo es en relación a aquellos contenidos que no pueden ser argumentados a la sola luz de la razón[14] . Como dice Chesterton, hasta donde hemos perdido la creencia, hemos perdido la razón[15]No obstante estas necesarias advertencias, sepa el lector que no estamos tratando aquí de hacer “moderada” a la fe. No es una especie de venta que intentaremos lograr y que para eso es preciso presentar apetecible (aquí: “razonable”) el producto ofrecido. Nos cuidaremos especialmente de no pagar tributo a la modernidad, que está atravesada de racionalismo. Sin contradecir lo que hemos dicho, el ingreso en la Fe es la irrupción en el Misterio. En el Misterio tremendo de un Dios que se hace Hombre, y muere colgado de un madero por puro amor, en redención por nuestros pecados. No, no nos interesa desdibujar el mensaje cristiano, que es esencialmente locura para el mundo.

Pero volvamos: es importante destacar que esta interpretación cientificista del mundo y del hombre, que lleva inexorablemente a un desprecio de la fe, no es original. Ya Edward Herbert (1583-1648), por ejemplo, mantenía que entre las nociones comunes aprehendidas por el instinto, se encontraban la existencia de Dios, el deber de adoración y de arrepentimiento, y la recompensa y el castigo futuros. Esta “religión natural”, afirmaba, ha sido viciada por la superstición y el dogma[16].

La fe para Golombek es entonces para quienes no gozan de innata lucidez o perspicacia. La fe queda para quienes no tienen más remedio que asentir. Porque la fe sería ese no cuestionamiento (de las enseñanzas o las señales comunes[17]) (claro, son todos tontos -San Agustín, Santo Tomás, San Alberto, todos menos Golombek que se anima a mirar por sus propios ojos y a cuestionar audazmente la realidad de las cosas). Acortemos el camino, ¡debemos llegar a la razón! Sus enemigos son la fe y los dogmas. Y la prevención, la ciencia y los libros de Golombek.

Por eso, para beneficio de todos nosotros, Diego se sincera al final del libro, poniendo en boca de unos estudiantes la conclusión de que… si queremos una sociedad menos crédula, menos ingenua, debemos proveerla de las herramientas necesarias para un análisis crítico a una edad más temprana. En otras palabras: si la religión es un virus, la ciencia puede ser una vacuna[18].

continuará


[1] Sancti Thomae de Aquino, De rationibus fidei, c. xxx

[2] G. Chesterton (2005) Ortodoxia. Barcelona: Editorial Alta Fulla, p. 33

[3] Golombek (2014) Las neuronas de Dios, p. 10

[4] Golombek, op. cit. p. 11

[5] Golombek, p. 39

[6] Ibídem, p. 10

[7] Ibídem, p. 69

[8] Ibídem, p. 10

[9] G. Chesterton (2010) La cosa y otros artículos de fe. Sevilla: Espuela de Plata, p. 190

[10] Golombek, p. 36

[11] Ibídem, p. 24

[12] Ibídem, p. 46

[13] Golombek, p. 197

[14] J.C. Ballesteros (2015) La filosofía de la educación. Conceptos y contenidos. UCSF, 2015, p. 110

[15] Chesterton, Ortodoxia, p. 35

[16] Citado en C. Lewis (2008) Lo eterno sin disimulo. p. 113

[17] Golombek, p. 144

[18] Golombek, 198-199


 

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